Estando a solas ante las pirámides de la gloria maya y sus dioses lejanos, cerrando mis ojos puse mis manos sobre la piedra fría. Inmerso en su ensueño, me pareció escuchar el rumor de sus voces y el rugir del sagrado jaguar en la selva virgen. Intenté mirar a sus hombres de arcilla en sus plazas, pero sólo vi sus vagas siluetas de sombra y olvido. No obstante, sentí su presencia a través del invisible lienzo de los siglos. “Ellos siguen aquí, ante nosotros -concluí-. Aunque no nos veamos ni podamos rozar nuestras orillas. Pero sus miradas, huestes e imágenes, están ante las nuestras. Tanto sus dioses y códices grabados en la piedra, permanecen inscritos ante el cosmos. Sus templos altivos -intactos en la memoria universal- eternizan su imborrable presencia”. Desde siglos atrás el humano peregrino de la Vía Láctea labró en el basalto el rostro de sus divinidades y de sí mismo. Alrededor del mundo ocurriría lo mismo. Las distintas civilizaciones quedarían viviendo en sus pirámides en el horizonte de la Historia. De la misma forma quedaría sobre el polvo nuestra sombra inmortal ante las remotas divinidades. Las mismas que -una vez más- guardaran silencio en la infinita leyenda. <“Éxodo del Sapiens Estelar al Universo” C. Balaguer-Amazon>