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¿Cuándo retirarse de la academia?

Toda persona debiera tener el derecho al descanso después de años de trabajo. Mis estudiantes me contaban el caso de un profesor tan mayor que su único trabajo en el curso era organizar grupos y asignar temas a exponer.

La docencia es una de las profesiones con más largo ciclo de vida. A diferencia de otras en las que la fuerza física y la agilidad son fundamentales, en la docencia, ayudan mucho la experiencia y la capacidad de análisis y razonamiento. Un docente bien formado, motivado y con experiencia puede marcar la diferencia en términos positivos. Sin embargo, otro mal formado y sin motivación terminará haciendo una rutina poco comprometida con el aprendizaje de sus estudiantes. Por eso son necesarias la supervisión y la evaluación del trabajo docente. Cuando se realizan bien, tienden a potenciar fortalezas y ayudan a superar debilidades.

Pero incluso los buenos docentes tendrán que retirarse en algún momento. En nuestro medio, esa decisión no siempre está debidamente razonada. En la Universidad de El Salvador no existe una política al respecto, menos una instancia que oriente y asesore al docente que está por cumplir su ciclo de vida productiva. Nuestra idiosincrasia tiende a ver la jubilación como algo negativo; de ahí que no sea extraño que algunas personas caigan en estado depresivos al hacerlo. Hay que decirlo, nuestros paupérrimos sistemas de pensiones obligan a muchos a seguir laborando porque su nivel de vida se vería afectado al depender de una pensión.

En las universidades, el retiro de un docente implica también el relevo generacional. Algo que pocas veces se prevé. Tanto el retiro como la incorporación de docentes debiera planificarse. Lo ideal sería identificar temprano a estudiantes que tienen potencial para la docencia y la investigación y formarlos poco a poco. Un buen estudiante puede incorporarse como auxiliar de cátedra, con la tutoría de un docente experimentado. En su momento debería estudiar un posgrado. De tal modo que, al tener las calificaciones debidas pueda concursar por una plaza.

Como eso no existe, la asignación de una plaza es algo contingente, “cuando se puede” y es fácilmente deslegitimada por el clientelismo, como parece estar sucediendo en la Facultad de Ciencias y Humanidades. Procesos poco transparentes dan lugar a rumores y suspicacias: se habla de presiones de grupos de poder coludidos con autoridades. Además, no se contrata los docentes para las carreras que más los necesitan, sino para aquellas que interesan a determinadas personas y grupos. Eso se evitaría trasparentando los procesos.

Al margen de esas consideraciones, el retiro es una cuestión básicamente individual. Cada persona debiera preverlo y prepararse con antelación. Además de cotizar a una AFP, debiera crear condiciones para que esta fase de la vida sea una experiencia positiva. El retiro supone tener más tiempo para sí mismo, hacer lo que se disfruta, incluso aprender algo que se pospuso por obligaciones laborales. En el caso de la academia, la jubilación no implica alejarse definitivamente de las actividades propias de la profesión. Por el contrario, puede ser la oportunidad de trabajar temas que se quedaron en el tintero. Conozco profesores que produjeron sus obras más señeras e importantes ya retirados. Esos trabajos llevan el sello de la experiencia, de la reflexión, y dejan ver, además, el disfrute de escribir a gusto y sin presiones. Claro, solo se podrá hacerlo si ya se tiene la costumbre y las competencias.

Desde mi perspectiva, el retiro no debiera posponerse más de lo prudente. Hay indicadores objetivos, como edad y tiempo de servicio. Y ciertamente que el monto de la pensión a recibir debe considerarse. Sin embargo, pareciera que hay casos en que no se opta al retiro porque no se ha previsto qué hacer una vez se deja de laborar. Situación paradójica, porque más de alguna vez, todos hemos soñado con dejar de trabajar. En la UES se da otra condición, personas ya jubiladas que siguen laborando bajo contrato. Y no son pocas. En este caso, además de que no se goza del retiro, también se bloquea la posibilidad de que un profesional joven y quizá hasta mejor preparado ocupe esa plaza. Posiblemente, en algunos de estos casos haya situaciones económicas que obligan, pero en otros será porque el implicado no se ha preparado para asumir el retiro.

Ahora bien, la trayectoria de un profesor universitario no debiera definirse únicamente por años de servicio. En sus activos también debiera haber producción académica. Con 25 años de servicio, al menos en ciertas áreas de conocimiento, un profesor universitario ya debería tener una producción suficiente como para dejar huella en su campo, al menos en ciertas áreas de conocimiento. Es decir, debiera haber algunas publicaciones que “resuman” su trayectoria profesional. Lo que pueda hacer después del retiro no debiera estar supeditado a las típicas jornadas de trabajo institucional. Una cosa es continuar haciendo lo que nos gusta y disfrutarlo, y otra es asumir una carga que ya no debiera llevarse.

Toda persona debiera tener el derecho al descanso después de años de trabajo. Mis estudiantes me contaban el caso de un profesor tan mayor que su único trabajo en el curso era organizar grupos y asignar temas a exponer. Pero cuando presentaban, él se dormía de inmediato. Aprendieron a retirarse calladamente del aula, en parte por comodidad, en parte por consideración. Tales casos no debieran darse, y no solo por eficiencia laboral, sino por humanidad. Casos excepcionales podrían justificar la prolongación de su trabajo, por ejemplo, los puestos de dirección requieren de experiencia de conducción.

Resulta entonces que en estas cuestiones hay al menos dos elementos que inciden. Primero, la Universidad que no tiene una política de renovación del cuerpo docente; tampoco tiene una unidad que orientar a sus trabajadores al respecto y desarrolle actividades de apoyo y convivencia con los pensionados. Hay también, un componente de sensibilidad humana. Al menos en mi unidad, se sabe del retiro de un colega solo tiempo después de efectuado. No hay un aviso, no se le hace un acto de despedida, menos un reconocimiento. De repente, desaparece y si se pregunta, alguien dice “ya se retiró”. Lo menos que denota es falta de consideración al otro. Y uno termina asumiendo que así es la cosa.

El segundo elemento influyente es el sistema de pensiones, en recurrente crisis de sostenibilidad y que obliga a muchos a prolongar su vida laboral como estrategia de sobrevivencia, no amerita más comentarios. Por último, y no menos importante, el factor individual: cómo un docente universitario se prepara mental y materialmente para esta etapa de la vida. Lo primero supone asumir una actitud positiva: he cumplido laboralmente y tengo derecho al descanso. Lo segundo implica organizarse; es lógico pensar que, a la edad de retiro, las responsabilidades familiares hayan disminuido. La clave será usar el tiempo y los recursos disponibles para hacer actividades que reporten satisfacciones y sumen calidad de vida; esto no necesariamente implica gastos adicionales. Es cuestión de asumir la nueva condición de vida con mente abierta y positiva y con la satisfacción de haber hecho algo que valió la pena.

Historiador, Universidad de El Salvador

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