Apenas un mes después de que Dietrich Bonhoeffer partiera hacia Londres, Karl Barth le escribió una carta urgiéndole a volver a Alemania. Era una carta de tono afectuoso que dejaba ver su respeto hacia un discípulo brillante, a quien consideraba necesario cuando el pueblo y la iglesia atravesaban su hora más oscura. No obstante, a pesar de la urgencia afectuosa de Barth, Bonhoeffer rehusó volver.
El joven pastor tenía razones para no regresar; una de ellas era el hecho de que en Alemania prácticamente se había quedado solo. Bonhoeffer veía con mayor claridad el peligro que representaba el nazismo, en tanto que sus otros amigos teólogos —entre ellos el mismo Barth— eran de la idea de dar tiempo al nuevo régimen. Bonhoeffer veía que el umbral doctrinal ya se había cruzado; en tanto que Barth, aunque alarmado, dudaba de cuándo o cómo romper con el régimen. Las cosas habían llegado a un punto en el que Bonhoeffer se sintió en oposición incluso a otros pastores y sintió que necesitaba «irse por un tiempo al desierto» para recuperarse anímica y eclesialmente.
Por otra parte, había asumido responsabilidades pastorales con dos congregaciones en Londres. Estas estaban formadas por alemanes de ascendencia judía que habían tenido que huir de Alemania. Su tarea pastoral era una expresión de fuerte solidaridad hacia los perseguidos, a quienes no deseaba dejar solos. Su primer llamado era al ministerio de la Palabra y no encontraba mejor lugar para responder a él que con las víctimas del nazismo.
Además, Bonhoeffer pronto descubrió que su residencia en Londres le permitía tejer importantes contactos con otros cristianos, para movilizar apoyo y vínculos con los cristianos en Alemania que aún resistían. Esos contactos le permitieron visitar otros países europeos, donde exponía la crisis de las iglesias en su país y denunciaba a los Cristianos Alemanes, fanáticos de Hitler. Una de esas visitas fue la que realizó a Dinamarca, donde expuso en un devocional su mensaje: «La paz debe ser osada». Bonhoeffer perfiló a Hitler como una persona que no quería la seguridad, sino la guerra. El impacto fue fuerte y varios de los asistentes lo consideraron ofensivo por lo radical de su planteamiento. Ellos cambiarían de opinión unos años después, lamentablemente, cuando Hitler aplastaría militarmente a Dinamarca.
Otra razón por la que Bonhoeffer se negó a volver a Alemania fue por su propia integridad: no quería volver para acomodarse dentro de una iglesia que aceptaba el «párrafo ario», es decir, el racismo en contra de los judíos. Lo que veía era una iglesia dormida que, en la práctica, aceptaba la corriente del momento y se alejaba de su llamado a la compasión y al amor mutuo. En esas condiciones, no veía un espacio donde pudiera ejercer su ministerio sin perder la integridad.
Este panorama cambió al año siguiente, cuando finalmente Karl Barth dio el paso al que Bonhoeffer lo había urgido antes: expresar su opinión y reconocer que existía una crisis no solo política, sino también doctrinal. Con la Declaración de Barmen, finalmente cuajó el movimiento de la Iglesia Confesante. Con la oposición ya articulada y con Barmen como confesión común, la respuesta cristiana se volvió practicable y oficial. La Iglesia Confesante nació como resistencia a los intentos nazis de convertir la iglesia en un instrumento de propaganda y control. Desde ese marco, pronto se vio la necesidad de formar nuevos pastores que estuvieran fuera de la estructura coordinada por el Estado. Pero eso planteaba un problema grave: las leyes nazis no permitían ninguna formación que no estuviera alineada con el liderazgo absoluto de Hitler. Esa necesidad sería el elemento decisivo que convencería a Bonhoeffer de volver a Alemania.
La experiencia de los creyentes alemanes es una lección permanente que muestra que sostener el testimonio cristiano requiere organización, formación y comunión, especialmente cuando se normaliza la deshumanización, el desprecio del pobre y cuando se ve a la violencia como solución. Cuando el «espíritu de la época» exige adhesiones que denigran al prójimo por la razón que sea, relativizan la verdad o convierten a un líder en objeto de fe práctica, ya se ha cruzado el umbral del desplazamiento doctrinal y es eso lo que los cristianos no deben permitir.
Pastor General de la Misión Cristiana Elim.