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Clara Quirós: liderazgo femenino, fe y entrega sin límites

Sor Clara Quirós convirtió el dolor en fe, liderazgo y servicio, dejando un legado de esperanza para El Salvador y la dignidad de la mujer. Por Fátima Arriaga

clara quiroz el salvador el diario de hoy
Foto: Cortesía

En esta época, dominada por la prisa, la necesidad de aprobación social y el éxito fugaz, se asocia el heroísmo con gestas mediáticas o globales.

Sin embargo, existe un heroísmo silencioso y transformador nacido en la prueba cotidiana, el perdón y la entrega abnegada a los demás. Ese es el legado de una mujer excepcional: Clara del Carmen Quirós —cariñosamente llamada “Madre Clarita”—, nacida en San Miguel el 12 de agosto de 1857.


Su vida fue prueba tras prueba: durante la infancia sufrió el alcoholismo de su padre, quien la secuestró siendo una bebé de dieciocho meses, dejándola desamparada y al borde de la muerte.

Casada a los quince años con un extranjero por obediencia filial, enfrentó las sombras de su matrimonio: un esposo derrochador que la abandonó con cinco hijos y embarazada del sexto, impulsando, además, una campaña de difamación pública en su contra.

En su maternidad padeció la pérdida de dos hijas pequeñas y el dolor de ver a otro hijo adulto caer en la inestabilidad, el alcoholismo y la enfermedad.

Sumado a eso, pesaba un contexto decimonónico en el que la mujer carecía de autonomía legal y espacio público.

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Supo responder sin victimismos asumiendo la administración de su patrimonio para proteger a sus hijos: solicitó al juez de primera instancia de Nueva San Salvador la separación de bienes de su esposo, presentando tres testigos de la insolvencia de este; logrando la sentencia favorable en 1884.

Desde el don de su feminidad y maternidad tomó las riendas de su hogar siendo una madre excepcional, una educadora y administradora brillante, líder y reformadora social de visión extraordinaria.

Desde los quince años quiso consagrarse a Dios con las religiosas Ursulinas en Guatemala, pero postergó su vocación por obediencia a su madre.

Años después, tras cumplir con abnegación sus deberes familiares, criar a sus hijos sola desde 1884 y quedar viuda en 1905, respondió al llamado de consagración total: no para huir de la vida, sino para entregarse a la oración contemplativa y al servicio de los más pobres, adoptando el nombre de Madre Clara María de Jesús.

Las pruebas continuaron siendo laica consagrada y cofrade seglar. Tras gran esfuerzo humano y económico, edificó de 1903 a 1914 una casita en un terreno junto a la Iglesia del Carmen, en Santa Tecla, para vivir con sus hermanas terciarias.

Sin embargo, Monseñor Adolfo Pérez y Aguilar, Arzobispo de San Salvador, le pidió ceder la propiedad a la Compañía de Jesús. Lejos de lamentarse, respondió con absoluto desprendimiento, obediencia y férrea generosidad: «Monseñor, para la gloria de Dios, mi casa, mi corazón y mi vida».

Esa renuncia fue desoladora, pero, con una fortaleza admirable, Madre Clarita recomenzó sola y se trasladó en 1915 a las ruinas del Convento de Belén (hoy Colegio Belén) —lugar erigido en 1856 por el coronel León Castillo como promesa a la Virgen del Carmen, cediéndolo luego a los Frailes Capuchinos, expulsados de Guatemala y posteriormente de El Salvador—.

Ahí, apoyada en la Providencia, fundó la Congregación de Hermanas Carmelitas de San José en octubre de 1916. Luego, el devastador terremoto de junio de 1917 derrumbó la antigua y primera Iglesia del Carmen de Nueva San Salvador, desafiándola a construir desde los escombros.

Así desplegó su caridad heroica. Pasó el tiempo y el antiguo Convento de Belén fue un hogar para mujeres desvalidas y niñas huérfanas, brindándoles techo, educación y formación espiritual. Comprendiendo la urgencia de dignificar a la mujer, abrió talleres de oficios para capacitar a las jóvenes y, como decía ella, para «formarles el corazón» y hacer de ellas mujeres de bien.

En 1925, con casi 68 años y salud delicada, viajó a Roma para solicitar al Papa Pío XI el reconocimiento pontificio de su comunidad. Pese a no lograrlo, asumió todo con serenidad, convencida de que: «Si esto no es de Dios, se disolverá como la sal en el agua; pero si es obra de Dios, perdurará a pesar de las tempestades».

El 8 de diciembre de 1928, Solemnidad de la Inmaculada Concepción, falleció Madre Clarita sin ver en vida la consolidación ni expansión plena de su obra. El tiempo confirmó su fe en la Providencia: hoy su legado permanece y se ha expandido desde El Salvador hasta quince países más alrededor del mundo.

Un corazón ordinario se habría endurecido ante tantas decepciones y aparentes fracasos. El resentimiento habría sido comprensible. Pero en ello radica la heroicidad de sus virtudes: convirtió cada herida en fuente de empatía y misericordia. Donde el mundo veía rencor, ella eligió amar y perdonar; donde las puertas se cerraban, erigió obras llenas de fe, contemplando a Dios en todo.

Su legado es trascendental. De noviembre del 2004 a diciembre del 2005, se realizó el proceso diocesano de beatificación. En el 2008 fue dado en Roma el Decreto de Aprobación de la etapa Diocesana; con el visto bueno del Dicasterio para las Causas de los Santos en el Vaticano, es “Sierva de Dios”. Es la primera salvadoreña camino a los altares.

A esto se unió la Municipalidad de Santa Tecla, que el 24 de diciembre del 2004 le dio el título de “Hija Meritísima de la Ciudad”; luego, el Estado, que el 16 de marzo del 2005 la declaró “Hija Meritísima de El Salvador”.

Pretendemos rescatar el testimonio de una salvadoreña excepcional: Madre Clarita Quirós. Más que una figura del pasado, su vida emerge hoy como un faro de esperanza, una brújula moral activa y un testimonio vivo de fe, resiliencia y caridad ante los desafíos del presente.

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