Hannah Arendt advertía sobre la destrucción del sentido común lingüístico como preámbulo totalitario; hoy se materializa en «pronombres», «identidades no binarias» y «microagresiones» que convierten conversación cotidiana en campo minado.
Hannah Arendt advertía sobre la destrucción del sentido común lingüístico como preámbulo totalitario; hoy se materializa en «pronombres», «identidades no binarias» y «microagresiones» que convierten conversación cotidiana en campo minado.
En las entregas anteriores del análisis del globalismo, hemos trazado su evolución desde estructuras religiosas monumentales —la Iglesia Católica con su autoridad sacerdotal universal y el Islam con la Sharia como ley transfronteriza—, pasando por variantes raciales como el nazismo con su obsesión por la pureza aria, y clasistas como el comunismo con su vanguardia proletaria, hasta el globalismo atomizador del siglo XXI que opera mediante la fragmentación identitaria multiplicada. Cada fase ha mantenido una invariancia estructural: un A grande Otro que garantiza una verdad absoluta, frente a un enemigo a que cataliza el deseo de control total. Ahora enfrentamos una variante particularmente insidiosa y sutil: el globalismo semántico, que conquista el poder supranacional no mediante ejércitos, decretos o revoluciones visibles, sino a través del control del lenguaje como arma privilegiada para desarticular el tejido social, erosionar consensos compartidos y legitimar nuevas jerarquías invisibles.
Quien controla el lenguaje, controla la narrativa; y quien controla la narrativa, define irrefutablemente el rumbo de las sociedades. Esta máxima, que evoca las advertencias de Orwell en 1984 sobre la neolengua, se materializa hoy en un terrorismo semántico sistemático —término acuñado por la neuropsicóloga Cristina Soto— que vacía de contenido términos fundamentales para la cohesión humana. «Familia» deja de evocar la unidad reproductiva básica para convertirse en constructo fluido y contractual; «género» abandona su raíz biológica por autodefiniciones subjetivas ilimitadas; «verdad» se disuelve en «narrativas personales» o «perspectivas válidas»; «justicia» se reduce a venganza redistributiva contra supuestos privilegios históricos. Este vaciamiento no es casual ni espontáneo: es una estrategia deliberada que genera confusión cognitiva masiva, donde la comunicación racional colapsa y surge la necesidad de «expertos» supranacionales para interpretar y regular el caos discursivo.
La neuropsicóloga Cristina Soto acuñó el término «Terrorismo Semántico» para describir esta estrategia deliberada: el vaciamiento progresivo de contenido de términos fundamentales —familia, género, nación, verdad, justicia— y su sustitución por neologismos polisémicos que gestionan emociones colectivas. «Mujer» deja de referir al sexo biológico para convertirse en autodefinición subjetiva; «tolerancia» pasa de virtud cívica a obligación coercitiva de aceptar contradicciones lógicas; «sostenibilidad» enmascara transferencias de soberanía económica hacia instancias multilaterales. Este proceso no es casual: cada redefinición fractura consensos previos, generando divisiones artificiales donde la comunicación racional colapsa.
El globalismo semántico prospera precisamente en esta fractura: al redefinir conceptos esenciales, divide comunidades que antes se entendían mutuamente, reemplazando diálogos por batallas terminológicas interminables. No se trata de un agente único o monolítico —error organicista que antropomorfiza instituciones inertes—, sino de redes convergentes de individuos concretos: multibillonarios filantrópicos que financian fundaciones «progresistas», burócratas multilaterales sin rendición de cuentas democráticas, y tecnócratas digitales que algoritmizan el consenso woke. Sus intereses pueden divergir tácticamente —clima para unos, migración para otros—, pero convergen en un deseo común: trascender el poder nacional para imponer una gobernanza lingüística global donde ellos dicten qué palabras, y por ende qué pensamientos, son legítimos.
Anatomía del Control Lingüístico
El globalismo semántico despliega su estrategia de dominación en tres fases articuladas que progresan con precisión quirúrgica, cada una construyendo sobre la anterior para erosionar sistemáticamente la capacidad comunicativa de las sociedades:
La primera fase consiste en la desconstrucción sistemática de términos fundamentales, arrancándolos de su referente objetivo compartido para sumergirlos en ambigüedad subjetiva. El «matrimonio», institución milenaria que presuponía complementariedad sexual reproductiva, se redefine como «contrato afectivo-any» entre individuos indiferenciados; «mujer» —concepto biológico unívoco durante 500.000 años de hominización— muta en autodefinición performativa («cualquiera que se sienta mujer»); «raza» pasa de categoría demográfica a insulto moral absoluto; «padre/madre» se diluyen en «progenitor 1/progenitor 2» para neutralizar alteridad sexual.
Esta operación genera un vacío simbólico catastrófico: mayorías desorientadas pierden herramientas lingüísticas para articular resistencias colectivas. Sin definiciones compartidas, la conversación racional colapsa en malentendidos perpetuos, preparando el terreno para la segunda fase.
Sobre este vacío emergen neologismos estratégicamente ambiguos que pretenden abarcar realidades mutantes mientras gestionan emociones colectivas. «Diversidad» deja de significar pluralidad cultural para convertirse en totalidad excluyente de disenso —quien cuestiona la ideología de género es «diversofóbico»; «equidad» abandona igualdad de oportunidades por igualdad de resultados coercitiva, legitimando cuotas raciales/sexuales que violan mérito; «inclusión» se transforma en obligación de afirmar contradicciones lógicas («mujeres con pene»); «sostenibilidad» enmascara cesión de soberanía energética a burócratas multilaterales.
Estos términos funcionan como trampas semánticas: su polisemia aparenta consenso mientras habilitan políticas totalitarias. La «tolerancia» clásica (capacidad de soportar disenso) se pervierte en intolerancia institucionalizada hacia normas tradicionales.
La confusión resultante —sociedades paralizadas por debates lexicográficos interminables— justifica la intervención de «expertos» supranacionales como árbitros lingüísticos definitivos. La ONU promulga resoluciones sobre «lenguaje inclusivo» vinculantes para agencias; la UE impone directivas que penalizan «discurso discriminatorio» con multas millonarias; el WEF publica guías ESG que condicionan inversiones a terminología woke; Meta y X algoritmizan la censura bajo criterios de «desinformación semántica».
Plataformas digitales actúan como vanguardia panóptica: shadowbans castigan definiciones «atrasadas», mientras amplifican neologismos victimarios por engagement. En esta fase culminante, el lenguaje deja de ser patrimonio colectivo para convertirse en monopolio de burócratas transnacionales que dictan desde Bruselas o Ginebra qué palabras son legítimas, consolidando así un poder supranacional invisible pero omnipresente.
Cada fase se retroalimenta: la desconstrucción genera caos que la neologización pretende resolver, justificando la gestión experta que perpetúa el ciclo. El resultado final es una sociedad lingüísticamente colonizada, donde la libertad de pensamiento depende de aprobación semántica global.
El A grande Otro Semántico
En términos lacanianos, el A grande Otro reside en el lenguaje normativizado global: diccionarios progresistas, guías de estilo woke (AP Stylebook), políticas de contenido de Meta/X. El «objeto a» enemigo son las mayorías lingüísticamente «atrasadas» que resisten redefiniciones —familias que definen «padre/madre», patriotas que reclaman soberanía semántica—. El resultado: sociedades que discuten definiciones mientras instancias supranacionales gestionan realidades materiales.
Hannah Arendt advertía sobre la destrucción del sentido común lingüístico como preámbulo totalitario; hoy se materializa en «pronombres», «identidades no binarias» y «microagresiones» que convierten conversación cotidiana en campo minado. La resistencia exige recuperar la precisión semántica nacional frente al terrorismo discursivo global.
Médico, Master en Nutrición Humana y Abogado de la República
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