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Ocurrencias ministeriales

La dinámica política y social del país es compleja, pero a veces resulta aburrida y predecible. “Aquí no pasa nada” me dice a veces un amigo. En realidad, alude a que pasan muchas que debieran provocar reacciones, incluso indignación, y no. No pasa nada, la gente critica, se queja un par días y sigue en su rutina. Es por eso que los políticos, que conocen bien la idiosincrasia salvadoreña, acostumbran recetarnos las decisiones que conllevan “medicina amarga”, previo a los feriados y vacaciones. El descontento se disipa en el fin de semana. En ocasiones, el aburrimiento provocado por el monótono discurso gubernamental de la seguridad y el orden, es roto — no sé si intencionalmente —, por alguna ocurrencia, casi siempre ministerial. Retomo el término de Óscar Picardo quien, al referirse a la evolución de nuestro sistema educativo, dice que este abunda en “ocurrencias”. De repente, a alguien se le ocurre que cierta medida podría funcionar y la implementa, aunque no aparezca en ningún plan de trabajo. Hace unas semanas, la ministra de vivienda se volvió tendencia en las redes sociales, porque en una entrevista televisiva, en lugar de hablar de las soluciones habitacionales que su ministerio debiera impulsar, terminó diciendo que los salvadoreños tienen tres vías para hacerse de una vivienda propia: adquirir una casa heredando dinero y pagándola al contado; ahorrando durante diez, quince o veinte años para comprarla; o consiguiendo un préstamo bancario y abonando mensualmente más de lo establecido para bajar así sus intereses. Inmediatamente hubo quien cogió lápiz y papel y comenzó a hacer …

La dinámica política y social del país es compleja, pero a veces resulta aburrida y predecible. “Aquí no pasa nada” me dice a veces un amigo. En realidad, alude a que pasan muchas que debieran provocar reacciones, incluso indignación, y no. No pasa nada, la gente critica, se queja un par días y sigue en su rutina. Es por eso que los políticos, que conocen bien la idiosincrasia salvadoreña, acostumbran recetarnos las decisiones que conllevan “medicina amarga”, previo a los feriados y vacaciones. El descontento se disipa en el fin de semana.

En ocasiones, el aburrimiento provocado por el monótono discurso gubernamental de la seguridad y el orden, es roto — no sé si intencionalmente —, por alguna ocurrencia, casi siempre ministerial. Retomo el término de Óscar Picardo quien, al referirse a la evolución de nuestro sistema educativo, dice que este abunda en “ocurrencias”. De repente, a alguien se le ocurre que cierta medida podría funcionar y la implementa, aunque no aparezca en ningún plan de trabajo.


Hace unas semanas, la ministra de vivienda se volvió tendencia en las redes sociales, porque en una entrevista televisiva, en lugar de hablar de las soluciones habitacionales que su ministerio debiera impulsar, terminó diciendo que los salvadoreños tienen tres vías para hacerse de una vivienda propia: adquirir una casa heredando dinero y pagándola al contado; ahorrando durante diez, quince o veinte años para comprarla; o consiguiendo un préstamo bancario y abonando mensualmente más de lo establecido para bajar así sus intereses. Inmediatamente hubo quien cogió lápiz y papel y comenzó a hacer cálculos a partir del salario mínimo y el costo de la vida. Y los memes abundaron. Hubo un vivo que sugirió una cuarta vía: ser diputado o funcionario de gobierno y obtener un préstamo generoso del Banco Hipotecario, agregando ejemplos de investigaciones periodísticas. 

En lo personal, más que las respuestas de la ministra, me llamó la atención la actitud del entrevistador. En lugar de cuestionar, sobre el trabajo que el Ministerio de Vivienda debiera hacer para ofrecer alternativas a los salvadoreños que necesitan una vivienda, llevó la entrevista de una forma tan condescendiente que le facilitó mucho el performance a la funcionaria. Valga decir que esa forma de proceder se ha vuelto muy común. El estilo de entrevistas pre pactadas tipo Canal 10 se está volviendo norma. Mal andamos. La entrevista en cuestión me hizo añorar las que hacía Mauricio Funes en canal 12 hace unas décadas. Funes no era santo de mi devoción, pero debo reconocer que sus entrevistas pusieron en apuros a más de algún político.

Pero la “ocurrencia ministerial” más ruidosa fue la de la ministra de educación y su viaje a Honduras para “entregar paquetes escolares”. En primer lugar, resulta que estamos finalizando mayo, el año escolar va por la mitad, y el MINED que presumía de eficiencia — así justificó la compra de zapatos y uniformes en el extranjero —, aún no termina de entregar los famosos paquetes. Esos detalles, no se exhiben públicamente. Pero la parte que dio más que hablar fue la frustrada entrada a territorio hondureño. Fue un chasco mayúsculo, en buena medida agrandado por el mismo aparataje comunicacional que la funcionaria llevaba. 

Dos cosas llaman la atención en el hecho. Primero, ¿Cómo es posible que la ministra, siendo militar de carrera, no supiera que no podía entrar uniformada a Honduras? Extraña porque los militares son muy cuidadosos al respecto. Tan serio es el tema del uniforme, que se supone que la ministra lo usa porque la normativa así lo establece. Hasta tienen su propia normativa. Seguro que algo dirá sobre sobre ingreso de militares uniformados a otros países.

Los hondureños le dijeron a la ministra que no podía ingresar, con lo cual se frustró el show que se iba a montar con el reparto de los paquetes. Hubo que hacer lo que comunicacionalmente se llama “control de daños”. Ello implicaba tomarla contra el militar hondureño que la recibió y notificó. Pero, sobre todo, destacar el hecho de que se impidió que los niños de las escuelas recibieran los útiles, lo cual ponía en entredicho al gobierno hondureño. “Ni nos dan, ni dejan que nos den” decía un padre de familia en una bien editada entrevista. Por suerte, el Ministerio de relaciones de Honduras dio un comedido comunicado que aclaró y cerró el tema. También el presidente de Honduras hizo lo suyo y le bajó presión a la olla; el nuestro guardó conveniente silencio.Escribía este artículo cuando trascendió la noticia; se hizo la entrega de los paquetes, pero esta vez los beneficiarios llegaron a la zona de Perquín a recogerlos. Bien por ellos y doble costo para el erario salvadoreño porque, además de transportar dos veces los chunches hubo que pagar transporte a los beneficiarios.

Ese mismo día se supo del fallecimiento de un conocido líder de pandillas que guardaba prisión desde hacía décadas. Hace años, este individuo ocupó titulares por su participación en la primera tregua, cuando incluso se le permitió salir de prisión para asistir a una entrevista en una iglesia evangélica muy conocida, misma que hoy aplaude el régimen de excepción. En este caso, llama la atención que la Dirección de Centros Penales confirmara el deceso e incluso consignara la causa de muerte. Esa misma dependencia es la que ha puesto bajo reserva la información sobre las muertes de los recluidos bajo el régimen de excepción. De inmediato surge la pregunta: ¿Por qué se informa sobre uno, pero no sobre los otros? Los suspicaces inmediatamente comienzan a pensar cosas. En redes sociales hubo uno que sugirió checar si cierto funcionario había viajado a Guatemala en los últimos días; lastimosamente no aclaró el porqué de sus dudas. Más valía que Centros Penales hubiera permanecido en silencio.

En silencio está el ministro de agricultura. Estamos finalizando mayo y el invierno no se establece, con lo cual las siembras se retrasan. Los ganaderos están en crisis, no hay pastos y las reservas de forrajes se les agotan. Sin ser alarmistas, es claro que tendremos un año agrícola malo, en buena medida porque tendremos un “super niño” ¿Qué hace el ministro al respecto? Puso bajo reserva los anuarios estadísticos agropecuarios. ¿Tan mal andan las cosas?

Pues sí, sobre todo en medio ambiente. Cuando iniciaba su primer periodo de gobierno, el presidente denunció que había “miles de millones de dólares ‘trabados’ en el ministerio de medio ambiente, esperando autorización”. Aducía que los permisos demoraban hasta siete años y terminaban aprobándose tal y como se habían presentado. Había cierta exageración en sus palabras, es su estilo. Lo que no deja lugar a dudas es que ordenó al ministro de medio ambiente: “En cien días quiero todos esos permisos y autorizados para que esos miles de millones de dólares entren a la economía salvadoreña”. Consecuentemente, en los últimos años ha habido una evidente relajación de los controles gubernamentales, tanto para obras privadas como públicas. La proliferación de proyectos de construcción se ha presentado como parte de una supuesta reactivación de la actividad económica. Y bien puede verse como positivo, a condición de tener una visión excesivamente pragmática y de corto plazo. 

Pero en una perspectiva de mediano y largo plazo, esa liberalidad en el otorgamiento de permisos de construcción se acumula a un enorme descuido y maltrato de nuestro medio ambiente y una sobre explotación de sus recursos naturales. Este año se han roto récords de temperatura; todos lo sentimos, todos nos quejamos. Pero bien poco hemos hecho para evitarlo. Si la predicción del “súper niño” resulta cierta, tendríamos récords de sequía. Y no estamos preparados para ello. Para enfrentar esas amenazas necesitaríamos mucho más que un par de ocurrencias ministeriales. 

Los casos expuestos dejan ver lo contradictoria que es la política comunicacional del gobierno. Hay funcionarios que copan los noticieros y las redes sociales hablando de más sobre temas intrascendentes. Por el contrario, los que debieran estar hablando, proponiendo, discutiendo sobre problemas serios; dígase crisis alimentaria en ciernes, vulnerabilidad ambiental y cambio climático guardan tozudo silencio. Vale decir que el presidente hace lo mismo.

Historiador, Universidad de El Salvador

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