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Cuando la rueda aplasta

La Iglesia no es un departamento religioso del Estado; es una comunidad que responde a Cristo, y por eso está obligada a proteger al vulnerable incluso cuando la ley lo desampara.

Cuando Hitler subió al poder, en 1933, el miedo entre la ciudadanía era un idioma común y, para los cristianos, la prudencia se había convertido en la excusa ideal. Mientras muchos aún intentaban «dar tiempo» al nuevo régimen, Dietrich Bonhoeffer escribió un texto breve y agudo: «La Iglesia y la cuestión judía». Con él quería responder al debate que ya incendiaba a la Iglesia alemana: la presión para introducir en la iglesia el «párrafo ario» para excluir a cristianos de ascendencia judía y afectar incluso a ministros y líderes bautizados. En ese clima, la pregunta de Bonhoeffer fue tan sencilla como peligrosa: ¿qué debe hacer la Iglesia cuando el Estado normaliza la injusticia?

En su ensayo, Bonhoeffer parte del conocimiento común que los cristianos poseen del pasaje de Romanos 13, que presenta a las autoridades como establecidas por Dios, «de modo que quien se opone a la autoridad, a lo establecido por Dios resiste». No obstante, el mismo pasaje establece que son responsabilidades de esas autoridades hacer el bien, promover el derecho y la justicia. Estas son instrucciones que fueron dadas a la iglesia y, por tanto, es a ella a quien le corresponde interpelar al Estado. La Iglesia debe actuar como conciencia pública y cumplir su deber de discernir si el Estado está cumpliendo su función de resguardar un orden justo o si está desfigurando el derecho. Bonhoeffer escribió que la iglesia «puede volver al Estado a sus responsabilidades»; es decir, la intención de la iglesia no es gobernar, sino reconducir al Estado a su tarea propia. Los cristianos no deben acomodarse al gobierno de turno, sino exigirle cuentas de su propia razón de ser.

En la segunda parte de su ensayo, Bonhoeffer expone que la Iglesia tiene una obligación incondicional con las víctimas de la acción estatal. Aun cuando las víctimas no pertenezcan a la comunidad cristiana, la Iglesia debe socorrerlas. Habla de una «obligación incondicional hacia las víctimas» y remata afirmando que se debe «hacer bien a todas las personas». El prójimo no es solo el otro creyente, sino quien tiene una necesidad concreta a causa de la injusticia estatal. El prójimo concreto —incluido todo perseguido político— se vuelve criterio de obediencia para quien tiene fe.

En la tercera parte de su estudio, Bonhoeffer llega a la parte más aguda de su reflexión: en situaciones extremas, la iglesia debe pasar de la ayuda a la interrupción activa del mal. Es muy citada su frase: «No basta con curar a los heridos que deja la rueda; hay que detener la rueda». Era una ilustración para expresar una forma de acción directa para detener la maquinaria de injusticia cuando el Estado falla a su mandato. Se pueden alcanzar condiciones en las cuales ya no basta la asistencia humanitaria ni la protesta moral, sino que se requiere una acción pública que impida que el mal avance con impunidad, es decir, cuando el Estado ya no es garante del derecho sino de arbitrariedad.

La Iglesia no es un departamento religioso del Estado; es una comunidad que responde a Cristo, y por eso está obligada a proteger al vulnerable incluso cuando la ley lo desampara. Con esta reflexión, Bonhoeffer comenzó a colocar las bases de lo que sería su posterior ética de responsabilidad ante un orden criminal. El joven pastor no escribió su ensayo desde la comodidad de una biblioteca; escribió desde la urgencia de un mundo donde la injusticia se volvía normal. Y quizá el peligro mayor para los cristianos hoy no sea la persecución abierta, sino la adaptación gradual: acostumbrarse a que ciertas personas sean tratadas como prescindibles; a que el lenguaje de orden y seguridad sirva para ocultar la arbitrariedad; a que la iglesia se conforme con vendar heridas sin preguntar por la rueda que las produce.

En 1933, Bonhoeffer se atrevió a decir que la Iglesia debe estar del lado del prójimo cuando el Estado falla, privándolo de sus derechos. La Iglesia debe preguntarse: ¿esto sigue siendo derecho o ya es abuso con sellos oficiales? Hay situaciones donde el testimonio cristiano exige más que oraciones: exige decisiones que incomoden, costos que duelan, reputaciones que se pierdan. Noventa años después, esas reflexiones siguen siendo una prueba: no de nuestras ideas, sino de nuestra obediencia.

Pastor General de la Misión Cristiana Elim.

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