Al agua de la fuente y al manantial del monte yo no les pude pagar como hice con la gente y con todo lo demás. Y los besos que de niño puso mi madre en mi frente no los podré pagar aunque lo intente.
Al agua de la fuente y al manantial del monte yo no les pude pagar como hice con la gente y con todo lo demás. Y los besos que de niño puso mi madre en mi frente no los podré pagar aunque lo intente.
Lo que no podemos pagar de la vida, errantes mercaderes de la eterna ilusión: He pagado mis deudas y cuentas pendientes. Y es que dando y dando saldas a la vida y al mundo indiferente. Esta mañana vino el lechero y abriendo la puerta le pagué con dinero. Fui con dinero donde el carnicero, donde el panadero y el albañil y su paga les di. Igual lujos y halagos requieren siempre un pago. A veces hasta la amistad demanda un poco de metal. En fin, reales comodidades hace falta que las pagues, pues todas las mercancías van con el oro que brilla. Pero al agua de la fuente y al manantial del monte yo no les pude pagar como hice con la gente y con todo lo demás. Y los besos que de niño puso mi madre en mi frente no los podré pagar aunque lo intente. Como al mismo destino la hermosa primavera que me dejara un día a la vera del camino. Tampoco comprar el oro y celaje del dulce amanecer de los anhelos. Y si quisiera pagar la esperanza que me queda -o las que están por nacer- no tendría las monedas. La vida por su parte es un negocio aparte. La miel de las abejas, el perfume de la flor, el trino del canario, la paz como el amor -el verdadero amor- no tienen vendedor. ¡Gracias vida por galante, por no cobrar a mí cosas tan importantes!
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