¿Qué ser humano esculpí en mí? Se preguntaba el escultor. El mismo que antes había afirmado que eramos escultores de nuestro propio destino. Luego agregó: ¿Qué escultura hice de la vida? O mejor dicho ¿Qué vida esculpí? O más allá… ¿Qué ser universal cinceló la vida en mí? Impotente el Sapiens ante la conquista de la Creación, la única opción es conquistarse a sí mismo; tallarse en la piedra, en el bronce o en el mármol. La Humanidad no sólo esculpió en la piedra la estela maya, la diosa griega o los petroglifos de un templo egipcio. Tampoco no sólo esculpe maniquíes o esculturas modernas. Ese individuo -artista surgido de una sociedad confusamente gloriosa- es también el escultor anónimo de otra obra maravillosa. Esa obra culmen del aliento de vida y creación es él en sí mismo. O dicho de otra forma: es escultor de lo que es o y de lo que no es. ¿Ha sido acaso esta hermosa, mágica y cruel civilización obra de sí misma? Y -por la misma contradicción de su ser- al tercer día de haber edificado y construido altas y luminosas ciudades las destruye al día siguiente con fuego, terror y misiles. Es el patético encuentro con un extraño escultor del destino que destruye mañana las obras que ha hecho el día anterior. Como esculpiendo un sueño olvidado. Talvez el sueño de sí mismo. (Libros Balaguer en librería UCA y La Ceiba)