Cuando comienza una guerra en cualquier parte del mundo, por muy pequeño o grande que sea el país, siempre salen esos demonios, se desatan y crean el caos, como una aplastante huella que borra todo progreso. Las guerras, ya sea por su esencia rudimentaria de matar al enemigo o por acoger nuevas tecnologías al servicio del exterminio, no contemplan la inocencia ni la neutralidad de nadie: arrasan, y sus efectos alcanzan incluso a los ecosistemas.
Tampoco las guerras sopesan los terribles estragos de quienes las luchan. El Medio Oriente ha sido, históricamente, ese polígono de terror y angustia, de cruentas guerras y dominación a manos de las civilizaciones que han nacido ahí.
Saddam Hussein, “el demonio de Medio Oriente”, “el carnicero de Bagdad” y otros tantos epítetos que se adjudicaron a su imagen de terror, provocó un desastre ambiental en 1991 al sabotear 700 pozos petroleros y verter millones de barriles de crudo al mar. Los incendios descomunales y la saturación de la atmósfera llegaron a oscurecer zonas del Golfo Pérsico, provocando una densa nube de humo tóxico, lluvia ácida y una severa contaminación marina que afectó a miles de personas.
El aire también se cargó de óxido de azufre y monóxido de carbono, alcanzando varios kilómetros de la atmósfera.
La mente demoníaca del dictador iraquí no tenía límites. En la guerra Irán–Irak (1980-1988), el ejército de Hussein utilizó armas químicas: agentes vomitivos, toneladas de gas mostaza y agentes nerviosos como tabún y sarín. Unos 50,000 soldados iraníes murieron por el uso de estas armas. Es ahí donde surge la imagen de otro ángel infernal: Alí Hassan al-Majid, conocido como “Alí el Químico”, un estratega de la muerte que propició el uso de armas químicas contra la población kurda con un único objetivo: exterminarlos.
Archivos de cadenas noticiosas internacionales registraron la barbarie contra los kurdos, donde miles de personas morían en las calles y dentro de sus casas. Tiempo después, las secuelas se manifestaron en cáncer, enfermedades congénitas, ceguera y malformaciones. Las Naciones Unidas (UNSCOM) supervisaron la destrucción de gran parte del arsenal químico de Hussein entre 1991 y 1997.
El brazo de la justicia, con el apoyo de Estados Unidos, permitió su captura en 2003. El 13 de diciembre fue encontrado por fuerzas élite del ejército estadounidense, escondido en su madriguera en Tikrit. Un tribunal iraquí lo declaró culpable de crímenes contra la humanidad y lo condenó a muerte en la horca. Aun así, Hussein permaneció desafiante. Fue ejecutado el 30 de diciembre de 2006.
Alí el Químico corrió la misma suerte: fue llevado a juicio, condenado a muerte por el genocidio de 18,000 kurdos y ejecutado el 25 de enero de 2010.
Pero los oscuros dictadores del Medio Oriente parecen conectarse por medio de la maldad. En la guerra de Siria, desde 2011, organismos internacionales detectaron el uso de armas químicas por parte del régimen sirio. El caso más sobresaliente fue el de Guta (2013), donde se utilizó gas sarín a gran escala mediante misiles tierra-tierra, dejando cientos de víctimas con síntomas de intoxicación nerviosa. También en Khan Sheikhoun (provincia de Idlib), el 4 de abril de 2017, un ataque aéreo con gas sarín provocó la muerte de más de 80 personas.
El dictador sirio aún no ha sido procesado ni condenado por crímenes contra la humanidad. Permanece refugiado en Rusia y cobijado por el Kremlin, pero tarde o temprano tendrá que comparecer ante la justicia.
Otra guerra, más larga y marcada por la figura amenazante de Putin, la guerra entre Rusia y Ucrania ha generado una catástrofe climática estimada en 311 millones de toneladas de CO₂, comparable a la emisión anual de 120 millones de automóviles. Los bombardeos, incendios, destrucción de infraestructura energética y ataques a refinerías han provocado efectos tóxicos, emisiones de gases de efecto invernadero y contaminación del suelo, agua y aire; gracias a Dios, sin el uso de armas nucleares.
En el reciente conflicto entre Estados Unidos e Irán, vuelve a surgir el tema nuclear. Si realmente Estados Unidos acabó con el programa nuclear iraní que amenaza a su socio estratégico, Israel, la respuesta es no. El programa sigue existiendo: pudo sufrir sabotajes o retrasos, pero Irán mantiene la capacidad técnica, lo cual resulta peligroso.
Sigue siendo fundamental, como canal neutral, la acción de actores como las Naciones Unidas y los países mediadores, que propicien el diálogo, promuevan la confianza técnica, realicen inspecciones y elaboren reportes independientes con estas naciones hostiles y amenazantes. Sin mediación internacional, el riesgo de una guerra nuclear sería mucho mayor.
Especialista en temas ambientales y geopolíticos.