Detrás de la gran operación del 3 de enero que defenestró a Maduro, está claro que los intereses geopolíticos van más allá
Detrás de la gran operación del 3 de enero que defenestró a Maduro, está claro que los intereses geopolíticos van más allá
Estados Unidos es el mayor productor de petróleo en todo el mundo. Le siguen Arabia Saudita, Rusia, Canadá y China. Pero hoy día, después de los últimos acontecimientos, además tiene el control de la producción del país con las mayores reservas petroleras dentro de sus fronteras: Venezuela.
Con esos datos, además de posicionarse como el más rico, en cuanto a disponibilidad de petróleo se refiere, el gobierno de los Estados Unidos se convierte en la entidad con mayor poder no solo para controlar los precios del oro negro en los mercados mundiales, sino también para decidir a quién y a quién no le venderá petróleo Venezuela. Una posición privilegiada para mover los hilos de la geopolítica mundial.
Una situación, además, que no depende del presidente de turno, pues la situación descrita, tiene visos de perpetuarse en el tiempo, independientemente de quien sea, o de la forma de pensar (demócrata o republicana), del inquilino de la Casa Blanca.
Ahora ya sabemos quién es el dueño del balón en el partido en el que se juega la hegemonía energética, al menos la de combustibles fósiles, en la cancha de la geopolítica mundial.
Los datos son elocuentes. Sin Venezuela, Estados Unidos produce unos veintidós millones de barriles diariamente, que equivalen aproximadamente al veintidós por ciento de la producción mundial. Susreservas se calculan entre el cuatro o el cinco por ciento de todo el petróleo del planeta. Pero con Venezuela… si bien la producción tardará lo suyo para recuperarse, debido al modo como el chavismo destruyó la capacidad de producción petrolera, si Estados Unidos termina por controlar todas las reservas del país del Orinoco, se habrá hecho con el veinticinco por ciento del petróleo disponible en todo el planeta. Ahí queda eso.
Quizá para entender la dimensión el poder del que ahora dispone, con solo de que se ponga a ello, Estados Unidos podría ofrecer un petróleo tan barato en el mercado mundial que podría bloquear, simple y sencillamente controlando los precios, el petróleo que Rusia u otros productores venden a sus compradores.
Pero la cosa no para allí. Si llega a caer en Irán el régimen de los Ayatola y alguien llegara a «deberle» a los Estados Unidos algún favor o ayuda para derrocar ese gobierno… el poder que acumularía el ya ahora país más poderoso del mundo, vía el control de los precios e indirectamente del control de la producción del petróleo, sería apabullante.
A fin de cuentas, también aquí el que ríe por último (si es que hemos llegado al final de este culebrón) ríe mejor. ¡Qué caro le salió a Hugo Chávez la expropiación petrolera que hizo en Venezuela, en perjuicio de las compañías petroleras norteamericanas que explotaban el oro negro! De hecho, Trump no se ha mordido la lengua, y desde diciembre del año pasado aceptaba sin despeinarse que, además del asunto del narcotráfico, deponer a Maduro, era una especie de reivindicación o recuperación de los activos petroleros norteamericanos en Venezuela, arrebatados por la fiebre nacionalizadora chavista.
Es cierto que el aparato productor venezolano, después del chavismo, se encuentra en un estado casi catatónico (de hecho, Venezuela pasó de producir tres millones de barriles diarios en el año 2011 a un poco más de setecientos mil en el año 2025). Como también es verdad que la capacidad técnica-empresarial de los norteamericanos está ya entrando a fondo en la recuperación del aparato petrolero venezolano, y pocos dudan de que en el mediano plazo se recuperará o se superarán las cifras de producción de hace unos años.
Como sea, detrás de la gran operación del 3 de enero que defenestró a Maduro, está claro que los intereses geopolíticos van más allá, bastante más allá, de quitar una amenaza a la seguridad nacional de los Estados Unidos en lo que a tráfico de drogas se refiere.
Ingeniero/@carlosmayorare
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