En el Libro II de La República, Platón pone en boca de Glaucón una historia que no es un simple mito decorativo, sino un experimento moral cuidadosamente construido para poner en aprietos la idea misma de justicia; no se trata de fantasía por entretenimiento, sino de una prueba filosófica radical: si el ser humano pudiera actuar con total impunidad, sin ser visto, sin ser castigado y sin sufrir consecuencias, ¿seguiría siendo justo o revelaría que su rectitud era apenas una estrategia social? La historia comienza en el antiguo reino de Lidia; Giges no era rey, ni general, ni filósofo: era un pastor al servicio del monarca.
Es decir, un hombre común, encargado de vigilar rebaños, sin pretensiones épicas ni ambiciones declaradas; pero un día, tras un violento terremoto que abre la tierra bajo sus pies. Giges desciende por aquella abertura y encuentra algo inesperado: el cadáver de un gigante de proporciones míticas, desnudo salvo por un anillo de oro en su mano; la escena es casi cinematográfica: oscuridad subterránea, misterio, tentación brillante. Giges toma el anillo y vuelve a la superficie, días después, mientras participa en una reunión con otros pastores ante el rey, descubre accidentalmente el secreto del objeto.
De modo que, al girar la piedra del anillo hacia la parte interior de su mano, se vuelve invisible; cuando la gira hacia afuera, reaparece; y allí comienza el verdadero drama, no el mágico, sino el moral; porque la invisibilidad no lo convierte en sabio, ni en justo, ni en prudente: lo convierte en impune. Platón no edulcora la consecuencia; Giges utiliza el poder para infiltrarse en el palacio, seducir a la reina, conspirar con ella, asesinar al rey y apoderarse del trono; el pastor invisible termina gobernando, no por mérito ni virtud, sino por ventaja secreta; la historia no pretende glorificarlo, sino desnudar una verdad inquietante: cuando la posibilidad de actuar sin consecuencias aparece, el deseo de poder y placer puede eclipsar cualquier consideración ética.
Glaucón usa este relato para argumentar algo provocador: si existieran dos anillos como ese, uno en manos de un hombre justo y otro en manos de uno injusto, ambos terminarían actuando igual, no porque la justicia no exista, sino porque —según la hipótesis— la mayoría practica la justicia por conveniencia, no por convicción; el miedo a la sanción sostiene la virtud, y no necesariamente la integridad interior.
Es aquí donde el mito antiguo se incrusta con sorprendente naturalidad en nuestra realidad contemporánea; porque el anillo de Giges no desapareció, solo cambió de forma; ya no se encuentra en cavernas abiertas por terremotos, sino en plataformas digitales, en perfiles anónimos, en cuentas recién creadas que operan con una seguridad casi heroica cuando se trata de atacar, difamar o calumniar; el milagro ya no es volverse invisible físicamente, sino desaparecer la identidad mientras la lengua —o el teclado— actúa sin freno.
En ese contexto, el caso del párroco de Apopa no es un episodio aislado, sino un ejemplo moderno del experimento de Platón; cuando un líder religioso expresa ideas que incomodan a ciertos sectores, la reacción no siempre adopta la forma de debate argumentado, sino la dinámica de la invisibilidad organizada; aparecen cuentas sin rostro, discursos inflamados sin firma y una coordinación que resulta casi admirable en su eficacia técnica; el anillo digital funciona: permite atacar sin comparecer, acusar sin probar y descalificar sin asumir responsabilidad. Resulta casi pedagógico observar cómo la historia se repite con matices contemporáneos.
Giges descubrió que nadie podía verlo; el trol moderno descubre que nadie puede identificarlo con facilidad; Giges se sintió libre de traspasar límites morales porque no había testigos; el agresor anónimo se siente autorizado a cruzar líneas éticas porque su nombre no aparece; la estructura es la misma: invisibilidad más poder igual a tentación. Y lo verdaderamente interesante —como en el relato de Platón — no es la existencia del anillo, sino la reacción humana ante él; Platón no dice que el anillo obligue a obrar mal; simplemente revela lo que ya estaba en el corazón; la invisibilidad no crea corrupción, la exhibe; del mismo modo, el anonimato digital no inventa el odio, lo libera; no fabrica la calumnia, la facilita; no produce la difamación, la hace cómoda.
En el caso salvadoreño, donde el debate público está cargado de intensidad y donde las autoridades ejercen funciones legítimas que merecen respeto institucional, el fenómeno de la invisibilidad digital introduce una tensión adicional; porque mientras las instituciones y los ciudadanos de bien operan con rostro, firma y responsabilidad, ciertos actores del debate eligen la sombra; y allí se genera una asimetría ética: quien da la cara puede ser cuestionado, criticado y refutado, lo cual es parte normal de la vida democrática, pero quien se oculta tras el anillo virtual actúa sin el mismo nivel de exposición.
El relato de Giges también nos advierte sobre otro elemento: el poder invisible no solo daña a otros, termina deformando al propio portador; Giges pasó de pastor a rey, pero su ascenso estuvo construido sobre traición y asesinato; la invisibilidad le dio poder, pero no legitimidad moral; de igual manera, la influencia digital obtenida mediante campañas de difamación puede generar aplausos momentáneos, pero erosiona el carácter colectivo; porque una sociedad que normaliza la calumnia anónima termina debilitando la confianza pública.
Por eso la advertencia bíblica adquiere una resonancia particular en este contexto: «El que justifica al impío, y el que condena al justo, ambos son igualmente abominación a Jehová» (Proverbios 17:15). El anillo de Giges, en su versión moderna, permite exactamente eso: justificar sin rostro y condenar sin pruebas. El anonimato digital facilita la inversión moral, porque diluye la responsabilidad personal y transforma la acusación en espectáculo. Cuando nadie responde con nombre y apellido por lo que dice, la justicia se vuelve narrativa y la verdad se vuelve relativa. Así, la invisibilidad no solo protege al agresor; también distorsiona el juicio colectivo.
La historia antigua, entonces, no es un simple recurso literario ni una curiosidad filosófica: es un espejo incómodo que refleja nuestras propias prácticas públicas y privadas. Nos obliga a preguntarnos con honestidad qué haríamos nosotros si tuviéramos el anillo; si al girar la piedra hacia adentro nadie pudiera ver nuestras palabras ni rastrear nuestras acciones; si la sanción desapareciera y la reputación permaneciera intacta. ¿Seguiríamos defendiendo la justicia con el mismo fervor? ¿O descubriríamos que parte de nuestra virtud depende más de la visibilidad que de la convicción?
En tiempos donde la conversación pública es intensa y las posiciones están marcadas, el verdadero desafío no es eliminar el anillo —porque la tecnología no retrocede ni el anonimato desaparecerá— sino fortalecer la conciencia. La solución al problema de Giges no consiste en destruir el objeto mágico, sino en formar hombres y mujeres capaces de resistir su tentación; porque la grandeza moral no radica en carecer de poder, sino en saber limitarlo voluntariamente. La antigua caverna de Lidia ya no existe, pero las grietas morales continúan abriéndose cada vez que la tierra de la responsabilidad se sacude. Y en cada grieta reaparece la misma pregunta que Platón dejó suspendida en la historia: ¿somos justos por naturaleza… o solo cuando nos están mirando?
De modo que cada generación encuentra su propio anillo; la pregunta decisiva es si lo girará hacia la invisibilidad para satisfacer impulsos o si, aun teniéndolo en la mano, elegirá actuar con rectitud; y esa decisión —más que cualquier algoritmo o tendencia— es la que define el carácter de una nación.
Que el Señor Jesucristo tenga misericordia de nuestra país, para que, aun en tiempos de invisibilidad digital y debates encendidos, aprendamos a ejercer la palabra con responsabilidad, la crítica con justicia y la diferencia con respeto.
Abogado y teólogo.