Mi esposo y yo hacíamos espera en la sala de un médico, cuando entró un señor muy sencillo, de aproximadamente 70 años, acompañado por un hombre joven que asumimos sería su hijo.
El señor entró saludando a los presentes. Se dirigió con mucho respeto a la recepcionista, mientras le presentaba unas radiografías y respondía a sus preguntas con un vocabulario no solamente cortés, sino también muy fluido y correcto. Dijo llamarse Paulino, añadiendo dos apellidos. Vestía sin ostentación, pero pulcramente: camisa de manga larga, cinturón, pantalón caqui, zapatos bien lustrados, de suela gruesa, y cachucha de los Yankees, puesta correctamente, no al revés.
Mi esposo, que tiene enorme facilidad para hacer amigos, lo saludó amablemente: “¿Cómo está, don Paulino?”
Él se asombró, dado que no nos conocía. Mi esposo le explicó que había escuchado su nombre al darlo a la recepcionista, iniciando así una conversación interesantísima, que tuvimos que suspender al llegar nuestro turno con el médico. Le expresamos que nos encantó su nombre, siendo de los que ahora no se escuchan, porque se prefieren nombres extranjeros. (Pronto tendremos Shakiras Pérez y Badbonis García). Antes, dijo, usábamos nombres escogidos en el Santoral o en el almanaque; ahora usan nombres que nada tienen que ver con nosotros.
Don Paulino nos contó que es de San Vicente, donde él y sus cinco hermanos varones se dedicaron toda una vida a la molienda. De esa tradicional industria, debe lamentar que ahora queda solamente una empresa, muy bien y modernamente equipada, en la que ya no se usan yuntas para mover los grandes molinos. Sus hermanos han dejado la zona, pero él continúa viviendo en las afueras de la ciudad, a la orilla de la carretera.
Comentó que, aunque no le falta trabajo y vive bien (gracias a Dios, especificó), lo que más extraña “de antes” es la actitud de la juventud de entonces comparada con la juventud actual. (Aquí debo mencionar que el joven que lo acompañaba, desparramado sobre una silla, no emitió ni una sola sílaba jamás, hundido en su celular). Explicó don Paulino que en su familia se acostumbraron a trabajar desde niños, sin menoscabo de ir a la escuela. Y les inculcaron, sobre todo, EL RESPETO, “que ahora no existe”, lamentó. Además, dijo, actualmente se ven numerosos grupos de jóvenes irrespetuosos, que no estudian, no quieren trabajar en el campo ni en ninguna otra parte, aspirando solamente a recibir remesas y convertirse en cantantes modernos. Añadió: “¿qué harán, ahora que las remesas están dejando de venir? Porque son unos inútiles”.
Las palabras de don Paulino resonaron en mi cerebro cuando leí en LPG del 11/02/2026 que 1,439 estudiantes dejaron la escuela después de recibir (entre 2021 y 2022) las computadoras y demás equipo que constituyen los paquetes escolares que, anualmente, prepara el gobierno para las escuelas públicas. Un artículo muy oportuno, dado que acaba de iniciar el año escolar y los paquetes de 2026 han sido, según la ministra de Educación, “los mejores en toda la historia de El Salvador”.
Pregunto: ¿hay alguna estrategia gubernamental para que los alumnos aprecien y aprovechen lo que están recibiendo y de verdad aprendan y se eduquen? Eso debería ser parte de las enseñanzas a recibir. Si no, solamente tendremos haraganes equipados para seguir holgazaneando.
Don Paulino debería asesorar al gobierno en muchas cosas.
Empresaria.