La “residencia” en El Salvador de una artista colombiana encaja perfectamente en los temas que discutía Vargas Llosa en su libro “La civilización del espectáculo”. Este tipo de eventos tienen dos rasgos característicos: en primer lugar, son extremadamente ruidosos, se posicionan en cartelera y se presentan como únicos en su género. Esto se logra mediante la fuerza de publicidad y del marketing, pero, sobre todo, porque van dirigidos a un público de poca capacidad crítica. El segundo rasgo es proporcional al primero, pero en sentido inverso: son eventos efímeros, se diluyen en cuanto se apagan las luces del escenario. Por supuesto no son nuevos ni únicos, son productos enlatados que se repiten cuantas veces sean rentables, solo que en lugares y con públicos diferentes. Sin embargo, la masa es presa fácil de estos espejismos.
Vale la pena reflexionar el por qué. Un poco de empatía es necesaria, a veces es preciso ponerse en los zapatos del otro. Es seguro que mucha gente fue a esos eventos porque admira a la artista, porque gusta de lo que canta, quizá hasta simpatice con ciertas situaciones que ha enfrentado. Hasta puede haber una vindicativa solidaridad con aquello de que las “mujeres ya no lloran”. Y no tendría nada que cuestionar, los gustos existen. Pero hasta ese halo de rebeldía está marcado por el mercado y el consumo, como bien muestran Heath y Potter en “Rebelarse vende”. Esta idea ya había sido explorada por el francés Guy Debord en “La sociedad del espectáculo”. Según este autor, el capitalismo y el consumismo fagocitan las experiencias humanas y las transforman en productos consumibles.
La industria del espectáculo tiende a la masificación, por eso es industria. A diferencia del arte que supone cierto grado de selectividad, los espectáculos van dirigidos a las masas. Y las masas no son el mejor entorno para la razón y la reflexión. La masa absorbe, estandariza. Fatalmente obliga a una parte del yo a diluirse en el conjunto. Sucede así en los conciertos, sucede así en las marchas de protesta. El grupo crece a costa del individuo, algunos dicen que se alimenta de él. Y hay momentos en que debemos ceder parte de la individualidad a un colectivo, pero solo debiera hacerse cuando hay una buena causa.
Parte del montaje fue una “caminata” en la que participaron algunos elegidos. Aparte de manifestar la admiración a la artista, es plausible pensar que quienes hicieron la “caminata” buscaban algo que hoy día se valora mucho: unos segundos de fama. Darse el gusto de caminar cerca de una celebridad pop, presumir ante amigos y conocidos: “yo estuve ahí”. Mejor aún, tener la suerte de ser captados por una cámara y fulgurar en una pantalla, aunque sea de manera efímera. Realización máxima, para una vida anodina y anónima. Esta empatía permite entender razones, pero fatalmente conduce a un cuestionamiento adicional: ¿Tan poco hemos logrado en la vida?; “caminar con la loba” podría ser solo una forma de llenar vacíos existenciales.
Cierto que yo admiro a personas y personalidades. Hay que aclarar: personas serán las que trato y conozco; personalidades, las que conozco, que admiro sus obras, pero no trato. Con las primeras disfruto una plática, un café, hay un aprecio recíproco. A las segundas las estudio, a veces trato de emularlas, pero es obvio que no hay una cercanía personal.
Yo nunca pagaría por asistir a un concierto, no del tipo del que aquí se habla. Me parece que la música, cuando lo es, se disfruta más a solas. Una vez fui a una presentación de Luis Enrique Mejía Godoy, en la Universidad de Costa Rica. Era gratis, pero me retiré a los quince minutos. Iba para escuchar al cantautor, no a la multitud desafinada que tenía al lado. En cuanto a caminar, cierto que me gusta y mucho. Pero prefiero caminar solo, respirando pausado y pensando, a menudo hablando conmigo mismo. También caminar con alguien tiene su gracia: a condición que no sea un desconocido que lo hace porque lo dice un contrato que firmó, sino alguien cercano y que realmente me aprecie y disfrute mi compañía como yo de la suya. Alguien que cuando pasen los años guarde el recuerdo de esos caminos andados.
Siento desencantar a los ingenuos: «Caminar con la loba» no es una experiencia trascendente, es solo un destilado de la cultura del “factureo”. En la sociedad del espectáculo todo se contabiliza. Antes se medía en boletos; hoy se suma la contabilidad de los views, los likes y los posteos. La experiencia estética ha muerto sacrificada en el altar del ídolo pop. No buscamos belleza, buscamos la validación de una selfi con el escenario de fondo. Hemos sustituido la búsqueda de sentido por el frenesí de un estadio lleno donde el individuo se disuelve en la masa.
La ‘Loba’ nos ha enseñado que el desencanto y el dolor ya no se sufren, no se procesan; simplemente se monetizan. Esto es la civilización del espectáculo en su estado puro: convertir la intimidad, el desgarro y la herida de una experiencia personal en un producto de venta masiva. Vargas Llosa señala que cuando el éxito se mide solo por las ventas y el ‘ruido’, la cultura desaparece. En El Salvador, un país sediento de referentes, aceptamos el factureo como una filosofía de vida. No es casualidad; tenemos un gobernante que vive pendiente de sus niveles de popularidad y gobierna con base en ellos, olvidando que lo popular no siempre es lo correcto, mucho menos lo legítimo.
Hoy es imposible cuestionar la calidad artística de un fenómeno de masas sin ser linchado digitalmente, esto es posible por desaparición de la crítica. Si algo gusta a la mayoría, ‘es bueno’, con lo cual se renuncia a la excelencia. Hemos perdido la capacidad de distinguir entre la genialidad y un producto de diseño y mercadeo bien montado. Nos urge que la ‘Loba’ aúlle fuerte para no escuchar el silencio de nuestras propias carencias espirituales e intelectuales. Preferimos solazarnos con dos horas de ruido y luces led que dedicar diez minutos a reflexionar sobre hacia dónde va nuestra sociedad. El Salvador no está caminando con la loba; está rodando en un abismo de superficialidad y mercantilismo.
Es la ironía suprema de nuestro tiempo: un país que necesita reflexión profunda para sanar sus heridas y lucidez para definir su futuro, prefiere el ruido de lo efímero. ‘Caminar con la loba’ es el simulacro perfecto de libertad para una sociedad que ha renunciado a pensar por sí misma. Nos hemos convertido en figurantes de un videoclip de alto presupuesto.
La loba se fue, sus cuentas y popularidad facturaron; nos dejó exactamente como nos encontró: huérfanos de cultura y rumiando la resaca de la realidad que nos incomoda, pero no somos capaces de enfrentar. Sus fans volverán a sus rutinas, muchos con un déficit en sus cuentas. Por un par de días, la experiencia será tema de conversación, pero se disipará rápidamente. Volvemos a ser rebaño. Paradójicamente, un rebaño que tiene acceso a información y cultura como nunca antes la humanidad ha tenido, pero que ha perdido pensamiento crítico.
Historiador, Universidad de El Salvador