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El verdadero líder decepciona

El líder humano, por más talentoso o útil que sea, es limitado, falible y transitorio. Si no puede ser cuestionado, ya no es líder: es ídolo. Y cuando un ídolo exige devoción, tarde o temprano pedirá sacrificios: de la verdad, de la justicia, de la compasión, de la conciencia y hasta de las personas

En 1932, Dietrich Bonhoeffer ya era catedrático en la Universidad de Berlín y pastor de una congregación. Desde algún tiempo atrás observaba con gran preocupación el ascenso electoral del partido nazi. Se conservan registros que muestran que, ese año, tanto en sus clases como en sus predicaciones, ya expresaba públicamente sus inquietudes teológicas ante la figura de Hitler. Comparaba los éxitos electorales nazis con la destrucción de Jerusalén y advertía que los cristianos debían discernir las «señales de los tiempos», que presagiaban condiciones capaces de exigir incluso la sangre de los mártires. De ese modo, Bonhoeffer se posicionó como uno de los más tempranos críticos de Hitler.

El 30 de enero de 1933, el presidente Hindenburg nombró a Hitler canciller. Dos días después, Hitler presionó a Hindenburg para disolver el parlamento y convocar elecciones anticipadas, con el fin de capitalizar el momento a favor del partido nazi. Ese día comenzó una campaña electoral marcada por una violencia creciente. Por la tarde, Bonhoeffer fue invitado a un programa de radio educativo para hablar sobre juventud, liderazgo y clima cultural. No pronunció un discurso contra Hitler en sentido directo, pues no usó nombres propios; pero hizo algo más fino y, precisamente por ello, más explosivo: analizó teológicamente el concepto de líder (Führer), tan utilizado por el nazismo para referirse a Hitler y que estaba capturando la imaginación juvenil.

Bonhoeffer inició su disertación diagnosticando un anhelo de Führer en la juventud. El líder se había vuelto un símbolo en el que se concentraban expectativas políticas, ideológicas e incluso religiosas. Para muchos jóvenes, el Führer aparecía como garante de justicia, sentido y éxito. La tesis central de Bonhoeffer era que la autoridad del líder es limitada y debe ejercerse con conciencia de esa restricción: el líder solo puede recibir autoridad cuando sus seguidores son incapaces de asumir madurez y responsabilidad propias.

Luego llegó la advertencia más citada de Bonhoeffer: si el líder intenta convertirse en el ídolo que el pueblo desea, ese «líder» se transforma en un mal líder. Y remató con otra frase provocadora: «El verdadero líder debe siempre estar dispuesto a decepcionar». Es decir, un verdadero líder no alimenta la fantasía mesiánica de la masa; al contrario, pone límites, educa para la responsabilidad y, si es necesario, decepciona las expectativas idolátricas de sus seguidores. También agregó: «El líder debe rechazar radicalmente la tentación de convertirse en ídolo». Quien ejerce un liderazgo genuino, en lugar de concentrar el poder en su persona, despersonaliza la autoridad, conduce a sus seguidores hacia el estado de derecho y los devuelve a su responsabilidad frente a las realidades sociales.

Bonhoeffer aún estaba desarrollando su exposición por radio cuando la transmisión se interrumpió de manera abrupta, antes de que concluyera. Hasta hoy no ha sido posible determinar con certeza si se trató de una censura deliberada o de una falla técnica. Pero el hecho quedó como un símbolo histórico. Con todo, la ponencia se conoce completa porque Bonhoeffer la llevaba escrita, y hoy forma parte del conjunto de documentos de su autoría que se conservan. La advertencia del pastor fue atinada y pertinente, pero el fanatismo hacia el Führer era ya tan intenso que sus seguidores estaban ensordecidos.

La capacidad de escuchar las advertencias se convierte en un examen espiritual. El populismo divide el mundo entre buenos y malos, y ofrece un líder que concentra la esperanza y el futuro. Cuando la fe se mezcla con ese mecanismo, la lealtad a Cristo se sustituye por lealtad a un proyecto, un partido o una figura carismática. Entonces, lo que debería ser crítica profética se vuelve propaganda; lo que debería ser oración se vuelve consigna; lo que debería ser ética del Reino se reduce a excusas para justificar abusos.

El líder humano, por más talentoso o útil que sea, es limitado, falible y transitorio. Si no puede ser cuestionado, ya no es líder: es ídolo. Y cuando un ídolo exige devoción, tarde o temprano pedirá sacrificios: de la verdad, de la justicia, de la compasión, de la conciencia y hasta de las personas. Por eso, para Bonhoeffer, el discipulado cristiano demandaba una lealtad última e innegociable a Cristo, y una vigilancia activa para no entregar el corazón —ni la iglesia— a ningún humano.

Pastor General de la Misión Cristiana Elim.

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