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Escudos de verdad

El caos generado por Trump se vuelve contra él, como reflejan las encuestas, ya que los militares retornan a casa en ataúdes.

La historia del hemisferio americano desde la Segunda Guerra Mundial nos ilustra sobre la adopción política y la ejecución cooperativa de escudos de seguridad colectiva. El shock de posguerra era tal que primero fue el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR, Río de Janeiro, 1947) y luego la OEA (Bogotá, 1948). Dos principios claves se asentaron.

Uno, la defensa común: la agresión de un agente externo al hemisferio contra un miembro del TIAR constituye una agresión contra todos. El segundo: «El derecho internacional es norma de conducta de los Estados en sus relaciones recíprocas». Después del fin de la Guerra Fría, el Protocolo de Reformas de 1992 perfeccionó la Carta de la OEA. Un texto coherente fue acordado: los Estados americanos «condenan la guerra de agresión: la victoria no da derechos» (literal g); justo los derechos que se atribuye el tirano Vladimir Putin al invadir Ucrania, o el presidente Trump quien se presentó -después de la extracción de Maduro- como el que «está a cargo» de Venezuela.

Cuando el sistema interamericano está por cumplir ocho décadas, disponemos de un acervo respetable de instrumentos sobre combate al crimen organizado, terrorismo, la fabricación y el tráfico ilícito de armas de fuegos, municiones y explosivos; cooperación judicial en su amplio espectro como facilitar la extradición de delincuentes comunes; y modernización institucional pues existe en la OEA una Secretaría de Seguridad Multidimensional con un departamento especializado contra la delincuencia organizada transnacional que asiste técnicamente y articula la cooperación intergubernamental para enfrentar, entre otros renglones del Siglo XXI, el «uso ilícito de criptomonedas». En El Salvador el bitcoin fue establecido, fuera de la ley, como «moneda» por Nayib Bukele el año 2021.

La política internacional no está planchada ni es lineal ni siempre lógica debido a la irracionalidad de quienes detentan poder. Imposible olvidar que, durante el conflicto por Las Malvinas de 1982 entre Reino Unido y Argentina, el presidente Reagan prefirió mediar diplomáticamente, y nadie del hemisferio sumó tropas bajo el TIAR a favor del reclamo argentino por las islas por un régimen militar y violador de los derechos humanos -de facto desde 1976- que se rindió ante el poderío británico tras 74 días de guerra.

Pero la defensa colectiva sí se activó a favor de EE. UU. después de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001. Inmediatamente, la OEA emprendió un escudo más: la Convención Interamericana contra el Terrorismo (Barbados, 2002). Bajo el tratado, nació el Comité Interamericano contra el Terrorismo definido como la «única entidad regional en el Hemisferio Occidental que tiene como propósito prevenir y contrarrestar el terrorismo en las Américas…con pleno respeto al Estado de Derecho y al Derecho Internacional».

«Escudos» como los recientemente publicitados desde Florida son esquemas al margen del sistema interamericano. En su proclama del 7 de marzo, el presidente Trump anunció una atribución muy delicada que nadie se la otorgado a su país y menos a su gobierno: «EE. UU. entrenará y movilizará a los ejércitos de las naciones aliadas para lograr la fuerza de combate más eficaz necesaria para desmantelar los carteles y su capacidad de exportar violencia y ejercer influencia mediante la intimidación organizada». Teniendo a la vista su acción contra Irán -desaconsejada por altos jefes militares que él purgó en los pasados agosto y febrero (el jefe del Estado Mayor Conjunto, los máximos asesores jurídicos de las fuerzas armadas)- un asunto así es de gran preocupación para América Latina y el Caribe.

El caos generado por Trump se vuelve contra él, como reflejan las encuestas, ya que los militares retornan a casa en ataúdes y la factura financiera la paga el pueblo estadounidense. También el resto del planeta paga esa factura, aun quienes no compramos petróleo y gas producidos en el Golfo Pérsico.

Es contradictorio que, tras un año de agresión arancelaria de su parte contra todo el planeta, de amenazar con adueñarse de Groenlandia y Panamá, solicite el presidente Trump a «China, Francia, Japón, Corea del Sur, Reino Unido y otros» enviar naves militares al Estrecho de Ormuz. Y remató a su estilo: «Estoy exigiendo que estos países vengan y protejan su propio territorio, porque es su propio territorio». Nadie ha contestado a sus términos. Parece que sus palabras valen cada día menos.

Las entidades de derechos humanos que vienen señalando los Crímenes contra la Humanidad bajo el régimen Bukele igualmente documentan los abusos abominables en Irán. La cúpula chií ha sido sanguinaria, despiadada, pero la intervención en desarrollo del presidente Trump no constituye la antesala para una transición democrática en Irán y menos la solución a los conflictos del Oriente Medio; al contrario, parece agravarlos en medio de la opulencia y el autoritarismo de jeques y sultanes que se creen vitalicios. Nuestros escudos de verdad son la democracia y el Estado de Derecho.

Especialista salvadoreño en Relaciones Internacionales, integración regional y migraciones

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