El obispo nicaragüense Silvio Báez, exiliado de su país desde hace siete años, calificó al régimen del binomio Ortega/Murillo como “bandoleros y ladrones”, no como “dictadores” ni mucho menos como “jefes de Estado”. Sus declaraciones coinciden con críticas recientes en las que ha señalado a los gobernantes como responsables de abusos y corrupción .
Incluso voces críticas de la captura de Maduro, según la versión oficial, por un comando estadounidense, objetan que “un líder mundial” haya sido capturado. Más de alguno diría lo mismo si, por ejemplo, al criminal de guerra Putin, de Rusia, un comando externo lo enviara a los infiernos.
Ni Hitler, el mayor monstruo de maldad en la historia contemporánea, ni los ayatolás de Irán —anclados en una creencia medieval que en su momento tuvo relevancia, pero que hoy en día resulta un anacronismo—, y que al reprimir a balazos a la oposición se confirman como asesinos, pueden ser considerados legítimos líderes. Esto mismo puede aplicarse a todo dictador o dictadorzuelo que roba, persigue, tortura y mata creyendo que es un derecho que “el pueblo” o alguna deidad (fuera de sus enfermizas posturas) les ha otorgado.
Todos se valen de un entramado de secuaces, delatores, “jueces” manipulados y esbirros armados que fungen como “agentes del orden”.
Ortega, al igual que Putin, y como en su momento el dictador de Libia, Gadafi, y Sadam en Irak (quien pagó sus crímenes siendo ahorcado como un criminal común), persiguen a sus opositores incluso en el exterior. Se afirma que Gadafi utilizaba métodos como el envenenamiento mediante objetos aparentemente inofensivos, aplicados por la espalda en lugares públicos, o incluso explotando aviones en pleno vuelo.
Como señala el obispo, a esa gente hay que calificarla como “bandoleros y ladrones”, y no otorgarles títulos que funcionan como máscaras para encubrir sus saqueos y crímenes.
Muchos países son víctimas de las ocurrencias de dictadores
La principal víctima de estos ególatras es su propio pueblo, que puede categorizarse de la siguiente manera:
— A los niños se les roba su futuro, ya sea desviando recursos destinados a la educación o forzándolos a estudiar en escuelas deterioradas, sin abastecimiento adecuado de agua ni servicios sanitarios. A esto se suma que, debido a techos en mal estado, tanto alumnos como maestros deben recibir clases mientras se protegen de la lluvia.
A los docentes se les priva de capacitaciones e incluso de sus pensiones, pues los fondos para su jubilación han desaparecido desde hace tiempo.
— La mujer, en general, sufre al reducirse la posibilidad de recibir atención médica adecuada durante el embarazo y el nacimiento de sus hijos. Esto alcanza niveles críticos en países como Venezuela, donde los prematuros mueren por falta de incubadoras.
Comer mal una vez al día, como consecuencia de las decisiones arbitrarias del dictador de turno, es otro de los efectos del desenfreno que la egolatría causa en el mundo. Situaciones similares se observan en lugares como Palestina, donde la interrupción de suministros básicos agrava la crisis humanitaria.
El mundo es, en gran parte, un infierno debido a las ocurrencias de tantos ególatras enquistados en el poder.