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Miércoles de Ceniza: ayuno y conversión

No olvidemos lo que nos pide el Señor: «Misericordia quiero y no sacrificios» (Oseas 6:6, Mateo 9:13), es decir, un cambio real, un darnos a nuestras familias y nuestros prójimos más que signos externos que sólo sean apariencias. Dios prioriza el amor compasivo, el perdón y la bondad hacia el prójimo –el más próximo, la familia en primer lugar– sobre el simple cumplimiento ritualista o legalista de normas religiosas.

«Miércoles de Ceniza», esa fecha tan importante que nos prepara durante 40 días para la Pascua. Son 40 días en los que debe imperar el ayuno como muestra de nuestro rechazo al pecado; no un ayuno ligero o de moda, sino un ayuno de pecados. No es ayuno dejar de comer carne porque es prohibido; no, eso no es lo que agrada a Dios. Debe ser un ayuno acompañado de una reflexión profunda sobre lo que es y lo que será nuestra vida.

Las iglesias lucen abarrotadas. Esa fecha llama la atención al ver que muchísimas personas andan una cruz en sus frentes, como si quisieran decirle al otro: «Yo soy diferente a ti». Básicamente, es una señal que no demuestra la pureza o la impureza del creyente que la recibe, sino que es un signo donde todos aceptamos la voluntad de Dios: cumplir un tiempo de ayuno, conversión y abstinencia.

¿Qué dice la Biblia sobre la simbología de la ceniza?

«… harán oír su voz por ti y gritarán amargamente. Echarán polvo sobre sus cabezas, se revolcarán en ceniza…»

Ezequiel 27:30, La Biblia de las Américas.

«… Cuando llegó la noticia al rey de Nínive, se levantó de su trono, se despojó de su manto, se cubrió de cilicio y se sentó sobre ceniza…»

Jonás 3:6, La Biblia de las Américas.

«… Hija de mi pueblo, cíñete el cilicio y revuélcate en ceniza…»

Jeremías 6:26, La Biblia de las Américas

«Por eso me retracto, y me arrepiento en polvo y ceniza…»

Job 42:6, La Biblia de las Américas

Pero no olvidemos lo que nos pide el Señor: «Misericordia quiero y no sacrificios» (Oseas 6:6, Mateo 9:13), es decir, un cambio real, un darnos a nuestras familias y nuestros prójimos más que signos externos que sólo sean apariencias. Dios prioriza el amor compasivo, el perdón y la bondad hacia el prójimo –el más próximo, la familia en primer lugar– sobre el simple cumplimiento ritualista o legalista de normas religiosas.

¿Y cuál es la verdadera religión? «La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es esta: Visitar a los huérfanos ya las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo» (Santiago 1:27).

No es fácil prepararnos, porque en esta época tanto nos acercamos a la Iglesia como también llevamos, casi siempre, una doble agenda. Estamos enfocados en las actividades litúrgicas, pero también en la Semana Santa como tiempo de fiestas, festivales de verano y excesos, en lugar de conmemorar con la Iglesia. Sin embargo, como cristianos, nos embarga una gran dicha: el privilegio de que Dios nos permite reflexionar y llegar a Él mientras pacientemente nos espera. Somos nosotros los que andamos perdidos, como se dice, como «ángeles del farolito», dando vueltas mientras Dios espera nuestro regreso, esperando seguir amándonos.

Cuarenta días es poco tiempo para prepararnos para una nueva vida. Básicamente, esos días suelen estar llenos de ritos bastante externos y fáciles, pero no entramos al meollo del asunto. ¿Qué significa prepararnos? Significa conocer nuestra caducidad, saber que tenemos un fin y que cada día es un don que Dios nos permite vivir. Por eso la vida es un regalo: levantarnos sanos, poder abrazar a los nuestros y decirles cuánto los amamos.

La vida es, básicamente, un paseo breve, y tenemos dos opciones: hacerlo agradable o hacerlo miserable. Será agradable si caminamos de la mano de Dios. Por más tribulaciones, problemas o dudas que tengamos, incluso ante la pérdida de fe, todo será parte de ese hermoso viaje si vamos de su mano.

Hablamos del signo penitencial que refleja el cambio. La conversión del católico debe ser fuerte, firme, para seguir luchando y amando a Dios y, por ende, a nuestro prójimo. Está también el arrepentimiento, al que debemos prestar mucha atención. Tenemos tiempo suficiente para arrepentirnos, no por mérito propio, sino porque hemos sido moldeados por Dios para vivir en armonía y en una relación de amor con los demás. No es fácil, porque arrepentirse suena sencillo, pero no lo es.

Esta etapa nos conduce a una conversión, a un ayuno y a una abstinencia que deben ser actitudes propias del buen cristiano, vividas todos los días de su vida. No se trata del regocijo de andar por centros comerciales con una cruz en la frente como si fuera un trofeo, como si fuera un lujo llevar una cruz cuando tal vez por dentro tenemos tantos temores y conflictos. Este proceso es profundamente personal: solo uno sabe lo que realmente es, lo que posee y lo que puede dar.

Recuerdo la homilía de un sacerdote que decía que sería interesante que, si nos tomáramos fotos con una cámara Kirlian, podríamos ver más allá de la figura humana; podríamos ver cuántas cargas lleva cada persona sobre sus espaldas. Verdades profundas de nuestra época, que también han existido en otros tiempos de la historia.

Pero vayamos a lo más sencillo: veamos cómo podemos «matar» a otros cuando nuestra conversión no es real ni firme. Matamos cuando no brindamos un plato de comida, cuando en el semáforo somos incapaces de dar una moneda a quien soporta el sol ardiente, cuando hablamos mal de otros creyéndonos inmaculados, cuando nos negamos a dejar el ego a un lado, cuando solo esperamos recibir sin dar, cuando ni siquiera tenemos tiempo de preguntar: «¿Cómo has estado?».

La preparación para la Pascua debería tomarse muy en serio. Tenemos 40 días para prepararnos, para hacernos mansos y humildes, para comprender que la casa de Dios es el lugar donde deberíamos estar en esa semana, y no pensando nuevamente en excesos. Qué triste es ser un católico que prefiere la farra, la fiesta y los excesos antes que quedarse en casa, vivir en comunión con su familia, participar en las actividades litúrgicas y transmitir a las nuevas generaciones el verdadero sentido de esta época.

Ese sería el ideal: prepararnos con fervor, limpiar nuestra alma, nuestro corazón y nuestra mente, y entender que somos seres finitos y que solo Dios, en su infinita gracia, nos espera. Este Miércoles de Ceniza, Dios está en la Iglesia, en la Eucaristía y también en la vida eterna.

Todo creyente debería llevar un cuaderno, al que yo llamo «El cuaderno de la gratitud», donde tenga la oportunidad de escribir su relación con Dios como una carta diaria: dar gracias por la comida, por el techo, por los hijos, por los seres queridos, por la bendición de la vida, la salud, la libertad, las esperanzas, los planes, los sueños y las metas por cumplir.

Que los propósitos de fe de esta época se cumplan para que seamos mejores seres humanos. En lo personal, creo ser el menos indicado para escribir estas líneas, pero el propósito lo tengo, y espero poder decir en la Pascua de Resurrección cuánto logré cumplir.

Que Dios nos bendiga, nos ilumine y nos llene de fuerzas y esperanza en esta época que iniciamos.

Médico.

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