En cuanto al aprendizaje y el rendimiento, los jóvenes logran poner más atención de una forma sostenida cuando no cuentan con un celular.
En cuanto al aprendizaje y el rendimiento, los jóvenes logran poner más atención de una forma sostenida cuando no cuentan con un celular.
En mi artículo del pasado febrero me quedé en los beneficios que conlleva el prohibir los celulares inteligentes a los estudiantes de los centros escolares. Ya había descrito los relativos a los que derivan a nivel de la convivencia y el clima escolar. Voy a relatar también las desventajas y los retos que este tipo de normas conlleva para los centros escolares, así como maneras de afrontarlos.
Sara Abrahamsson es una investigadora noruega vinculada al Instituto Noruego de Salud Pública donde ha desarrollado una investigación académica sobre los efectos de prohibir smartphones en las escuelas. El trabajo que se ha difundido en medios y que se cita en debates públicos y artículos periodísticos se titula “Smartphone Bans, Student Outcomes and Mental Health”. Esta investigación, publicada como documento de discusión de economía y salud, encontró que la prohibición puede estar asociada con mejoras en la salud mental (especialmente entre niñas), reducciones en el bullying y mejoras en resultados académicos en ciertas condiciones.
Los resultados mostraron que, prohibir los teléfonos inteligentes conduce a una disminución significativa en el número de consultas relacionadas con el diagnóstico y tratamiento de síntomas y enfermedades psicológicas, tanto para la atención especializada como para la atención médica general, en un 60% y un 29% en relación con la media previa al tratamiento, respectivamente.
En este campo de la salud mental, que la niñez y la adolescencia no cuenten con un aparato celular: disminuye la ansiedad porque dejan de “estar pendientes”. Cuando el teléfono no está disponible, baja la presión de responder al instante, revisar notificaciones o compararse socialmente. Ayuda a reducir los conflictos por redes dentro de la jornada: se reduce el “drama en tiempo real” y, con eso, parte del estrés interpersonal. Mejora el autocontrol y la tolerancia al aburrimiento: aprenden a esperar, a conversar, a resolver, en vez de buscar estímulos inmediatos.
En cuanto al aprendizaje y el rendimiento, los jóvenes logran poner más atención de una forma sostenida cuando no cuentan con un celular. Lógicamente, esto se facilita porque ya no hay un aparato que está interrumpiendo sus pensamientos. Disminuyen las “multitareas”. Les abunda el tiempo efectivo para el aprendizaje y hay una posible mejora de resultados como se ha observado en el Instituto Noruego de Salud Pública, especialmente en estudiantes con un historial de tener más dificultades académicas.
El Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE/PISA) muestra con datos que la distracción por dispositivos en clase se asocia con peores puntajes, y que la efectividad de las prohibiciones depende muchísimo de la aplicación real.
En el cerebro, que es donde se originan los comportamientos humanos, el celular afecta de tal manera el metabolismo neuronal que fragmenta la atención. Recuperar el hilo cuesta energía mental. Esto es un fenómeno que incluso los adultos observadores lo hemos percibido en nosotros mismos en algún momento. Deteriora la memoria de trabajo y el aprendizaje profundo y aleja el aprendizaje y la convivencia por está buscando el placer generado por la dopamina.
Pero no todo es perfecto en esta vida. Hay desventajas y riesgos que hay que conocer cuando se prohíben los celulares en los centros escolares e incluso en el hogar para los niños y los adolescentes. En primer lugar, los padres podrían sentir que pierden el control (“¿y si pasa algo?”). Esto se puede resolver con protocolos, pero la preocupación es legítima.
También hay clases y proyectos donde las herramientas del celular (cámara, apps, investigación) pueden servir; por lo que hay que prohibirlo con alternativas y excepciones.
Algunos estudiantes dependen del teléfono para transporte, comunicación o incluso accesibilidad. Si no hay excepciones claras, la medida puede ser injusta. Aunque también los centros escolares pueden encontrar soluciones como por ejemplo, el acceso a teléfonos propios del centro, ya sean de línea fija o celular. Es decir, como en el pasado.
Este tipo de normas no deben vivirse como castigo. Esto es un riesgo y podría generar juegos de ocultar el celular por parte de los estudiantes.
Sumado a todo esto, el costo/tiempo de implementación (guardar teléfonos, hacer cumplir reglas, gestionar conflictos, crear alternativas) consume recursos.
En cuanto a los retos para directores y cómo superarlos con practicidad, tenemos en primer lugar, la resistencia de los padres. ¿Cómo superarlo? Uno, creando protocolos simples: “Si hay emergencia, el canal es secretaría/orientación” con tiempos de respuesta. Dos, prepararse y organizarse para brindar una comunicación proactiva: explicar por qué (aprendizaje, convivencia, bienestar) y el cómo (excepciones, seguridad). Tres, tener alternativas: permitir “teléfonos básicos” sin redes en casos justificados, o dispositivos de localización si la familia lo necesita (según política del centro).
Otro reto al prohibir los celulares es el cumplimiento inconsistente (unos docentes sí, otros no). ¿Cómo superarlo? Uno, hay que crear y aplicar una única regla que sea fácil de implementar, ejemplo: “apagado y guardado todo el día”. Dos, realizar capacitaciones breves con guiones de manejo de conflicto (qué decir y qué no decir, qué hacer, a dónde derivar). Tres, definir y dar a conocer las consecuencias del incumplimiento de la prohibición de manera gradual y con fondo educativo (no solo punitivas): advertencia, retención temporal del aparato, reunión, etc.
El tercer reto es en cuanto a la logística (¿dónde se guardan? ¿Quién responde si se pierde?). ¿Cómo superarlo? Uno, hay que establecer sistemas de almacenamiento: casilleros, sobres sellados, “phone pouches” por estudiante o por aula. Dos, de igual manera, organizar cadenas de custodia claras (horarios, responsables, registro mínimo) y una política de responsabilidad (por escrito) para evitar disputas.
Un cuarto reto son las excepciones referentes a situaciones de salud, accesibilidad y necesidades específicas. ¿Cómo superarlo? Uno, hay que decidir cuáles serán las excepciones (condiciones médicas, discapacidad, traducción, situaciones familiares especiales, uso pedagógico autorizado). Dos, los permisos deben emitirse de manera formal para evitar arbitrariedades.
Y como quinto reto tenemos la cultura escolar al percibir que la prohibición no tiene sentido. ¿Cómo superarlo? Uno, debe realizarse actividades de contenido educativo sobre los perjuicios del uso de celulares en los niños y adolescentes, así como los objetivos que se persiguen con la prohibición. Dos, debe sustituirse el “vacío” en los recreos con deportes, clubes, juegos, espacios de conversación y biblioteca activa. Tres, hay que medir y mostrar resultados en las áreas de convivencia, rendimiento académico y disciplina.
Entre los países de “de primer mundo” que han aplicado restricciones en el uso de celulares inteligentes dentro de los centros escolares están Francia, Reino Unido y Nueva Zelanda. Espero que esta información sea de utilidad para todos aquellos involucrados en la educación de la niñez y juventud salvadoreña. ¡Hasta la próxima!
Médica, Nutrióloga y Abogada
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