Cargando la fe en brazos: Panchimalco y la Virgen de Candelaria
Cada 2 de febrero, en El Salvador, se celebra a la Virgen de Candelaria, advocación mariana asociada a la luz, a las candelas, a la presentación del niño Jesús en el templo (…) En Panchimalco, la celebración tiene sus propios misterios, tiempos y reglas no escritas
Virgen de la Candelaria saliendo de la iglesia de Panchimalco, en el municipio de San Salvador Sur. Foto Leonel Pérez / cortesía
Salimos temprano de San Salvador para llegar a tiempo a Panchimalco. El camino es una sucesión de curvas que descienden entre montañas, como si la naturaleza hubiera rasgado el velo de la tierra para abrir un pliegue donde el tiempo funciona distinto.
Bajamos por la carretera que avisora el pueblo que está entre la Puerta del Diablo y el cerro de las Dos Chiches, y poco a poco el paisaje urbano se diluye. El ruido de la ciudad se apaga y aparece Panchimalco —Pancho para quienes lo habitan—, un pueblo erigido entre cerros, devoción y memoria.
Llegamos temprano. El frío se cuela entre la ropa: la temperatura de un frente frío que ha entrado al país se siente con claridad en estas alturas. Pero el clima no enfría la fiesta. Desde temprano hay cuetes, música, gente caminando de un lado a otro. Panchimalco palpita.
Luis Ponce es nuestro anfitrión y guía; conoce los ritmos internos de la celebración y nos toma de la mano para introducirnos en una fiesta que se vive desde adentro, paso a paso, calle a calle, gente a gente.
Carmen Vásquez, mayordoma de las fiestas de la Virgen de Candelaria. Foto Leonel Pérez / cortesía
Cada 2 de febrero, en El Salvador, se celebra a la Virgen de Candelaria, advocación mariana asociada a la luz, a las candelas, a la presentación del niño Jesús en el templo. Es una fecha que muchos reconocen por la tradición de los tamales, una costumbre que desborda lo religioso y convoca tanto a creyentes como a quienes simplemente participan del gesto compartido.
En Panchimalco, la celebración tiene sus propios misterios, tiempos y reglas no escritas. Aquí la fe es fuerza, trabajo, organización y herencia viva.
Ponce nos explica la estructura de las fiestas en Pancho. Cada año, una familia asume la responsabilidad de una imagen —sea santo, virgen o Cristo—. Se encarga de todo: música, comida, bebida, rezos, pólvora. No es una tarea menor ni barata. Cada imagen tiene un fondo económico que se entrega a quien la cuida: el o la mayordoma, o en algunos casos el capitán o capitana.
Las cofradías cumplen un papel central en esta estructura: son agrupaciones de devotos que resguardan la imagen durante el año, la mantienen en su cofre y organizan su salida ritual. El fondo se pone a “cultivar”, se mueve, se trabaja durante doce meses.
Las mujeres lucen sus mejores galas para escoltar a la Virgen de Candelaria. Foto Leonel Pérez / cortesía
La meta es devolverlo completo y, si se puede, incrementado. Pero el verdadero motor no es el dinero. Es la fe, sí, pero también algo más hondo. El motor es la comunidad como forma de resistencia frente al individualismo.
Aquí nadie celebra solo. La familia que recibe la imagen es el centro, pero alrededor se activa una red amplia: vecinos, parientes, amigos, otros devotos.
“Yo hago la comida”, “nosotros matamos el cuche”, “tal familia pone el toro”, “aquella se encarga de las flores”. Las manos se superponen unas sobre otras para sostener a la virgen, para sostener la fiesta, para sostenerse entre sí. No hay cálculo exacto, pero sí una certeza compartida y es que lo que se da vuelve, siempre multiplicado.
Las fiestas tienen tiempos largos. Los rezos pueden durar un año entero. Sin embargo, el día central se organiza con una precisión ritual: a las cuatro de la mañana la “despierta” estalla en cuetes que anuncian que algo está pasando, que el pueblo ha entrado en fiesta.
Reliquia de la Virgen de Candelaria. Foto Leonel Pérez / cortesía
A las primeras horas de la mañana, la procesión va de la casa del mayordomo o mayordoma a la iglesia y de regreso. Luego vienen los rezos, el almuerzo, el café, el pan dulce. La música anima a la imagen que ha sido sacada de su cofre —de ahí la raíz de la palabra cofradía—. Por la tarde, la virgen sale en carroza; hay danzas y teatros litúrgicos que conservan ecos medievales y relatos cristianos.
En la noche, la pólvora y los toros cierran el ciclo. Al final, la imagen se entrega a la siguiente familia, y el tiempo vuelve a comenzar.
Así llegamos a la casa de la familia Vásquez. Carmen nos recibe. Es la mayordoma de la Virgen de Candelaria. Su casa, como muchas en Panchimalco, parece colgada del cerro, desafiando la gravedad. Desde afuera se escucha una banda de pueblo, música filarmónica que marca el pulso de la celebración.
La escalera de entrada tiene algo de gruta: subirla es una forma de tránsito. La escalera se bifurca; arriba aparecen los rostros de Pancho, sentados donde hay espacio, alrededor de la cocina, en la entrada, en las gradas.
Detalle de la imagen de la Virgen de Candelaria que se venera en Panchimalco. Foto Leonel Pérez / cortesía
Adentro está la Virgen, entronizada en la sala. El altar ha sido construido con cuidado y esmero por Carmen, su hija e hijo. Flores, telas, velas. Me llama la atención que alrededor de la imagen hay hombres y mujeres mayores. El café y el pan dulce circulan sin pausa. Afuera, en la calle, se prepara la carroza que llevará a la Virgen por la tarde.
Aprovecho una pausa de la música y le pregunto a Carmen por qué celebra a la Virgen de Candelaria, qué significa tenerla en su casa. “Para mí es un orgullo”, dice sin dudar. “Yo la tengo por promesa. Ella me hizo un milagro muy grande. Su significado está en su candela”.
Me cuenta que desde hace cinco años es devota y que durante todo el año se ha preparado para este día. Sus ojos se encienden al hablar, en su mirada parecen concentrarse todas las llamas de la vela, todas las candelas de la fe. La música vuelve a sonar y Carmen regresa al ajetreo, a supervisar la comida, encender el incienso, acomodar flores, recibir gente.
Llega el momento de alistar a la Virgen. “¡La Diana!”, grita Carmen, animando a los músicos. La imagen es alzada en brazos, baja por las escaleras y afuera la espera el anda. Ocho mujeres la cargan. En Panchimalco, si la imagen es femenina, son mujeres quienes la llevan; si es masculina, la cargan hombres.
Una estampa de la procesión de la Candelaria, escoltada por un grupo de Panchas. Foto Leonel Pérez / cortesía
En el lugar que ocupaba la Virgen queda la reliquia: una medalla de madera tallada con su imagen. Es a esa reliquia a la que la gente reza mientras la Virgen recorre el pueblo.
Las mujeres que cargan la imagen visten trajes tradicionales. Los paños que cubren sus cabezas indican etapas de la vida. La Virgen, rodeada de rosas, avanza mientras estallan los cuetes y la música dibuja un lenguaje propio.
Las melodías vienen de múltiples tiempos y territorios: cantos católicos recientes, piezas del siglo XIX heredadas de Guatemala, ecos de la Revolución mexicana. Los cuetes anuncian, convocan, hacen que los curiosos asomen por ventanas empinadas que parecen tocar el cielo.
Con la anda lista, las mujeres vestidas con sus tradicionales trajes de Panchas inician la caminata. Foto Leonel Pérez / cortesía
La procesión llega a la iglesia de la Santa Cruz de Roma, iglesia principal de Panchimalco. La fachada blanca sirve de fondo a la imagen y a las Panchas. Entramos en acto solemne. La Virgen se rodea de otros tesoros ancestrales y luego regresa a la casa de Carmen. La fiesta continúa. Siguen llegando ofrendas: flores, comida, pólvora. Nada sobra. Todo suma.
Al caer la tarde, pienso que en los ojos de Carmen no solo está el milagro que ella nombra, sino algo más amplio: la verdad de que la fe es un tejido de gestos concretos. Panchimalco nos recuerda que la comunidad no es una palabra vacía, sino un ejercicio cotidiano: muchas manos sosteniendo una imagen, una promesa, un modo de estar juntos.
Nosotros regresamos, no nos quedamos en toda la fiesta pero allá, en Panchimalco se queda la casa de Carmen y la certeza de que en la candela encendida de la Virgen de Candelaria arde algo más que devoción religiosa. Arde la convicción de que lo que se da —cuando se da en común— vuelve, iluminando el camino de todos.