El riesgo de discursos como el de Davos es que normalizan una idea peligrosa: que la persona migrante “invade”, “debilita” o “no aporta”. Esa retórica alimenta miedos y legitima políticas que recortan derechos.
El riesgo de discursos como el de Davos es que normalizan una idea peligrosa: que la persona migrante “invade”, “debilita” o “no aporta”. Esa retórica alimenta miedos y legitima políticas que recortan derechos.
A un año de haber regresado a la Casa Blanca, el presidente Donald Trump aprovechó el escenario del Foro Económico Mundial en Davos (21 de enero de 2026) para proyectar un mensaje que mezcla economía, geopolítica e identidad. En su balance de gestión, presentó a Estados Unidos como un país “en auge” y, de paso, volvió a colocar la migración —no como fenómeno humano y estructural— sino como advertencia y amenaza para Occidente.
En el tramo más revelador de su intervención, Trump sostuvo que Europa “no va en la dirección correcta” y conectó esa afirmación con la presión migratoria sobre el continente. Su advertencia se centró en la idea de una “unchecked mass migration” (migración masiva sin control), asociándola a inseguridad, fracturas sociales y pérdida de identidad. Con ese encuadre, el debate deja de ser sobre políticas públicas y derechos, y se convierte en una narrativa de “defensa” ante un supuesto enemigo externo.
El problema no es solo el diagnóstico, sino lo que sugiere políticamente. Cuando un líder mundial repite que un continente es “irreconocible” por la llegada de personas migrantes, abre la puerta a respuestas de cierre: más muros, más expulsiones, menos asilo, menos integración. Y aunque en Davos no presentó un plan migratorio detallado, su discurso empuja a los gobiernos a endurecer fronteras como símbolo de orden, incluso cuando esa estrategia no reduce las causas reales de la movilidad irregular: violencia, persecución, desigualdad, crisis climática y la falta de vías legales y accesibles.
Conviene aterrizar el debate con datos. Según ACNUR, al cierre de junio de 2025 había 117.3 millones de personas forzadamente desplazadas en el mundo: refugiadas, solicitantes de asilo y desplazadas internas. Es gente que huye para sobrevivir; no es un flujo diseñado para “amenazar” economías ni identidades. Y la migración internacional, además, es un universo heterogéneo: el Portal de Datos de Migración, basado en estimaciones de Naciones Unidas, sitúa el stock de migrantes internacionales en 2024 en torno a 304 millones de personas.
Europa, por su parte, vive un debate real que requiere gestión seria, no estigmas. Eurostat reporta 165,350 solicitudes de asilo por primera vez en la Unión Europea en el tercer trimestre de 2025; y en octubre de 2025, las solicitudes se concentraron en países como España, Italia, Francia y Alemania. Estas cifras exigen capacidad institucional, cooperación entre Estados y políticas de integración, pero no justifican convertir al migrante en “culpable” cultural ni presentarlo como amenaza por definición.
El riesgo de discursos como el de Davos es que normalizan una idea peligrosa: que la persona migrante “invade”, “debilita” o “no aporta”. Esa retórica alimenta miedos y legitima políticas que recortan derechos. La evidencia muestra que, cuando la movilidad se gestiona con legalidad y protección, la migración sostiene sectores productivos, rejuvenece mercados laborales y fortalece comunidades. La alternativa responsable no es la propaganda del temor, sino una agenda integral: vías regulares de movilidad laboral, protección humanitaria, integración efectiva y cooperación internacional para atacar causas y redes criminales sin criminalizar a las víctimas.
Davos no es solo una vitrina económica; es un termómetro del poder global. Que un presidente elija hablar de “identidad” frente a la migración como si fueran fuerzas en guerra dice mucho del mundo que pretende impulsar: uno donde la frontera sustituye a la política pública, y el miedo reemplaza a la evidencia.
Director AAMES
Asociación Agenda Migrante El Salvador
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