[ OPINIÓN ] Palabras del exfutbolista, escritor, periodista, historiador y psicólogo, Manuel De Jesús Cañadas para Sergio Gallardo Del Cid
[ OPINIÓN ] Palabras del exfutbolista, escritor, periodista, historiador y psicólogo, Manuel De Jesús Cañadas para Sergio Gallardo Del Cid

Para unos fue un charlatán de la televisión, para otros un descarado y antipático presentador. Pero cuando Sergio Gallardo reinaba en la pantalla chica, los amantes del deporte estábamos atentos a sus humoradas, incluyendo a doña Isabel, mi santa madre que no se lo perdía.
Protagonizaba chispeantes monólogos y amaba su trabajo, el cual realizaba en los más discímiles escenarios: las canchas de la Zacamil, Ciudad Satélite, El Cafetalón, el estadio Flor Blanca, el Cuscatlán, Los Ángeles, Nueva York, Houston.
Siempre se hacía acompañar de sus eficientes camarógrafos: Julio César Alas, «Chamba Pinto», René López y «Carlitos» Santamaría, personajes fraternales y queridos donde los hubieren. Aquellas imágenes eran procesadas y editadas para que Sergio las presentara con esa su manera de hablar cortante, precisa, a veces disparatada.
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Un día escribí algo sobre él y le llame «Guasón», al día siguiente salió vestido como el Guasón; en otra ocasión dije que era un diablo e hizo lo mismo.
Menos mal que no lo llame Adán, porque era capaz.
Sergio fue así, tanto dentro como fuera de la pantalla chica, sus baladronadas nacían de la inspiración del momento, pues su penetrante mente siempre veía el lado cómico de las cosas, a veces con mayor rapidez que lo conveniente para su propio bien, acarreándose no uno sino infinidad de problemas.
Los entendidos en los deportes y especialmente en el fútbol al advertir su irritante éxito, lo acusaron de ser superficial, desconocedor de la esencia del juego y arrogante. Y él muy vivo contraatacó a sus ácidos detractores, lo cual le acarreó críticas y antipatías.
En ese episodio se defendió como pudo y logró superar el mal momento a través de sus salidas. Fue como si volviera a montar un caballo que lo había derribado.

En realidad se valía de una técnica que llevaba inherente su estilo, una original manera de decir las cosas, para dar a entender otras, algo así como si escribiéramos contra la acción.
Surgido como «disc jockey» llegó al deporte con poco conocimiento pero con ganas de triunfar y comenzó su faena dejando ver con desfachatez esa su condición de estar demasiado contento consigo mismo.
Otros no lo veían así, para ellos era sencillamente un sujeto ocurrente que hablaba más de la cuenta, que sabía explotar la magia de la televisión.
Pero lo cierto es que fue una creación deliberada de la publicidad, forjada por su autor para plantear y señalar vigorosamente y de manera cantinflesca lo podrido de nuestro deporte, al tiempo que llevaba una imagen optimista y original de nuestra realidad.
Esa espontaneidad era auténtica pues le imponía a su forma de actuar un singular sentido del ridículo y para aminorar la gravedad de sus acusaciones acudía a palabras absurdas pero certeras.
Siempre fue así, en programas de variedades, aunque en el deporte hacía falta su histrionismo para interpretar diferentes personajes que iban desde el diablo, el Guasón, el irónico, el antipático, el carismático ese que acaparaba la atención de los televidentes incluida doña Isabel.
Fueron tantos sus personajes, pero si vamos a hablar de preferencias, siempre me quedé con la interpretación que Sergio Gallardo hacía de sí mismo, aunque le granjeara alguna resistencia.
Lamento si que no se lo pude llevar a ella, para que lo escuchara en vivo… es que disfrutaba tanto sus gracejadas y ocurrencias.
Ahora tomó las de Villadiego, pero en realidad, solamente se ha adelantado.
¡Paz a sus restos!
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