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La herencia ideológica

El adversario político no es visto como alguien que piensa distinto, sino como una amenaza existencial. Es el villano de la historia, el culpable de todos los males, la prueba viviente de que el país va en picada. Si el otro tiene razón en algo, se ignora. Si comete un error, se convierte en evidencia irrefutable de su maldad estructural. Es un deporte hermoso, si te gusta la exageración.

Dicen que la ideología política es una elección. Un acto consciente, casi heroico, donde el individuo —armado de libros, datos y una ligera superioridad moral— decide qué visión del mundo le representa. Es una historia preciosa. También es mentira.

La realidad es mucho menos épica y mucho más… hereditaria. La mayoría de las personas no elige su ideología: la recibe. Como los apellidos, las alergias o esa vajilla que nadie usa pero que “es de la familia”. Uno no se vuelve de izquierda o de derecha; uno amanece así, como quien descubre que en su casa siempre se le fue a ese equipo que pierde finales pero “juega bonito”.

Porque la política, en la práctica, funciona exactamente igual que el fútbol. No importa tanto qué tan bien juegue tu equipo, sino que es tu equipo, el equipo de tu padre, de tu abuelo, de tu bisabuelo, de tu tataraburlo y punto, fin del análisis. Si gana, es porque son geniales. Si pierde, es culpa del árbitro, del clima, o de una conspiración internacional. La lógica nunca fue el fuerte de la afición.

En la casa se aprende rápido. No hace falta leer teoría política cuando ya te enseñaron, desde pequeño, a identificar al enemigo. “Esos son los malos”, te dicen, sin necesidad de mayores detalles. Y uno crece con esa claridad moral envidiable: no hay matices, no hay dudas, no hay incomodidad. Solo hay buenos (nosotros) y malos (ellos). Qué descanso.

Luego llega la adultez, ese momento en el que se supone que uno cuestiona, reflexiona y redefine sus ideas. Pero, sorpresa: la mayoría simplemente actualiza el discurso. Cambia los eslóganes, moderniza los argumentos, aprende dos o tres palabras nuevas —“neoliberalismo”, “populismo”, “institucionalidad”— y listo. La camiseta sigue siendo la misma, solo que ahora viene en versión “análisis político”.

Y es que cambiar de ideología no es cualquier cosa. No es como cambiar de opinión sobre si el cilantro sabe a jabón. Es más bien como llegar a una cena familiar y anunciar: “He decidido pensar distinto a ustedes”. Es un acto casi subversivo. Un pequeño golpe de Estado emocional. Porque, en el fondo, no estás cuestionando ideas; estás cuestionando lealtades.

“¿Cómo que ya no pensás así?”, te dicen, con una mezcla de decepción y sospecha. “¿Quién te metió esas ideas?”. Porque claramente no pudiste haber llegado ahí solo. Pensar diferente siempre es culpa de alguien más. Un profesor, una pareja, internet. Nunca es un proceso propio. Eso sería peligrosísimo.

Por eso la mayoría prefiere no arriesgarse. Es más cómodo quedarse donde uno ya sabe cómo aplaudir. Donde ya conoce los guiones, las excusas, las indignaciones permitidas. Porque cada ideología tiene su propio manual de justificaciones: un documento invisible que te indica cuándo algo es un escándalo nacional y cuándo es “un caso aislado que no representa al movimiento”. La coherencia, por supuesto, es opcional.

Así, uno puede pasar años defendiendo lo indefendible con una convicción que sería admirable si no fuera tan… creativa. Se justifican abusos, se minimizan errores, se reinterpretan hechos con flexibilidad. Todo con tal de no traicionar los colores. Porque aquí no se trata de tener razón. Se trata de no cambiar de equipo.

Y claro, el otro lado tampoco ayuda. El adversario político no es visto como alguien que piensa distinto, sino como una amenaza existencial. Es el villano de la historia, el culpable de todos los males, la prueba viviente de que el país va en picada. Si el otro tiene razón en algo, se ignora. Si comete un error, se convierte en evidencia irrefutable de su maldad estructural. Es un deporte hermoso, si te gusta la exageración.

Pero, bueno, aceptar eso implicaría reconocer algo incómodo: que tal vez nuestras ideas no son tan nuestras. Que quizá llevamos años defendiendo una postura que nunca nos detuvimos a examinar en serio. Que, en el fondo, no elegimos equipo… solo heredamos la camiseta y aprendimos a gritar con convicción.

Y eso sería terrible. Porque entonces habría que hacer algo radical: pensar. Y pensar, a diferencia de gritar un gol, no viene con instrucciones claras ni con la garantía de que vas a seguir cayéndole bien a tu propia tribuna.

Consultora política y Miss Universo El Salvador 2021

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