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EE. UU.-Irán: ¿qué busca Trump?

Los ataques iraníes registrados durante la semana en la región del Golfo Pérsico, así como en Kuwait y los Emiratos Árabes Unidos, sugieren que la perspectiva de un acuerdo sigue siendo incierta

Más de tres meses después del lanzamiento de la Operación Epic Fury («Furia Épica»), el 28 de febrero, las relaciones entre Estados Unidos e Irán permanecen en una fase de tensión armada contenida, marcada por un frágil alto el fuego y por intensas negociaciones indirectas. Donald Trump aplica una estrategia que denomina «máxima presión inteligente».

Alterna entre amenazas militares creíbles, declaraciones optimistas sobre un «muy buen acuerdo» y ajustes tácticos destinados a fortalecer su posición. El presidente estadounidense ha presentado sistemáticamente a Irán como una «amenaza existencial» para Israel, los aliados del Golfo y los intereses de Estados Unidos.


Durante su primer mandato (2017-2021), retiró a Estados Unidos del acuerdo nuclear de Viena (Plan de Acción Integral Conjunto) en 2018, impuso nuevas sanciones de «máxima presión» y ordenó la eliminación del general Qassem Soleimani, figura clave de la Guardia Revolucionaria Islámica, en 2020.

Tras regresar al poder en 2025, retomó esta política con aún mayor contundencia. La posibilidad de que Irán adquiriera armas nucleares se estaba convirtiendo, sin duda, en una amenaza estratégica inmediata no solo para Israel, sino también para los países árabes vecinos y Europa.

Durante 2025 se llevaron a cabo negociaciones indirectas, pero finalmente fracasaron. Trump respaldó entonces a Israel en una serie de ataques preventivos que culminaron en la intervención masiva estadounidense-israelí de febrero de 2026.

Los objetivos oficiales estaban claramente definidos: neutralizar el programa nuclear iraní; debilitar la capacidad de misiles balísticos de Irán, cuya importancia había quedado demostrada; y reducir su influencia regional a través de grupos aliados o intermediarios, como Hezbolá en el Líbano, los hutíes en Yemen y las milicias iraquíes. El objetivo último era crear las condiciones para modificar el comportamiento del régimen, favorecer su debilitamiento interno y, eventualmente, provocar su caída.

En junio de 2026, el presidente estadounidense ya no parece buscar una victoria militar total ni un cambio de régimen mediante una ocupación forzada, como ocurrió en Irak. Aspira más bien a una victoria negociada que le permita cerrar el «expediente iraní» sin quedar atrapado en un conflicto prolongado, mientras concentra sus esfuerzos en China, la economía nacional y la seguridad fronteriza, situando además a Cuba en el centro de un nuevo panorama político.

Los principales objetivos de Trump parecen estar claramente establecidos:

Cero armas nucleares iraníes y control estricto del programa

El presidente estadounidense insiste en la destrucción o entrega de las reservas de uranio altamente enriquecido (aproximadamente 400 kilogramos, según algunas fuentes). Ha endurecido los términos del marco de paz propuesto a finales de mayo de 2026, exigiendo compromisos más firmes sobre el desmantelamiento de las capacidades de enriquecimiento y mecanismos de inspección más rigurosos.

Reitera que Irán «nunca debe tener un arma nuclear» y sostiene que los ataques ya han «aniquilado» gran parte del programa. Asimismo, mantiene la amenaza de nuevos bombardeos si Teherán reconstruye sus capacidades.

Reapertura total y segura del estrecho de Ormuz

El bloqueo naval parcial impuesto por Estados Unidos continúa vigente. Trump condiciona su levantamiento a la firma de un acuerdo certificado. Su objetivo es garantizar la libertad de navegación para el comercio mundial —cerca del 20 % del petróleo global transita por esta vía marítima— y restablecer la estabilidad energética, privando a Irán de una importante herramienta de presión.

Ha declarado que el bloqueo «seguirá en vigor hasta que se firme el acuerdo».

Reducción drástica del apoyo a grupos aliados y estabilización regional

Trump pretende que Irán reduzca significativamente su apoyo a Hezbolá, los hutíes y las milicias chiíes. También impulsa una ampliación de los Acuerdos de Abraham, que podría incorporar a más países árabes e incluso, a largo plazo, abrir la puerta a una normalización de las relaciones con Irán si el régimen modifica su comportamiento.

En algunos momentos, ha optado por desvincular las negociaciones sobre el Líbano para evitar que interfieran en el proceso principal.

Levantamiento condicional y gradual de las sanciones

Sin concesiones gratuitas. Trump propone la liberación parcial de fondos congelados y ayudas específicas a cambio de concesiones verificables. Rechaza las reparaciones exigidas por Teherán y mantiene la presión económica para forzar una rendición negociada.

La imagen de un «negociador» victorioso de cara al periodo 2026-2028

El presidente de Estados Unidos quiere anunciar un acuerdo «histórico» que evite una guerra prolongada y costosa, fortalezca a Israel y a los aliados del Golfo y le permita presentarse como un líder capaz de resolver una de las principales crisis internacionales.

Alterna entre el optimismo —«las conversaciones van muy bien»— y la firmeza —«no hay prisa; el tiempo está de nuestro lado»— para conservar la iniciativa.

Trump utiliza mediadores como Pakistán, Qatar y Omán, al tiempo que se comunica directamente a través de Truth Social. A finales de mayo envió a Irán un mensaje más contundente con el fin de acelerar el proceso.

Mantiene ataques limitados que presenta como acciones de «autodefensa», mientras asegura que las negociaciones continúan «sin interrupción». También ha amenazado con una escalada mayor, incluso contra infraestructuras energéticas, aunque ha aplazado determinadas operaciones a petición de sus aliados del Golfo.

Este enfoque modernizado de la llamada «Teoría del Loco» busca aumentar la flexibilidad de Irán en la mesa de negociación. Trump ha hablado de un «memorando de entendimiento» como primer paso, seguido de conversaciones más amplias.

El presidente estadounidense parece favorecer un acuerdo gradual basado en un alto el fuego permanente, la reapertura del estrecho de Ormuz, concesiones nucleares limitadas y un alivio progresivo de las sanciones. Ha mencionado la posibilidad de alcanzar un acuerdo «esta semana» o «muy pronto», aunque insiste en que no tiene prisa.

Si Irán se niega, está dispuesto a reanudar ataques masivos y «destruir por completo» las capacidades del país. Mantiene portaaviones desplegados en la región y planes de contingencia preparados. El colapso del régimen sigue siendo una ventaja potencial no declarada, aunque no constituye el objetivo principal.

A diferencia de algunos de sus predecesores, Trump considera que Irán es un problema que puede «resolver». En este contexto, predomina su característico estilo transaccional. Con frecuencia vincula la cuestión iraní con otras prioridades estratégicas, como los aranceles, la competencia con China o la política energética.

Un acuerdo permitiría reducir los precios del petróleo, reactivar plenamente el comercio marítimo y generar oportunidades para las empresas estadounidenses.

A principios de junio de 2026, Trump parecía estar cerca de definir un marco para alcanzar un acuerdo, aunque mantenía la presión para obtener mejores condiciones. Sus objetivos siguen siendo coherentes con su doctrina: demostrar fortaleza, alcanzar acuerdos ventajosos y evitar guerras interminables.

Sin embargo, los ataques iraníes registrados durante la semana en la región del Golfo Pérsico, así como en Kuwait y los Emiratos Árabes Unidos, sugieren que la perspectiva de un acuerdo sigue siendo incierta. Pese a los mensajes optimistas publicados en Truth Social, la posibilidad de una solución próxima podría ser todavía una ilusión. No obstante, Trump ha demostrado en numerosas ocasiones su capacidad para sorprender y alterar el curso de los acontecimientos.

Politólogo francés y especialista en temas internacionales.

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