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Buenas vibraciones

Un toque de amabilidad cuando se presenta la ocasión no le quita nada a nadie.

Existen personas que tienen una disposición natural a ser amables. Es muy probable que esto sea una mezcla de la formación que recibieron de niños, del temperamento que heredaron y de la actitud general que tienen ante la vida y los demás. Se les reconoce casi de inmediato, pues su expresión es relajada, la sonrisa les aparece con facilidad y lo que sale de sus bocas y de sus gestos tiene el sello de la cordialidad. Crean en uno una instantánea predisposición a su favor y provocan el deseo de conocerlas mejor.

Desafortunadamente, hay otras que van por el mundo como si los demás les debieran algo. Se comportan como si para ellos el planeta estuviera lleno de gente molesta. Ante el menor estímulo que represente inconveniencia, la cara les cambia y adoptan una actitud de competencia o de combate. Reaccionan con brusquedad o con una absoluta indiferencia y mantienen una expresión como si todo les pareciera fastidioso. Pueden ser amables, pero solo con las personas de su círculo o a quienes les interesa agradar. Los demás simplemente no merecen su cortesía.

Esta conducta no es el resultado de una enfermedad mental o de alguna preocupación momentánea —situaciones que le pueden ocurrir a cualquiera—, sino de una mala actitud, un fenómeno perfectamente consciente y voluntario. «Es que alguna cosa negativa les debe de haber pasado», podría decirse. Pero a todas las personas les ocurren cosas negativas y no son así. Es más, existen muchas que cargan penas muy dolorosas, que atraviesan dificultades terribles o que padecen depresión, y esto solo las vuelve más condescendientes y cordiales.

Algo que me pasó puede ilustrar de lo que hablo. Una misma situación, dos reacciones completamente distintas. Como siempre ando pensando en la inmortalidad del cangrejo, tiendo a ser distraído, especialmente durante las actividades a las que no doy mayor importancia. Resulta que me encontraba en el supermercado y, después de tomar algunas cosas de los estantes, las coloqué, pero no en mi carretilla sino en la carretilla de otra persona. El colmo es que me ocurrió dos veces, pero, como dije, con consecuencias muy distintas.

En la primera ocasión, una señora joven vio con sorpresa cómo colocaba mis cosas en su carretilla. Me miró y de inmediato una sonrisa apareció en su rostro.

«Parece que nos equivocamos de carretilla», me dijo, y al ver que me sentí avergonzado, terminó diciendo: «No se preocupe, a mí me pasa a cada rato».

La otra ocasión fue muy diferente. Fue con un señor mayor. Al ver que ponía mis cosas en su carretilla, me miró furioso, como si yo hubiera golpeado a su hijo más querido. Al notar mi error y sacar mis cosas, puso una cara de fastidio y se alejó con una expresión como si yo fuera la persona más tonta de la tierra.

Estas situaciones se ven en todo tipo de circunstancias donde hay interacción social. Personas que, desde que se levantan por la mañana, reparten su dosis de amargura con quienes se encuentran. Saludan de mala gana, critican todo lo que ven, conducen a la ofensiva. Pero, como esta forma de ser es consciente y voluntaria, puede cambiar. La vida es demasiado corta para vivirla así. La idea no es tampoco que uno se ande riendo con todos los desconocidos que le salen al paso, pero un toque de amabilidad cuando se presenta la ocasión no le quita nada a nadie.

Médico Psiquiatra.

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