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1932: casi un siglo después

La evidencia histórica apunta a que se magnificó el componente comunista del levantamiento. Pero se tiende a pensar que esa magnificación fue posterior, en parte construida para justificar la represión. No es así, interesadamente o no, lo cierto es que el tema del comunismo circulaba profusamente antes del levantamiento, pero se acrecentó en enero del 32.

«Los Obreros Agricolas están a la espectativa esperando ordenes del CC del Partido Comunista de esta Sección; para ir a la Insurreccion Agraria y luego a la toma del Poder; se comprende que estos Camaradas se forman la ilucion de que solo con sus Machetes, son suficientes para sostener un Mobimientos de esta Clase pensando ciempre en los AZALTOS a los Cuarteles». Este es un extracto textual de un informe del Partido Comunista de El Salvador del 8 de octubre de 1931 suscrito por el secretario del partido. Tres meses antes de que estallara el levantamiento de enero de 1932, la dirigencia del PCS mostraba varios rasgos clave para entender la tragedia del 32: un voluntarismo exaltado de las masas y cierta prudencia, cuando no escepticismo de la dirigencia comunista.

Hacia 1995, Héctor Pérez Brignoli publicó un análisis sobre los hechos de 1932 que es ejemplo de lo que un historiador con experiencia y buen olfato puede hacer. El texto de Brignoli es básicamente lo que en el oficio llamamos un estado del arte; es decir, una especie de balance de los estudios publicados sobre un tema, a fin de establecer lo que hasta ese momento se sabe al respecto. Brignoli concluyó que 1932 mostraba dos lógicas de acción política. Por un lado, parecía ser la última gran movilización indígena, al estilo de los motines de indios que estudió Severo Martínez y que abundaron en el siglo XIX; por otro, mostraba elementos de modernidad: revolución, sentido de clase y antiimperialismo. Hay dos movilizaciones simultáneas, relacionadas pero diferentes: una urbana, moderna y con claro sentido clasista, liderada por el PCS y que fue descabezada por el gobierno antes de que estallara; y otra rural, indígena, premoderna y marcada por el conflicto étnico, que fue la que provocó el pánico entre las clases altas y sectores medios.

El texto de Brignoli sugería que algo no cuadraba con las interpretaciones, de la izquierda y la derecha que daban al PCS un papel preponderante en el levantamiento y que había sido convenientemente asumidas por la izquierda y la derecha del país. La primera para reivindicar una tradición de lucha popular; la mejor síntesis de esa visión la hizo Roque Dalton en su poema «Ultraizquierdistas». La segunda porque mostraba un antecedente de defensa del país frente a las «agresiones comunistas» que fue bien explotado a posteriori.

Unos años después, Eric Ching viajó a Moscú e investigó en los archivos del COMINTERN. Encontró mucha documentación proveniente de El Salvador y Centroamérica. Por primera vez se tenía acceso a una fuente que mostraba cómo pensaron y actuaron los comunistas salvadoreños antes y después de 1932. La imagen resultante de esa documentación y de los trabajos de Ching puede ser frustrante y estimulante. Frustrante para la gente de izquierda que arraigaba muchas de sus ideas revolucionarias en el 32; estimulante para los estudiosos, en tanto que permiten entender mejor las cuestiones planteadas por Pérez Brignoli.

Los documentos del COMINTERN muestran un hilo comunicante del PCS con Moscú que pareciera confirmar la tesis de la agresión comunista externa tan cara a la derecha. Había lineamientos, informes, algún apoyo puntual, pero nada más. Moscú parecía más preocupado por la pureza ideológica que por los retos prácticos de hacer revoluciones en el trópico. Muestran también una tendencia de la dirigencia partidaria local: prolongar exageradamente el análisis y la discusión de la coyuntura política para determinar hasta qué punto la realidad coincidía con los postulados de la teoría revolucionaria. En ambos casos, el panorama de 1932 se parece mucho a lo acontecido en las décadas de 1970 y 80. ¿Hubo injerencia comunista externa? Sí, pero su magnitud fue mucho menor de lo que se creía.

Tanto en 1932, como en la guerra civil, las determinantes clave son internas, no externas. Ambos periodos fueron precedidos por una apertura política: el gobierno de Pío Romero Bosque (1927-31) y los gobiernos pecenistas (Rivera y Sánchez Hernández). Paul Almeida habla de periodos de liberalización política que estimulan la organización de los grupos sociales subalternos que desarrollan agendas de organización y demandas en el marco legal. Cuando viene el cierre y la represión, los trabajares organizados recurren a acciones de lucha de calle, lo que aumenta la represión que al final conduce a la crisis. El contexto externo (crisis del capitalismo de 1929 y guerra fría) incide obviamente, pero no es determinante.

En coyunturas de crisis políticas el tiempo parece acelerarse. Así aconteció entre octubre y diciembre de 1931 y de 1979. El informe del PCS de octubre de 1931 deja ver que el PCS corría contra el tiempo. Lo mismo sucedía en 1979, cuando el golpe de Estado y la primera Junta de gobierno. La tormenta se veía en el horizonte, pero ¿era inevitable? Los dirigentes comunistas creían que sí, pero lo que ellos llamaban «insurrección agraria» y a veces «revolución antiimperialista» sería consecuencia de la radicalización y desesperación de las masas organizadas (principalmente indígenas y campesinas) y no de la planificación y convicción del PCS. Lo mismo acontecía en la década de 1970; no debiera olvidarse que el PCS fue la última organización político-militar que optó por la lucha armada.

A pesar de sus dudas, el PCS decidió acompañar la insurrección. Veían pocas posibilidades de éxito, sobre todo después de la captura de Farabundo Martí y otros dirigentes. Hay que reconocer que fueron consecuentes. No hubo levantamiento en San Salvador, pero sí estalló en el occidente. Y no fue casualidad: esa región concentraba mucha población indígena y era un emporio cafetalero. Ese levantamiento parece un motín de indios. El liderazgo es local, el armamento es pobre y limitado y los ataques se concentran en los símbolos del poder local. Cuando los insurrectos intentan ir más allá (atacar los cuarteles de las ciudades principales) fracasan totalmente.

Ciertamente que fue una movilización mucho mayor que las del siglo XIX, pero al igual que aquéllas, no amenazó al poder establecido y bien pudo controlarse siguiendo las pautas decimonónicas: represión enfocada a controlar (no a exterminar), captura de líderes (ejecuciones en algunos casos) y amnistía para el grueso de los rebeldes. Sin embargo, no fue así. Al levantamiento siguió una matanza absolutamente desproporcionada en relación a la amenaza y los daños causados por los rebeldes. Las fuerzas expedicionarias del gobierno arrasaron los reductos rebeldes y fusilaron sin formación de causa a cuanto individuo les pareció sospechoso de ser comunista. Porque para entonces ya estaba claro que había sido una acción comunista, al menos para los que ejercían el poder o se sentían amenazados por lo sucedido.

¿Qué motivó esa reacción tan drástica? No hay manera de responder a esa pregunta. Para hacerlo habría que conocer las órdenes dadas a los jefes de las fuerzas expedicionarias; hasta hoy nadie ha encontrado esa documentación, si es que existe. Tampoco hubo juicios, como para analizar acusaciones y defensas. Hubo ejecuciones sumarias. Los juicios contra Farabundo Martí y sus camaradas no ayudan para entender la represión en occidente. Este es uno de los grandes problemas todavía sin resolver respecto a 1932.

La evidencia histórica apunta a que se magnificó el componente comunista del levantamiento. Pero se tiende a pensar que esa magnificación fue posterior, en parte construida para justificar la represión. No es así, interesadamente o no, lo cierto es que el tema del comunismo circulaba profusamente antes del levantamiento, pero se acrecentó en enero del 32. Basta revisar la prensa, las cartas pastorales de monseñor Belloso y los relatos «en caliente» de Joaquín Méndez, publicados primero en periódicos y más tarde como libro. Hubo una especie de esquizofrenia colectiva, inducida si se quiere, pero no por eso menos evidente. El miedo colectivo, real o imaginado, fue clave para justificar la matanza y para consolidar en el poder a Hernández Martínez. Y no ha sido la única vez que un gobernante usa ese recurso. Este año veremos como se usará el miedo en la campaña electoral presidencial.

Historiador, Universidad de El Salvador

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