Tratemos de estar “limpios” de sentimientos negativos para que esta Cuaresma sea una llamada que Dios nos hace para abrir nuestro corazón; que todo lo que agrada a Dios sea nuestro deseo: ¡vivir en gracia!
Tratemos de estar “limpios” de sentimientos negativos para que esta Cuaresma sea una llamada que Dios nos hace para abrir nuestro corazón; que todo lo que agrada a Dios sea nuestro deseo: ¡vivir en gracia!
“El Señor dijo a Abraham: «Deja tu país, a tu parentela y la casa de tu padre, para ir a la tierra que yo te mostraré». Desde tiempos bíblicos la migración es parte de la humanidad: buscar otro lugar donde convertirnos y preparar el camino del Señor. Dijo el Señor a Abraham: «Haré nacer de ti un gran pueblo y te bendeciré. Engrandeceré tu nombre y tú mismo serás una bendición. Bendeciré a los que te bendigan y maldeciré a los que te maldigan. En ti serán bendecidos todos los pueblos de la tierra». Abraham partió, como se lo había ordenado el Señor”.
Otra oportunidad de oro para volver nuestro rostro a Dios; pero somos reacios a vivir una Cuaresma de sacrificio, oración y ayuno. Se prefiere “esperar” a que pase el tiempo. No hacemos un compromiso de verdad, sino que, en esa incertidumbre y poca fe, dejamos pasar lo mejor que Dios nos tiene preparado y el tiempo que nos da para convertirnos.
La vida a veces no da segundas oportunidades y, en una sociedad más amante del celular que de lo que la vida nos ofrece, parece una utopía aceptar el llamado de Cristo. Preferimos vivir sumergidos en mundos violentos, videos y plataformas de televisión de todo tipo, que han cambiado sutilmente los valores. En estos días lo que más escucho en conversaciones es: “ya tengo listo el Airbnb, el hotel de playa, el hotel de montaña”, todos más caros y agotados; todo el mundo pensando en el descanso (que no es malo), en las fiestas y en los carnavales de playa.
Personalmente he visto cómo las procesiones de mi pueblo, más que actos de devoción, se convierten en oportunidad de comercio: activar ventas de pupuserías, carnes asadas… Todo parece más una fiesta patronal y menos un tiempo de oración y reflexión. Las actividades de Semana Santa son más un atractivo turístico que un tiempo religioso.
Hay momentos de regocijo espiritual que, irónicamente, pocos disfrutan. Mencionaré cinco dentro de las actividades de Semana Santa en Sonsonate: la entrada de la procesión el Martes Santo con la marcha “Esperanza de María” en la iglesia catedral; los monumentos del Jueves Santo en todas las iglesias y ermitas de la ciudad; el Viernes Santo, el inicio del Santo Entierro y las dos cuadras previas a finalizar dicha procesión, verdaderos actos de fe y muestra de religiosidad; luego el Sábado Santo con la Vigilia Pascual y el domingo el regocijo de la Resurrección.
El mensaje de Dios es claro cuando nos pregunta si estamos dispuestos a dejar patria, familia y costumbres. Creo que la mayoría que visitamos iglesias no tenemos una respuesta afirmativa; más nos visita la duda y la falta de fe, más pesa la vida en el pecado que la decisión clara de seguirlo. Sabiendo del amor de Dios, deberíamos estar dispuestos a seguirlo: es el único que jamás nos fallará, a diferencia de la fragilidad humana. ¡Jamás nos fallará!
Y, a pesar de asistir a misa todos los domingos, más parecemos coleccionistas de misas y de retiros; sin embargo, no atesoramos el amor que Dios nos regala cada día. En nuestras posesiones materiales todo lo damos por sentado. La salud solo se valora cuando se pierde, igual que la libertad. Creemos que todo se sostiene por la suficiencia humana, cuando debemos ser dóciles y humildes, y seguir las huellas que Cristo deja a su paso.
Nada es casualidad, nada. Debemos pensar en familia sobre la fragilidad humana. Muchísimas personas pensaron que llegarían a su casa para cenar en familia y, de pronto, un accidente de tránsito cambió todo; todo acabó en un segundo. Si hacemos un análisis de nuestras vidas, lo primero que debemos hacer al llegar a casa —nuestro templo— es dar gracias a Dios.
Tratemos de estar “limpios” de sentimientos negativos para que esta Cuaresma sea una llamada que Dios nos hace para abrir nuestro corazón; que todo lo que agrada a Dios sea nuestro deseo: ¡vivir en gracia!
Que esta época, en la que la Iglesia nos da la oportunidad de redimirnos y enmendar nuestros errores, sea un tiempo de profunda reflexión; de tener el corazón puro y dispuesto para recibir a Jesús. Estamos a días de que, después de su Resurrección, Él nos dé la oportunidad de resucitar también: de dejar “la vida normal” para asumir el reto de vivir quizá entre contradicciones y sinsentidos, porque cuando estamos cerca de Jesús nos volvemos “diferentes”.
Quizá hasta dejemos de ser agradables para muchos, pues el olor a Jesús se vive y se siente en una familia, así como también se siente el aroma del fuego que producen unos ralos chiriviscos.
Estamos en buen momento de reflexionar y prepararnos.
Médico.
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