Votamos, además, por el que “habla bonito”. El que usa palabras grandes, frases inspiradoras y conceptos abstractos
Votamos, además, por el que “habla bonito”. El que usa palabras grandes, frases inspiradoras y conceptos abstractos
Votar debería ser un acto de conciencia. Pero seamos honestos: para muchos adultos es más bien un acto reflejo. Como cuando uno desbloquea el celular sin pensarlo o dice “gracias, igualmente” cuando el mesero te desea buen provecho. Votamos así: por inercia, por costumbre y, en algunos casos, por puro aburrimiento cívico.
Como adultos, jamás nos sentamos frente a la famosa escala de autodeterminación política para preguntarnos con honestidad dónde estamos parados. No analizamos si somos más conservadores o progresistas, si creemos en un Estado fuerte o mínimo, si priorizamos derechos individuales o colectivos. No hacemos ese ejercicio incómodo de pensar. Porque eso implicaría introspección y la introspección nos obliga a aceptar que tal vez no somos tan coherentes como creemos.
En lugar de eso, votamos por tradición. Porque “en mi casa siempre se ha votado así”. Como si el voto fuera una herencia: la abuela votaba por ese partido, la mamá también, y uno no va a ser el raro que rompa la cadena, aunque esa cadena venga arrastrando promesas incumplidas desde hace tres generaciones. Uno sigue la línea familiar como quien hereda una vajilla antigua que no le gusta pero igual exhibe en la sala.
También votamos por razones estéticas. Porque el candidato “se ve bien”. Porque sale bien peinado, bien iluminado y con una sonrisa que transmite algo entre confianza y vendedor de seguros. Votamos por el que sonríe con seguridad, aunque no sepamos exactamente de qué se ríe. El que usa camisa blanca arremangada para parecer cercano, aunque nunca haya tomado un bus. El que se toma fotos con niños, perros y adultos mayores, porque todos sabemos que, si te gustan los perros, automáticamente sabes gobernar un país.
Luego está el voto musical. El voto jingle. Ese fenómeno fascinante donde una canción pegajosa sustituye cualquier plan de gobierno. No entendemos su propuesta fiscal, pero podemos tararear la canción mientras hacemos fila en el supermercado. Y eso crea una cercanía inexplicable. Si la canción es alegre, asumimos que el país lo será también. Tres minutos de melodía bastan para convencernos de que alguien puede manejar un Estado.
Votamos, además, por el que “habla bonito”. El que usa palabras grandes, frases inspiradoras y conceptos abstractos que suenan profundos, pero no significan nada concreto. “Transformación”, “renovación”, “cambio verdadero”. No sabemos qué van a transformar, renovar o cambiar, pero lo dicen con tanta seguridad que nos tranquiliza. El contenido es opcional; el tono lo es todo.
Lo interesante es que para cosas mucho menos importantes somos increíblemente rigurosos. Para comprar un celular vemos comparativas, reseñas, videos, opiniones de desconocidos y pruebas de resistencia. Para elegir un restaurante revisamos estrellas, fotos de platos y comentarios indignados de clientes decepcionados. Pero para elegir a quienes tomarán decisiones que afectan nuestra educación, economía y derechos, basta con un “siempre hemos votado así”.
Nunca nos detenemos a preguntarnos si lo que defendemos hoy tiene sentido con la vida que llevamos. Si el partido que apoyamos realmente representa nuestras ideas. Si el candidato que justificamos una y otra vez ha hecho algo para merecer esa defensa. Preferimos la comodidad de la lealtad automática antes que la incomodidad del análisis.
Así votamos: en automático. Como si el voto fuera una obligación social, no un acto político. Luego, cuando las cosas salen mal, nos sorprendemos. Nos indignamos. Decimos “no era lo que prometieron”, como si no supiéramos que las promesas políticas vienen sin garantía y con letra pequeña invisible.
Lo más curioso es que seguimos repitiendo el proceso esperando resultados distintos. Elegimos igual, justificamos igual y nos quejamos igual. Y cada elección decimos “esta vez sí”, con la convicción de quien vuelve con su ex convencido de que ahora todo será diferente.
Tal vez el problema no es por quién votamos, sino cómo votamos. O mejor dicho, cómo no pensamos antes de votar. Porque votar sin cuestionarse no es ejercer un derecho; es cumplir un trámite.
Quizá algún día, como adultos responsables, nos sentemos frente a esa escala de autodeterminación política y aceptemos que no saber quiénes somos ideológicamente también es una decisión. Hasta entonces, seguiremos votando por el apellido conocido, la foto bonita y la canción pegajosa, preguntándonos después —con absoluta sorpresa— cómo llegamos hasta aquí.
Miss Universo El Salvador y consultora política
La realidad en tus manos
Fundado en 1936 por Napoleón Viera Altamirano y Mercedes Madriz de Altamirano.
Facebook-f Instagram X-twitter11 Calle Oriente y Avenida Cuscatancingo No 271 San Salvador, El Salvador Tel.: (503) 2231-7777 Fax: (503) 2231-7869 (1 Cuadra al Norte de Alcaldía de San Salvador)
2025 – Todos los derechos reservados