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Cuando habla la tierra: del deslave fundacional a los seísmos de la transición

Esta catástrofe tambien expone el deliberado desmantelamiento de la «infraestructura invisible» de Venezuela: su sociedad civil, el periodismo y la ayuda humanitaria. Al asfixiar a las ONG con leyes restrictivas, intervenir judicialmente la Cruz Roja, perseguir a la prensa y someter a agencias internacionales a cuotas partidistas, el régimen erradicó la capacidad técnica y la transparencia indispensables para salvar vidas, dejando al país en absoluta indefensión ante las catástrofes

MIREYA RODRÍGUEZ thumbnail

Hay momentos en que la geología y la historia de un país parecen sincronizarse en una dolorosa coreografía. Para quienes nacimos en Venezuela y hoy contemplamos su destino desde la distancia, el violento «doblete sísmico» de magnitudes 7.2 y 7.5 que sacudió el centro del país la tarde de este miércoles 24 de junio de 2026, no es solo un reporte de daños o una alerta de tsunami en el Caribe. Es la confirmación física y dolorosa de un ciclo que se cierra de la misma forma en que comenzó: con las aguas desatadas y la tierra crujiendo, recordándonos que las construcciones humanas —las físicas y las políticas— no pueden sostenerse sobre el vacío de la irresponsabilidad institucional.

Escribo estas líneas desde San Salvador. En este rincón de Centroamérica, cariñosamente bautizado como el «Valle de las Hamacas» por su persistente e íntima relación con los temblores, he aprendido a mirar el sismo no como un evento aislado de la naturaleza, sino como el examen definitivo de la infraestructura y el carácter de una sociedad. El Salvador sabe bien que la vulnerabilidad de un territorio ante un terremoto es directamente proporcional a la calidad de sus instituciones, a la solidez de sus códigos de construcción y a la honestidad de sus gobernantes. Por eso, al ver las imágenes del edificio de catorce pisos colapsado en Caracas, el asfalto quebrado en Carabobo y el aeropuerto de Maiquetía incomunicado, el dolor de la diáspora se mezcla con la certeza de un diagnóstico técnico: lo que ayer se fracturó en Venezuela fue mucho más que la falla de Boconó.


La historia del proyecto político que gobernó a Venezuela durante el último cuarto de siglo es una parábola perfecta que se abre con agua y lodo, y que parece despedirse entre las sacudidas de un suelo exhausto.

El lodo fundacional: Vargas, diciembre de 1999

Hagamos memoria. Corría la segunda semana de diciembre de 1999. El país se aprestaba a votar el referéndum aprobatorio de la Constitución Bolivariana, la piedra angular con la que Hugo Chávez pretendía refundar la república. Mientras la retórica oficial prometía un amanecer de justicia y soberanía, las nubes se acumulaban de manera inusual sobre la cordillera de El Ávila. Entre el 14 y el 16 de diciembre de ese año, cayó sobre el estado Vargas el equivalente a las lluvias de todo un año.

La montaña, saturada de agua, se licuó. Aludes gigantescos de barro, rocas de varias toneladas y árboles arrasaron con poblaciones enteras de la costa norte del país. El deslave de Vargas se convirtió en el peor desastre natural de la historia contemporánea de Venezuela, cobrando una cifra de vidas que la opacidad del régimen nunca permitió precisar, pero que la Cruz Roja y la comunidad internacional estimaron entre 10,000 y 30,000 fallecidos, además de pérdidas materiales superiores a los 2,000 millones de dólares de la época.

En medio de aquella emergencia, el naciente gobierno tomó una decisión que marcaría su ADN político: priorizó la victoria electoral de su Constitución sobre la suspensión de los comicios para salvar vidas. Aquella noche, Chávez pronunció una frase de su soberbia mítica «Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca». Aquel lodo sepultó no solo pueblos y familias, sino también la sensatez técnica del Estado. Nació una era caracterizada por la arrogancia del poder frente a las advertencias de la ciencia, la ingeniería y la planificación urbana. El chavismo se fundó sobre un deslave físico que sirvió de antesala al deslave institucional de las dos décadas siguientes.

La era de la vulnerabilidad acumulada

Durante los siguientes veinticinco años, el lodo de Vargas se secó, pero dejó paso a un proceso silencioso y destructivo: el desmantelamiento de los sistemas de mantenimiento de la infraestructura nacional. El país de las grandes autopistas, de los viaductos audaces de los años cincuenta y de los rascacielos sismorresistentes, entró en una fase de erosión sistémica.

Mientras el discurso oficial celebraba una supuesta soberanía, los recursos destinados a mantener escuelas, hospitales, puentes y servicios públicos se diluían en una red de ineficiencia y corrupción. La crisis eléctrica nacional, que desde 2019 mantiene al país en una penumbra intermitente, o el deterioro de la red de agua potable, no son accidentes; son la consecuencia de haber sustituido el criterio técnico por la lealtad partidista.

Los expertos en gestión de riesgos de desastres han acuñado un término fundamental: vulnerabilidad acumulada. Dos terremotos en un país con estructuras debilitadas por años de falta de mantenimiento, sin fiscalización de materiales de construcción y la proliferación infinita de ranchos en sus montañas, se tradujo de inmediato en una catástrofe de proporciones dantescas.

La infraestructura invisible: la asfixia sistemática del socorro

Esta catástrofe tambien expone el deliberado desmantelamiento de la «infraestructura invisible» de Venezuela: su sociedad civil, el periodismo y la ayuda humanitaria. Al asfixiar a las ONG con leyes restrictivas, intervenir judicialmente la Cruz Roja, perseguir a la prensa y someter a agencias internacionales a cuotas partidistas, el régimen erradicó la capacidad técnica y la transparencia indispensables para salvar vidas, dejando al país en absoluta indefensión ante las catástrofes.

El doble terremoto de la transición (2026)

Llegamos así al miércoles 24 de junio de 2026. La naturaleza, ajena a los calendarios políticos pero implacable en sus leyes físicas, decidió recordar la fragilidad del suelo venezolano a través de un fenómeno científico inusual: un «doblete sísmico». Dos sismos masivos, uno de 7.2 y otro de 7.5 grados de magnitud, con apenas 39 segundos de diferencia, golpearon la misma zona del estado Carabobo, sacudiendo los cimientos de la Gran Caracas y del centro del país.

Este doble movimiento telúrico es, en sí mismo, la perfecta metáfora de la Venezuela de 2026. El país hoy no solo sufre la sacudida física de la tectónica de placas; sufre las réplicas destructivas de un sistema político en fase terminal. Venezuela se encuentra hoy en una transición larga, confusa y dolorosa, donde el viejo modelo autoritario se niega a retirarse y la nueva realidad democrática puja por nacer entre el desorden y la incertidumbre. El colapso del edificio residencial de catorce pisos en el este de Caracas ayer por la tarde es la viva imagen del colapso de un modelo de Estado que ya no puede sostener su propio peso.

El aeropuerto internacional de Maiquetía dañado, las comunicaciones interrumpidas, el metro de Caracas paralizado y la emisión de alertas de tsunami nos devuelven a una realidad innegable: no se puede gobernar un país de espaldas a la ciencia, la ingeniería y la previsión. No se puede retar a la naturaleza con consignas ideológicas.

Epílogo: los cimientos que vienen

El ciclo político que comenzó en la tragedia del deslave de Vargas en 1999 parece estar cerrando su capítulo histórico en medio de los escombros físicos y morales que hoy deja este doble terremoto de 2026. Pero las ruinas, aunque dolorosas, tienen una virtud: dejan al descubierto el terreno. Nos obligan a mirar las bases y a preguntarnos con qué materiales y bajo qué principios queremos reconstruir el hogar común.

La reconstrucción de Venezuela no será una mera tarea de ingeniería civil; será, ante todo, un ejercicio de ingeniería ética, donde tendremosque aprender a levantar una nueva república sismorresistente frente a la demagogia, la corrupción y el mesianismo.

La tierra ya habló y desnudó el colapso. Ahora nos toca a nosotros, con el criterio técnico en la mano y la soberanía ética en el alma, empezar a construir sobre roca firme.

Estratega en gobernanza de IA y fundadora de VORTEX AI Solutions

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