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En pocos días, la agresión a Ucrania cumplirá cuatro años

A Putin no le importa nada más que su ego y aspiración personal de reconstruir la despanchurrada Unión Soviético y ser su primer «zar»

El criminal de guerra Vladimir Putin ha perpetrado un aberrante reclutamiento de jóvenes en Uganda para utilizarlos como carne de cañón, además de amenazar con destruir aviones occidentales que transporten ayuda y equipo militar hacia Ucrania, en un nuevo escalamiento de su agresión.

En el proceso, como ya hemos señalado, el ejército ruso ha perdido gran parte de sus tanques y vehículos de combate, ha sufrido más de un millón de muertos o lisiados y ha visto numerosas refinerías de combustible destruidas por drones ucranianos. Esto afecta directamente a la población, al reducir las opciones para abastecerse de combustible para sus vehículos o cocinas.

Mientranto, delegaciones de Rusia y Ucrania dialogan en Ginebra tras dos rondas anteriores celebradas este año en Abu Dabi.

«Más le vale a Ucrania sentarse a la mesa, y rápido», dijo el lunes Trump a bordo del avión presidencial Air Force One mientras se dirigía a Washington, aunque el presidente ucraniano, Zelenski, advierte que no puede ceder ni un centímetro del territorio ucraniano.

El caso de los jóvenes de Uganda constituye una repugnante y malvada infamia: se les promete acceso a becas de estudio, alojamiento y oportunidades… pero al llegar se les entrega un uniforme y, sin mayor entrenamiento, son enviados a las primeras líneas de combate, como ocurrió con los soldados que Corea del Norte envió y que, en su mayoría, murieron. Kim Jong-un, otro desquiciado, recibió los cuerpos de los caídos en una gran ceremonia pública y compensó a sus familiares otorgándoles viviendas y una modesta renta.

A Putin no le importa nada más que su ego y aspiración personal de reconstruir la despanchurrada Unión Soviético y ser su primer «zar», como no le importó la muerte de Alexei Navalni en una prisión en Siberia, mediante una dosis de veneno, según lo comprobaron científicos de la Unión Europea.

Nada parece importarle a Putin con tal de no reconocer el fracaso de su guerra

En los últimos tiempos y en contra de lo que fue norma durante siglos, dictadores y jefes de Estado se mantienen muy lejos de los combates, a diferencia de épocas pasadas cuando los líderes marchaban junto a sus tropas y compartían los mismos riesgos. Así ocurrió con Alejandro Magno, Julio César e incluso Isabel I de Inglaterra cuando se preparaba para defender la nación de la Gran Armada española, destruida finalmente por un huracán.

El objetivo de la Armada era devolver Inglaterra al catolicismo, después de que el rey Enrique VIII, para poder divorciarse, se separara de Roma y fundara la Iglesia Anglicana.

La suciedad personal de este monarca era tal que su mal olor se percibía a tres habitaciones de distancia. Las crónicas detallan incluso la forma en que hacía sus necesidades, en una época en que la higiene personal no era la más adecuada, a diferencia de la costumbre de los romanos, los japoneses y varios pueblos indígenas americanos, que se bañaban con mayor frecuencia.

En pocos días, la agresión a Ucrania —que Putin supuso duraría apenas un par de semanas— cumplirá cuatro años de horror, sin que al demente le importe la cantidad de civiles, entre ellos niños, que mueren bajo los bombardeos.

Cuando el bienestar y la vida de los niños dejan de valer, se alcanzan los extremos más repugnantes, como ocurrió bajo el nazismo, que enviaba a niños a las cámaras de gas, y como —según denuncias— hace los rusos al secuestrar niños ucranianos para adoctrinarlos, un abominable crimen.

Hora tras hora, mucha gente muere, mucho se destruye, mucho se pierde porque —usando una frase común entre nosotros— el desquiciado de Putin ha quebrado a Rusia, además de provocar muerte y devastación, «para no dar su brazo a torcer».

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