Hitler ascendió al poder por la vía constitucional y legal en enero de 1933. Pero de inmediato comenzó a consolidar un régimen abiertamente antidemocrático. En ese nuevo orden, las iglesias tampoco escaparon a la presión de alinearse con el Estado, con el propósito de apagar su voz profética. Ese mismo año, cristianos consecuentes empezaron a organizar el movimiento de la Iglesia Confesante, en oposición al de los Cristianos Alemanes, abiertamente pronazi.
Para 1934, la defensa de los valores doctrinales y humanos del evangelio se expresaba en una constelación de iniciativas minoritarias, surgidas como pactos de pastores de distintas denominaciones. En mayo, la Iglesia Confesante percibió la necesidad de acordar una línea común para enfrentar la política de silenciamiento y sometimiento. La idea era convocar un sínodo nacional que permitiera posicionarse ante los peligros del fanatismo nazi. Sin embargo, pensar en un sínodo de alcance nacional era un desafío enorme en un ambiente donde las garantías constitucionales ya habían sido eliminadas: el odio contra los disidentes se había instalado, y los pastores fieles eran vigilados, difamados y encarcelados.
El primer paso era relativamente accesible: organizar un comité teológico para redactar una propuesta de declaración. Para conservar el espíritu interdenominacional, se eligió a tres teólogos que representaran las tres tradiciones más numerosas: reformada, luterana y unida. El representante de las iglesias reformadas fue Karl Barth, teólogo suizo que por entonces enseñaba en Alemania. Barth se había opuesto a Hitler incluso antes de su ascenso al poder y terminó redactando el texto central de la declaración. El comité teológico se reunió en Frankfurt y, tras dos días de trabajo intenso, elaboró una propuesta.
El paso siguiente era mucho más peligroso: reunir a más de cien delegados durante varios días bajo un gobierno que ya había consolidado amplias facultades policiales para detenciones sin juicio, escuchas, vigilancia, censura y prohibición de reuniones. Cualquier asamblea cristiana con potencial opositor era vulnerable a ser prohibida, vigilada y reprimida. Inicialmente se pensó en la ciudad de Múnich, pero el obispo regional se negó y recomendó realizarlo en la antigua ciudad de Barmen. Su razonamiento era claro: en las elecciones eclesiásticas que los nazis habían presionado para celebrar, Barmen había sido la ciudad donde los candidatos de la Iglesia Confesante recibieron el respaldo más sólido.
El obispo de Múnich tenía razón. Los cristianos de Barmen se dispusieron a hacer posible el sínodo en su ciudad. En un clima de riesgo y control estatal, familias creyentes proporcionaron cobertura, hospedaje, alimentación y condiciones logísticas para el encuentro. Un estimado de 139 delegados de distintas confesiones protestantes y evangélicas se reunieron del 29 al 31 de mayo. El punto central del sínodo fueron las deliberaciones sobre la propuesta de declaración elaborada por el comité teológico. Tras comprender sus implicaciones para la vida y el testimonio de las iglesias, el sínodo aprobó el texto, y se acordó su impresión y distribución inmediata.
El documento recibió el nombre de «Declaración de Barmen», en honor a la valentía de la ciudad que acogió el encuentro. Se trataba de un pronunciamiento teológico que unificaba a la Iglesia Confesante en su oposición a la ideología y las prácticas nazis. Karl Barth incluso se aseguró de hacer llegar una copia directamente a Hitler. A partir de entonces, la Gestapo —la policía secreta nazi— incrementó su vigilancia sobre los cristianos confesantes para impedir la circulación de cualquier material relacionado con el sínodo.
Al igual que en tiempos de la Iglesia primitiva —cuando los creyentes debieron vivir casi en clandestinidad para evadir la persecución— los cristianos confesantes alemanes se vieron en la necesidad de ocultarse para reunirse, enseñar y predicar en defensa de la persona humana y el señorío único de Jesús. La historia de Barmen recuerda que la fidelidad a Cristo no siempre coincide con la comodidad política. Cuando el poder pretende comprar el silencio de la iglesia, o convertirla en capellanía del régimen, el evangelio exige claridad: Cristo es Señor, y ningún líder puede ocupar ese lugar. No se trata de buscar confrontación por orgullo, sino de sostener la verdad con humildad y valentía, protegiendo a los vulnerables y negándonos a llamar «bien» al abuso. La prudencia es necesaria, pero la cobardía nunca es virtud cristiana.
Pastor General de la Misión Cristiana Elim.