La Iglesia puede colaborar con el Estado en todo lo que promueva justicia y paz, pero no debe prestarle su altar.
La Iglesia puede colaborar con el Estado en todo lo que promueva justicia y paz, pero no debe prestarle su altar.
Después de la publicación de la «Declaración de Barmen», Karl Barth quedó bajo creciente presión y vigilancia, que incluyó un proceso ante un tribunal nazi, sanciones y la prohibición de publicar. En 1934, el régimen comenzó a presionar a los maestros universitarios para que iniciaran sus clases con el saludo nazi. Barth se negó a hacerlo, afirmando que «sería de mal gusto empezar un comentario del Sermón del Monte con un “Heil Hitler”».
Poco después, en 1935, Hitler ordenó que todo catedrático debía hacer el juramento al Führer como condición para poder enseñar. Ese juramento cambiaba el objeto de lealtad: ya no se juraba fidelidad a la Constitución, sino a Hitler. La persona prometía ser fiel y obediente al Führer. Ese juramento de lealtad personal total se realizaba con un tono solemne y casi sagrado. Barth, junto a otros cristianos, vio en ello un choque con el primer mandamiento de no tener otros dioses aparte del Señor. En ese contexto, se negó a jurar sin reservas, siendo uno de los poquísimos profesores que no lo hicieron. A veces, la fe se escribe con la firma que uno se niega a poner.
Barth sabía, por lógica teológica, que un juramento sin reservas a un hombre rozaba la idolatría. Cuando un régimen se basa en un gobernante que se presenta como símbolo sagrado, fuente de sentido y horizonte moral, ya no se está ante política normal, sino ante una liturgia del poder. La negativa de Barth a hacer el juramento al Führer le costó su cátedra: ya no pudo enseñar más y fue expulsado de Alemania. En otras palabras, su «no» tuvo un precio.
De regreso en Suiza, continuó apoyando a la Iglesia Confesante y acogiendo en su casa a perseguidos y judíos que buscaban refugio. En 1938, una parte importante de los pastores de la Iglesia Confesante aceptó, bajo presión, hacer el juramento al Führer. Barth reaccionó con una carta abierta que circuló en Alemania, en la que acusaba a esos pastores de traicionar la fe y violar el primer mandamiento. A partir de ese año, se prohibió en Alemania la publicación de todos los libros y enseñanzas de Barth. Al año siguiente, estalló la Segunda Guerra Mundial.
Durante el conflicto, Barth pronunció su disertación «Los alemanes y nosotros». En ella anticipaba la caída del nazismo y la devastación de Alemania, comparándola con la destrucción de Cártago o de Jerusalén. Dijo: «cuando pase el espectro de la esvástica, también se acabará el águila alemana», con lo que quería decir que no solo caería el nazismo; también caería la imagen nacional-imperial. Barth leía las derrotas alemanas como un desenlace moral y un llamado a la verdad. Condenaba el nazismo, pero no estaba de acuerdo con el odio vengador; más bien, animaba a la responsabilidad y a la reconstrucción.
Cuando la derrota de Alemania ya era inminente, Barth comenzó a plantear la necesidad de rehabilitar a quienes habían sido fanáticos de Hitler. Hablaba de una culpa colectiva que debía ser reconocida para hacer posible un nuevo comienzo. Poco antes del suicidio de Hitler, Barth publicó en un periódico su trabajo «¿Cómo pueden los alemanes ser curados?», donde describía a los alemanes como gravemente enfermos en un sentido político, moral y espiritual. Su trabajo proponía la rehabilitación ética y civil de los fanáticos, en lugar del ajuste de cuentas.
Terminada la guerra, en 1945, se dedicó a apoyar las iniciativas de ayuda y reconstrucción; se opuso a la remilitarización y, posteriormente, a la carrera nuclear. De la misma manera que había rechazado «creer» a Hitler, rechazaba «creer» en la disuasión nuclear. Para él, el tema no había cambiado: solo el ídolo.
De manera paralela, continuó con su intenso trabajo teológico hasta 1962, cuando se jubiló. Unos años después, ya agonizando, dijo a uno de sus amigos sus últimas palabras: «Las cosas… se gobiernan… desde arriba». La última palabra no la tiene ninguna fuerza, sino Dios. Barth murió en diciembre de 1968.
El testimonio de Karl Barth es hoy un recordatorio de que el evangelio tiene fronteras claras. La Iglesia puede colaborar con el Estado en todo lo que promueva justicia y paz, pero no debe prestarle su altar. Puede orar por las autoridades, pero no debe bendecir la mentira. Puede agradecer los bienes comunes, pero no debe callar los abusos.
Pastor General de la Misión Cristiana Elim.
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