Guardé las maletas y fue entonces cuando la vi sobrevolando la cabaña. ¡Había regresado!
Guardé las maletas y fue entonces cuando la vi sobrevolando la cabaña. ¡Había regresado!
Me disponía a anunciar a la gaviota mi partida, pero ya no la encontré. Se había marchado. «Debí suponerlo -me dije- al fin que una gavina vagabunda como ella se iría igual, sin decir adiós.» Guardé las maletas y fue entonces cuando la vi sobrevolando la cabaña. ¡Había regresado! Lleno de alegría corrí hasta allá, pero ella no regresó a tierra. Le pedí que bajara a mis brazos. Entonces dejó caer de su pico una estrella marina sobre mí, devolviéndome un antiguo favor. Tomando el diamante estelar lo puse en mi pecho mientras la gavia volvía a sus distancias. Desde entonces el cristal brilla en mí como los sueños del mar. Con nostalgia partí rumbo a la ciudad, llevando la gema de un imposible amor. La ciudad, el tráfico y el resonar de motores turbaron mis sentidos. Mientras me dirigía hacia los barrios del sur unos transeúntes -mirando extrañados a un lado de la calzada- llamaron mi atención. Bajé del auto a ver qué ocurría. ¡No creí lo que mis ojos veían y el corazón se me detuvo! «Está muriendo», dijo alguien y agregó: «Es muy extraño que una gaviota haya venido volando a la ciudad». No pude creer lo que mis ojos veían. Amigos. ¡Era ella! Mi gaviota amada que había seguido mi regreso sin darme yo cuenta. Estaba moribunda. La tomé en mis brazos. Lloré, besando su plumaje. Ella agitó sus alas de dolor diciendo en el lenguaje de las gavias ‘Te amo amor mío. Estarás en mis distancias. En las islas de luz que conocimos mar adentro». (De «El Sueño y la Gaviota») ©
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