Si los hombres dieran a luz, probablemente descubriríamos que muchas de esas “inevitabilidades” eran, en realidad, falta de prioridad.
Si los hombres dieran a luz, probablemente descubriríamos que muchas de esas “inevitabilidades” eran, en realidad, falta de prioridad.
Imaginemos, por un segundo, que la biología decide hacer un pequeño ajuste logístico: los hombres son quienes se embarazan, gestan durante nueve meses y finalmente dan a luz. Un cambio mínimo, casi simbólico… como cambiarle el filtro a una foto, pero con contracciones.
Lo primero que pasaría no es médico. Es institucional. En tiempo récord existirían políticas públicas ultradetalladas, apps financiadas por el Estado para monitorear cada antojo y, probablemente, tres ministerios nuevos: el de Bienestar Prenatal, el de Protección del Varón Gestante y el de Crisis Existenciales de las 3 a.m. Las bajas por maternidad —perdón, paternidad gestante, porque el branding importa— serían de mínimo un año, con salario completo, bonos y una carta de agradecimiento nacional por “servicio biológico a la patria”.
Las salas de parto parecerían cabinas de primera clase. Música personalizada, iluminación ambiental, snacks gourmet. Nada de “respire y empuje”. Aquí sería: “¿desea una pausa para procesar emocionalmente esta experiencia trascendental?”.
Pero lo más fascinante no sería la infraestructura, sino la narrativa. El embarazo dejaría de ser un proceso “natural” (léase: minimizado) para convertirse en una hazaña épica. Se escribirían libros, documentales, podcasts. Frases como “no sabes lo que es el dolor hasta que…” dominarían cualquier conversación. Habría medallas simbólicas, hashtags y probablemente una condecoración anual al “Valor Reproductivo Masculino”.
Mientras tanto, las conversaciones médicas también evolucionarían milagrosamente. De repente, el dolor sí sería tomado en serio. Las molestias no serían “normales” ni “parte del proceso”, sino señales urgentes que requieren atención inmediata. Nadie sugeriría caminarlo, ignorarlo o “relajarse un poco”. La ciencia avanzaría a una velocidad sospechosamente eficiente.
Y en medio de todo esto, quedaría una pregunta incómoda flotando en el aire: si todo esto es posible… ¿por qué nunca lo fue antes?
Porque aquí está el detalle: cuando las mujeres han hablado de dolor, incomodidad, riesgos o simplemente de la necesidad de mejores condiciones, la respuesta histórica ha sido una mezcla de paciencia forzada y resignación institucional. “Así es”. “Siempre ha sido así”. “Las mujeres son fuertes”. Traducción: arréglatelas.
Si los hombres dieran a luz, probablemente descubriríamos que muchas de esas “inevitabilidades” eran, en realidad, falta de prioridad.
También cambiaría la conversación social. Nadie trivializaría el embarazo como algo que simplemente “pasa”. No habría esa expectativa silenciosa de continuar funcionando igual, trabajando igual, rindiendo igual, como si el cuerpo no estuviera haciendo algo extraordinario. Se normalizaría pedir ayuda. Se validaría el cansancio. Se respetarían los límites.
Y sí, también habría drama. Mucho drama. Porque si algo sabemos es que cuando algo duele, incomoda o desestabiliza… se convierte en tema central de conversación. No como queja, claro, sino como “reflexión profunda sobre la experiencia humana”.
Lo irónico de todo este ejercicio no es imaginar a hombres dando a luz. Es darnos cuenta de que, en ese escenario hipotético, muchas cosas mejorarían no por la dificultad del proceso, sino por quién lo está viviendo.
Y es por una razón bastante incómoda pero difícil de ignorar: las sociedades tienden a organizar sus prioridades alrededor de quienes históricamente han tenido más poder de decisión —político, económico y cultural—, y esos han sido mayoritariamente hombres. Cuando un grupo concentra poder, también define qué problemas son urgentes, qué dolores son legítimos y qué soluciones merecen inversión.
Por eso, experiencias que afectan principalmente a las mujeres, como el embarazo o el parto, han sido tratadas durante décadas como procesos “naturales” que deben soportarse, en lugar de desafíos que pueden optimizarse con recursos, investigación y mejores políticas. Si los hombres vivieran ese mismo proceso, no cambiaría la biología, pero sí cambiaría la jerarquía de importancia: habría más presión para innovar, legislar y mejorar condiciones, porque el sistema respondería a quienes lo alimentan.
Y ahí es donde la risa se queda un poco incómoda. Porque más allá del chiste, la sátira apunta a algo bastante simple: el sistema sí responde, pero a quienes los sostienen.
Tal vez no necesitamos cambiar la biología para mejorar la experiencia. Tal vez bastaría con cambiar la forma en que escuchamos, priorizamos y respondemos a quienes ya están pasando por ella.
Pero claro, eso sería demasiado lógico. Y bastante menos divertido que imaginar un mundo donde las contracciones vienen con licencia extendida, snacks premium y reconocimiento nacional.
Consultora política y Miss Universo 2021
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