«El verdadero progreso no consiste en dominar la naturaleza, sino en aprender a convivir con ella sin romper su equilibrio».
«El verdadero progreso no consiste en dominar la naturaleza, sino en aprender a convivir con ella sin romper su equilibrio».
Durante muchos años el clima no era tema de conversación tan frecuente como ahora. Era parte de la vida y del orden natural en el que crecimos. El clima tenía carácter: podía ser duro, con fuertes tormentas que inundaban y desbordaban las quebradas, pero hasta ahí llegaban los sustos.
En los Años Cincuenta, las dos estaciones comenzaban y terminaban con una puntualidad casi matemática. El invierno empezaba el primero de mayo y el verano el primero de noviembre. No lo decían los científicos ni los meteorólogos: lo leíamos en el Almanaque Bristol y lo confirmaba la experiencia cotidiana.
No era magia ni superstición; era observación acumulada durante muchas generaciones. El clima respondía a patrones estables y la gente aprendía a vivir dentro de ellos.
Se sembraba cuando tocaba, se trabajaba cuando se podía y se descansaba cuando el cuerpo lo pedía. La naturaleza marcaba el ritmo y el ser humano, con humildad, respetaba su ciclo circadiano.
En mi pueblo, San Vicente, febrero y marzo eran los meses más duros. El calor era intenso, seco y persistente. No eran pocas las personas mayores que fallecían por agotamiento, deshidratación o problemas cardíacos. Cuando febrero y marzo pasaban, los mayores decían con alivio: «Gracias a Dios, ahora hasta el próximo febrero». Era la expresión de haber superado una prueba conocida y esperada. Era dura, pero previsible.
Ese mundo ya no existe. Hoy, en febrero puede hacer calor o mucho frío, como el de esta semana en Santa Tecla y en El Pital, en Chalatenango, donde la temperatura bajó a cero grados.
Febrero y marzo, que antes eran los meses más calientes, hoy pueden ser hasta diez grados más fríos de lo normal. El calendario perdió autoridad. Y cuando el calendario deja de servir, la vida se complica.
En Alemania, donde en los Años Sesenta, a partir de mediados de febrero, ya se empezaba a pensar en la próxima primavera, esta semana recibí unas fotos de mi amigo Klaus Becker mostrándome el patio de su casa con casi un metro de nieve, mientras las temperaturas bajaron repentinamente a diez grados bajo cero.
Para sobrevivir, se consume más gas, se encienden las calefacciones y se emiten más gases de efecto invernadero. Así, para protegernos del clima, alimentamos el problema que lo está desordenando: una paradoja tan lógica como preocupante.
Nos venga bien o no, tenemos que afrontar una verdad incómoda que conviene decir con claridad: ni siquiera en los países del primer mundo se vive mejor frente al cambio climático. La tecnología amortigua el golpe, pero no lo elimina. El frío extremo, el calor excesivo, las lluvias descontroladas y el encarecimiento de la energía no distinguen nacionalidades, y el cambio climático nos afecta a todos.
Durante décadas creímos que el progreso nos había emancipado de la naturaleza. Si hacía calor, aire acondicionado. Si hacía frío, calefacción. Si faltaba agua, se perforaba más profundo. Si el entorno se degradaba, se corregía con tecnología. Parecía que todo tenía solución inmediata.
Nuestro problema actual es que la Tierra no pasa la factura en el momento en que se le hace daño; la acumula y la cobra después, con intereses, gota a gota, con muchos intereses.
El cambio climático es principalmente la pérdida de regularidad, la ruptura del ritmo que permitió a la humanidad organizarse, planificar y transmitir experiencia. El agricultor ya no sabe cuándo sembrar. Los mayores no saben cómo protegerse. El ciudadano no sabe qué esperar del mes que empieza. Y cuando no se sabe qué esperar, aumentan la ansiedad, el gasto, la improvisación y el error.
Antes, incluso el sufrimiento tenía lógica: ya se sabía que en febrero haría mucho calor. Hoy, la incertidumbre nos desgasta más. Y, sin embargo, seguimos reaccionando como si el problema fuera puntual y no estructural. Más abrigos de textiles plásticos para defendernos del clima, más energía para compensar los extremos, más tecnología para corregir desequilibrios que la propia tecnología ayudó a crear.
Enfriamos habitaciones calentando el entorno. Calentamos casas calentando el planeta. Nos protegemos hoy, pero comprometemos el mañana.
No estoy culpabilizando a nadie, pues nadie puede pasar frío ni poner en riesgo su salud. El problema ya no es el uso responsable de la tecnología, sino la creencia de que el confort individual puede desligarse del impacto colectivo.
¿Hacia dónde vamos? No creo que hacia el fin del mundo, como proclaman los catastrofistas, pero sí hacia un mundo más exigente, más caro y menos indulgente con los errores. Un mundo que obliga a recuperar algo que habíamos relegado: el sentido común, la previsión, la moderación y el respeto por los límites. La variabilidad del clima ya no es previsible.
Tal vez este sea el mayor aprendizaje: «El verdadero progreso no consiste en dominar la naturaleza, sino en aprender a convivir con ella sin romper su equilibrio». No se trata de volver al pasado, sino de avanzar con más conciencia, combinando conocimiento moderno con la sabiduría práctica de nuestros padres y abuelos.
Mi padre confiaba en el Almanaque Bristol porque el clima, entonces, era coherente. Hoy, con frecuencia, ni los meteorólogos aciertan. No porque sepan menos, sino porque el sistema climático está alterado. Y cuando incluso la ciencia tiene dificultades para prever, conviene escuchar con atención lo que la Tierra nos está diciendo.
La Tierra no necesita que la salvemos. Se ajustará con o sin nosotros. «La naturaleza es sabia».
La pregunta es si nosotros sabremos ajustarnos a tiempo para seguir viviendo con dignidad. Porque si hay una verdad que ya no podemos ignorar es la cuarta ley de la ecología: «Nada es gratis, todo tiene un costo». Y la Madre Tierra ya empezó a pasarnos las facturas; sin dramatismo, esto solo ha empezado.
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