En la casa hay un gato. No uno cualquiera: uno institucional. Un gato con placa invisible, con discursos sobre higiene y orden, con una narrativa muy clara sobre por qué los ratones son un problema. El gato no odia a los ratones —eso sería vulgar—, lo que le molesta es que se muevan, que husmeen, que señalen migas que “no existen” o grietas que, según el folleto oficial, jamás estuvieron ahí.
El gato insiste en que no persigue ratones. Persigue el desorden. Persigue el ruido. Persigue la mentira. Si algún ratón desaparece en el proceso, es una coincidencia desafortunada o, mejor aún, una lección pedagógica para los demás. Porque aquí nadie está siendo perseguido: aquí se está “restableciendo el orden natural de la casa”.
Durante años, los ratones circularon con relativa libertad. No eran héroes ni rebeldes profesionales: simplemente observaban. Sabían dónde goteaba el techo, cuándo el plato común estaba más vacío de lo habitual, qué grietas crecían mientras el gato dormía. Corrían, sí, pero también avisaban. Y eso, para el gato, era imperdonable.
Con el tiempo, el método se perfeccionó. Ya no hacía falta correr tras todos. Bastaba con elegir algunos. Ratones ejemplares. Ratones que sirvieran de mensaje. A unos los encerró en cajas de vidrio perfectamente legales, con ventilación mínima y explicaciones extensas sobre por qué estaban ahí. “No es castigo”, decía el gato, “es corrección”.
Otros ratones simplemente dejaron de estar. No porque el gato los hubiera expulsado —eso jamás—, sino porque entendieron el mensaje y buscaron otras casas. Casas lejanas, con idiomas raros, climas incómodos y nostalgia permanente. Desde allá, miran esta casa con una mezcla de alivio y culpa. El gato los señala como traidores: “Si se fueron, algo habrán hecho”. Y la casa asiente, porque siempre es más fácil creerle al gato que aceptar que alguien tuvo que huir para seguir respirando.
El problema es que el gato no distingue entre ratones molestos y ratones incómodos. Todos son sospechosos por defecto. El que corre es culpable. El que no corre también, porque algo estará tramando. El que observa demasiado es un provocador. El que toma nota mental de las migas es, claramente, parte de una conspiración quesera internacional.
El gato tiene una habilidad admirable para convertir cualquier acto mínimo en una amenaza existencial. Un ratón que pasa dos veces por el mismo pasillo es “reincidente”. Uno que se reúne con otros detrás del refrigerador está “organizando algo”. Uno que se atreve a chillar cuando ve una grieta nueva es acusado de exagerar, de generar pánico, de dañar la reputación impecable de la casa.
Y lo hace todo con una sonrisa felina, muy civilizada. No hay carreras abiertas, no hay persecuciones visibles. Hay visitas nocturnas, advertencias sutiles, zarpazos quirúrgicos. El gato no quiere escándalos: quiere ejemplo. Que los demás ratones aprendan sin necesidad de que se los expliquen.
Algunos ratones, por supuesto, se adaptan. Aprenden a hablar bajito, a fingir que no ven, a agradecer que todavía estén vivos. Incluso repiten el discurso del gato, como si eso los hiciera invisibles: “Si haces las cosas bien, el gato no se mete contigo”. Lo dicen mirando alrededor, por si acaso.
La ironía es que, sin ratones, la casa empieza a deteriorarse. Nadie avisa de las goteras. Nadie cuenta las migas que faltan. Nadie se atreve a decir que el plato está vacío o que el gato se está comiendo más de lo que necesita. Pero eso no importa, porque la casa luce ordenada. Silenciosa. Perfecta para las fotos.
El gato patrulla orgulloso ese silencio. A veces parece inquieto. Persigue sombras, reflejos, recuerdos de ratones que ya no están. Porque el poder, cuando se queda sin objetivos reales, empieza a inventarlos. Siempre habrá una cola moviéndose demasiado, un ruido sospechoso, una grieta que alguien insiste en señalar.
Y así seguimos, viviendo en una casa donde el problema nunca fue la suciedad, sino quienes se atrevían a decir dónde estaba. Donde el gato no cuida el orden: cuida que nadie lo cuestione. Y donde los ratones han aprendido que sobrevivir no es lo mismo que vivir, pero al menos —por ahora— siguen respirando en silencio, esperando que no sea su turno de correr.
Consultora política y Miss Universo El Salvador 2021