Tras patrullar las calles de El Salvador y enfrentar la dureza del mar portugués, Mario «Mofrad» Franco transformó las cicatrices de la migración en obras literarias que brillan desde Europa
Tras patrullar las calles de El Salvador y enfrentar la dureza del mar portugués, Mario «Mofrad» Franco transformó las cicatrices de la migración en obras literarias que brillan desde Europa

Hoy, el cielo sobre la ciudad de Como, al norte de Italia, tiene un matiz distinto para Mario Orlando Franco Durán, conocido en el mundo de las letras como Mofrad Franco.
A sus 50 años, este salvadoreño nacido en Ciudad Delgado ha logrado lo que para muchos es el sueño europeo: una vivienda propia, un hijo adolescente que crece con estabilidad y una vida cimentada en el trabajo honrado.
Sin embargo, Mofrad no es solo un trabajador que venció a la estadística migratoria; es un hombre que, en el silencio de su hogar en Como, sigue volcando su alma sobre el papel, manteniendo viva la llama de una identidad que se forjó entre el asfalto de San Salvador y los barcos pesqueros de Portugal.
El punto más luminoso de su trayectoria literaria ocurrió lejos de casa, bajo el rigor del clima alemán. En 2016, tras una oportunidad surgida mientras trabajaba en un supermercado en Italia, Mario se trasladó a Alemania para estudiar literatura gracias a una beca en el distrito de Alterkirchen.

Fue en ese entorno de formación académica donde su talento, pulido por la experiencia, brilló con fuerza. En 2017, su obra Historias criminales de el salvador -escrita en la nación teutona- fue reconocida como una de las publicaciones más destacadas en su país natal.
Ese reconocimiento consolidó su perfil como un escritor emergente capaz de traducir la violencia y el caos en una narrativa poderosa que resonó incluso cruzando el océano.
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Pero para entender la profundidad de sus letras, hay que mirar hacia atrás, a ese pasado que sirve de combustible para su poesía. Mario no tuvo una infancia sencilla. Creció en Ciudad Delgado, hijo de un trabajador de la construcción y una ama de casa, con un padre ausente al que no conoció hasta la mayoría de edad.
A los 9 años, el mundo de Mario se fracturó cuando su madre enfermó de cáncer. Ante la imposibilidad de cuidarlo, él y sus hermanos fueron acogidos por un orfanatorio salesiano en Santa Ana. Allí, entre la disciplina estricta y los valores religiosos, Mofrad comenzó a forjar el carácter resiliente que años más tarde lo llevaría a buscar un destino mejor.

Antes de partir, sirvió siete años en la Policía Nacional Civil, enfrentando las secuelas de la posguerra, mientras obtenía un título técnico en Electricidad en la Universidad Don Bosco.
La «reconstrucción personal» de Mario comenzó en 2005, pero fue en 2007 cuando tomó la decisión que cambiaría su vida: emigrar a Portugal. Ahí, sus manos conocieron la dureza del trabajo en barcos pesqueros, enfrentando jornadas interminables hasta que la crisis económica de 2008 lo empujó hacia Italia.
En Italia, la realidad fue un golpe seco. Primero vivió hacinado en un apartamento con otras 20 personas, escapó de redadas policiales y trabajó cargando muebles para grandes cadenas, bajo condiciones de vulnerabilidad laboral, donde sus cotizaciones sociales nunca fueron pagadas.
Fue precisamente en 2014, tras una separación sentimental y en la soledad de un apartamento en Garbagnate Milanese, donde la poesía emergió como un mecanismo de defensa. Lo que empezó como desahogo en Facebook se fue transformando en una producción literaria seria que exploraba la nostalgia, la identidad y la búsqueda existencial del que se siente lejos de su tierra.
ORGULLO QUE NO OLVIDA SUS RAÍCES

La historia de Mario Orlando Franco Durán es el reflejo de miles de salvadoreños, pero con el matiz extraordinario de quien ha sabido usar la adversidad como un pincel.
A pesar de la precariedad extrema y los obstáculos burocráticos, que casi le cuestan su estancia en Europa en 2018, Mofrad ha prevalecido, y su talento ha encontrado el camino.
Hoy, mientras recorre por las calles de Como -en el norte de Italia, al suroeste del famoso lago de Como y muy cerca de la frontera con Suiza-, Mario lleva consigo el polvo de Ciudad Delgado y la gloria de sus estudios en Alemania.
Su vida es un recordatorio de que el talento salvadoreño no conoce fronteras y que, a veces, hay que cruzar el mundo para encontrar la voz propia y contarle al universo quiénes somos realmente.
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