Un amigo es aquel apoyo, aquella voz que no nos critica ni nos juzga, que nos escucha. A veces, simplemente aguantar y acompañar ya es suficiente.
Un amigo es aquel apoyo, aquella voz que no nos critica ni nos juzga, que nos escucha. A veces, simplemente aguantar y acompañar ya es suficiente.
La amistad, incluso desde lo religioso, ha sido representada por los más íntimos y fieles amigos de Jesucristo… así como también por aquel que lo traicionó: Judas Iscariote. La historia está escrita entre relatos de amistad y poderosos lazos de confianza entre un amigo y otro. Sin embargo, la traición siempre parece ir un paso delante de la amistad que pudo existir entre dos personas, porque no podemos considerar amigo a quien traiciona o niega; allí nunca existió verdadera amistad.
Así ha caminado el mundo por ese sendero, y llega una fecha que vale la pena rememorar: el “Día de la Amistad”, llamado por otros “Día del Amor”. Hay muchas celebraciones frívolas y lejanas, donde de los 365 días del año apenas uno cambiamos nuestro comportamiento. Un día invitamos a cenar a nuestros seres queridos; un día en que las flores y las rosas toman un protagonismo enorme y su costo se eleva a niveles abismales. Resulta irónico que entre el 14 de febrero y el 2 de noviembre las flores jueguen un papel primordial. Un día en el que creemos que asistir a una celebración es lo que realmente define la amistad… pero eso sería estar confundidos, porque un amigo está siempre presente, casi omnipresente.
Un amigo es aquel apoyo, aquella voz que no nos critica ni nos juzga, que nos escucha. A veces, simplemente aguantar y acompañar ya es suficiente.
Lamentablemente, el mundo ha cambiado tanto que hoy cualquier persona tiene, entre comillas, “5,000 o 10,000 amigos”, cuando en realidad los dedos de una mano pueden ser demasiados para contar a los verdaderos. Todo se ha vuelto ligero, como diría la palabra de moda: “light”. Todo el mundo quiere ser el centro del universo, donde lo único que importa es el ego propio, y el amigo o las amistades quedan reducidas a un segundo plano.
Por eso no pospongamos el café, la cerveza, la copa de vino… ni la llamada que nunca se hizo, porque esa es la que más duele. El café al que nunca se llegó es el que más se añora y lamenta.
En los grupos de conversación que existen hoy vemos cómo los placeres ocupan un lugar privilegiado, mientras gestos tan simples como una llamada, un abrazo de consuelo o un “No te preocupes, aquí estoy yo” se vuelven escasos. Y como dice un buen amigo: “Si tienes dinero, tienes amigos”. No… eso no puede ser cierto. No lo es, y doy fe de ello.
Parece que las únicas amistades que nunca pierden sus raíces son aquellas que formamos en la infancia. Llegamos a la adultez tomados de la mano de esos amigos… y, muchas veces, partimos de la vida aún aferrados a ellos. Claro que hay excepciones: amigos que aparecen en la adultez y cuyas raíces llegan a ser tan profundas y fuertes como las de la infancia.
Pero en un mundo tan cambiante, la amistad también cambia. Es difícil que alguien haga preguntas tan sencillas como: “¿Qué tal estás?”, “¿Cómo está tu familia?”, “¿Cómo te va en el trabajo?”, “¿Cómo va tu vida?”. Llega una edad en la que las amistades resbaladizas y circunstanciales no vale la pena contarlas como tales: son como quienes nadan por la orilla del lago sin buscar la profundidad donde está el verdadero sentido del amigo. Todo queda en esas amistades de redes sociales que, en realidad, no existen.
Vivimos en un mundo material donde el dinero, la posición y lo que puedo lograr se convierten en la base de falsas amistades. Es una época que no me gusta, pero al mismo tiempo doy gracias a Dios por la infancia que me tocó vivir y por los amigos que tengo. La vida me ha enseñado que el denominador común del lazo de la amistad son los valores, los principios, compartir objetivos y visión de vida… aquello que nuestros padres nos dieron, los valores que absorbimos en casa.
Así llegamos a la adultez, y luego a ser adultos mayores, y realmente nos damos cuenta de que los amigos que tenemos son apenas tres o cuatro. A veces incluso amigos que, entre comillas, “no tienen tiempo para tomar una llamada” o para preguntar nuevamente: “¿Cómo estás?”. Y, sin embargo, esa simple pregunta tiene un gran peso, porque mostrar interés genuino por la salud, la vida y el bienestar del otro significa mucho.
Mientras tanto, el 14 de febrero —además de ser un día comercial— es simplemente otro día en el calendario. Restaurantes llenos, ventas de rosas y orquídeas al tope, todo abarrotado… todos creyendo que ese día es especial porque se va a un restaurante a conversar, mientras el resto del tiempo resulta intrascendente.
Hagamos la diferencia. Vivamos en un mundo cada vez más material, sí… pero donde hablar de amistad nos llene de alegría y orgullo. Demos lo mejor de nosotros. Seamos amigos… pero, sobre todo, reconozcamos a nuestros verdaderos amigos.
Hablar de amistad en estos días es un tema que debe importar a la familia, porque los amigos son realmente personas dadas por Dios: amigos con valores, con ideales y, sobre todo, que nos ayudan a ser mejores seres humanos. Hay que cuidarlos, porque son un verdadero tesoro. En todos los estudios de calidad de vida de las más prestigiosas universidades siempre aparece un factor común: tener amigos mejora la calidad de vida.
Termino con esta anécdota. En una entrevista de trabajo me preguntaron:
“Personalmente, ¿qué le da más satisfacción como ser humano en el ámbito de las relaciones interpersonales?”
Mi respuesta fue:
“Para la edad que tengo, puedo decir que a quienes llamo amigos… son mis amigos, y mis amigos son los mismos desde hace 50 años”.
Que este Día del Amor y la Amistad marquemos la diferencia: que la llamada que se pospuso se realice, que la charla pendiente suceda… y que, a quien lo merezca, podamos decir no solo “feliz día de la amistad”, sino también: gracias por tu amistad.
Médico.
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