Salarrué no alaba «la Revolución rusa», no ataca al poder, no invoca consignas. Pero hizo algo más inquietante: afirma amistad y admiración en un contexto donde la memoria de Martí debía operar como advertencia
Salarrué no alaba «la Revolución rusa», no ataca al poder, no invoca consignas. Pero hizo algo más inquietante: afirma amistad y admiración en un contexto donde la memoria de Martí debía operar como advertencia

Texto de Miguel Huezo Mixco
El 2 de febrero de 1933, en la revista «Vivir» del diario «Patria», el escritor Salvador Salazar Arrué, conocido como Salarrué, publicó un texto de homenaje a Agustín Farabundo Martí titulado «El sembrador desconocido». En esa fecha se cumplían un año del fusilamiento de Martí y de los alzamientos populares de enero de 1932. En ese clima, hablar de Martí —y más aún, hablar bien de Martí— era caminar por el borde.
Salarrué no escribió un panfleto, tampoco ensayó una defensa partidaria ni se alineó con una doctrina política. Hizo algo más fino y, por eso mismo, más explosivo: reconoce. Reconoce que Martí fue su amigo; reconoce su entereza; y reconoce una calidad moral. En plena coyuntura anticomunista, ese gesto equivale a abrir una grieta en el sentido que el discurso oficial. Porque si el régimen militar necesitaba que «Martí» operara como estigma o como advertencia, la amistad y la admiración lo devolvían —aunque sea por un instante— al terreno de lo humano.
El texto, de poco más de doscientas palabras, cierra con una imagen que une justicia y cautela: «Brote un día el retoño como el de los rosales, cuyas rosas hacen perdonar las espinas aguzadas que nos hieren las manos; y que sus rosas de rebeldía contra el mal y de sacrificio por la humanidad, aromen nuestra casa sin herirnos los dedos».
Decir lo indecible
Para entender por qué un escritor asociado a lo espiritual se mete en un tema tan inflamable, hay que mirar el ecosistema editorial donde el texto se produjo. «Vivir» comenzó a publicarse en 1931 como una revista interior del diario «Patria», dirigido en ese momento por el poeta Alberto Guerra Trigueros.

Aunque tuvo una orientación vitalista y esotérica, «Vivir» no se mantuvo al margen de la coyuntura social salvadoreña. La «guerra del espíritu» y el «pacifismo militante» que Salarrué defendía, no deben entenderse como evasión, sino como una forma de intervención: mirar la política desde parámetros éticos y espirituales.
Ese punto desplaza dos lecturas habituales y reductoras que han venido repitiéndose por parte de la crítica: la de un Salarrué artista «fuera» de la política, y la de un Salarrué como operador dócil de la cultura oficial.
La censura como horizonte de escritura
En 1933 las cosas no eran fáciles para la prensa independiente. El 29 de marzo, la Asamblea Nacional —dominada por representantes afines al general Maximiliano Hernández Martínez— reformó la Ley de Imprenta, marcando un punto de inflexión en la radicalización de la censura.
Cuando se aprobó la reforma, el propio director de «Patria», Alberto Guerra Trigueros, acababa de salir de prisión tras un proceso por calumnia e injuria, relacionado con una denuncia publicada sobre arbitrariedades que se cometían en la Penitenciaria Central.

La publicación de «El sembrador desconocido» en las páginas de «Vivir» —revista vitalista y esotérica— salió a la calle porque el editor decidió no enviarlo a la oficina de censura, donde seguramente iba a ser vetado. Otro gesto audaz se produjo el 11 de febrero, cuando «Cypactly»—publicación independiente de orientación teosófica— llevó a portada un fragmento de «El sembrador desconocido» acompañado de una fotografía de Farabundo Martí que tampoco hizo pasar por la censura.
La confabulación de estas dos revistas, a sabiendas que terminarían siendo multadas o suspendidas temporalmente, muestra que aquel gesto fue parte de una disputa por el sentido de palabras peligrosas —justicia, rebeldía, humanidad— en un momento dominado por la represión.
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Salarrué no alaba «la Revolución rusa», no ataca al poder, no invoca consignas. Pero hizo algo más inquietante: afirma amistad y admiración en un contexto donde la memoria de Martí debía operar como advertencia.
El elogio no se apoya en la ideología del homenajeado, sino en su disposición ética. Allí está el movimiento crucial: extraer a Martí del circuito automático de condena y reubicarlo en un registro moral. Esa reubicación es política: en un régimen que necesitaba enemigos unívocos, devolver complejidad es una forma de resistencia.

Por eso el texto funciona como «respuesta cifrada»: no porque oculte el nombre (lo dice), sino porque evita el marco conceptual que habría activado el reflejo punitivo inmediato.
Mover el sentido
La imagen del sembrador ofrece un marco para la operación simbólica que Salarrué —adversario de las proclamas y prácticas violentas del movimiento comunista— construye alrededor de Martí. El núcleo de su propuesta consiste en traducir el sacrificio revolucionario a un lenguaje vitalista y cristiano. Martí se vuelve un sembrador cuyas «rosas» podrían perfumar la casa común: la sociedad entendida como espacio compartido.
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Esa traducción no elimina la dimensión política del personaje: la reubica y convierte su militancia en un relato de redención colectiva, donde el valor duradero no está en la «bandera», sino en el acto de entrega. Salarrué no está borrando el conflicto; está cambiando el punto desde el cual se lo mira.
Y por eso las espinas importan: son el recordatorio de la violencia. La metáfora «rosas/espinas» no es un adorno; es una advertencia. La justicia puede florecer, pero hiere. La memoria puede perfumar la casa común, pero puede también convertir la herida en destino. En esa tensión se juega el nervio del texto: reconocer sin convertir el reconocimiento en coartada para nuevas violencias.

A inicios de los años treinta, el periódico —sin ser comunista— abrió espacio a notas editoriales que refutaban la idea de que las peticiones de trabajadores urbanos y rurales eran resultado de la «infiltración roja». En otras palabras: el diario no se alineó con un anticomunismo que servía para rechazar el legítimo malestar social, y en esa fisura se alojó una forma de escribir el conflicto sin reducirlo.
Esa diferencia convierte a «Patria» en un órgano singular. Y esa singularidad permite entender por qué un texto como «El sembrador desconocido» pudo existir allí, a pesar de los riesgos.
1975: la entrevista y el cuidado del símbolo
Cuatro décadas después, el nombre de Martí reapareció en el centro de la disputa política. Una de las primeras organizaciones armadas, autodefinida como comunista, enarboló su nombre y su rostro como bandera para legitimar una lucha político-militar. En ese nuevo escenario, la admiración de Salarrué por Martí podía prestarse a una lectura equívoca: que su reconocimiento funcionara como autorización retrospectiva para la violencia contemporánea.
Poco antes de su fallecimiento, en una entrevista concedida en octubre de 1975, Salarrué fue preguntado por su relación con Martí. Respondió con una escena mínima: «lo veía constantemente… llegaba a la redacción». Y, al describirlo, insistió: «no había fanatismo en él». Ese subrayado no es casual. Introduce un correctivo interpretativo: rescata la dimensión moral del personaje sin convertirla en aval para la violencia.

De nuevo, la operación es la misma que en 1933: conceder lo biográfico sin producir un relato que lo convierta en garante de lecturas unívocas. Salarrué no renuncia a Martí, pero se niega a que su figura quede absorbida por un uso histórico que reduzca su nombre a consigna.
Lo que queda cuando se apaga el ruido
Si uno sigue el hilo —»Patria» en 1930, la nota de 1933, la reproducción en «Cypactly», la entrevista de 1975—, «El sembrador desconocido» deja de ser una rareza y se vuelve un punto de apoyo para pensar la memoria como campo de disputa. Salarrué no escribe desde la neutralidad: escribe desde una ética que intenta sostener la dignidad humana cuando el discurso dominante empuja hacia el borramiento.
Y allí la metáfora de la casa común importa. La sociedad —esa casa compartida— puede perfumarse con el recuerdo de quienes se sacrificaron por la justicia, pero ese perfume no debería venir acompañado de nuevas espinas. En su mejor lectura, Salarrué no está eludiendo el conflicto: está proponiendo una pregunta incómoda sobre el destino del dolor. ¿Qué hacemos con él? ¿Lo trabajamos como memoria que germina?
Quizá esa sea la vigencia del texto. No porque ofrezca una solución, sino porque se resiste a las soluciones que clausuran. En 1933, su cifrado buscó preservar una memoria asediada por el anticomunismo. En 1975, su sobriedad parece resistir otra apropiación: la reducción del símbolo a bandera de guerra. Entre una época y otra, Salarrué insiste en lo mismo: que el «retoño» de la justicia no se mida por el volumen del grito, sino por su capacidad de hacer habitable la casa común.
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