«Soy el presidente de Venezuela y verás, por Dios, que voy a quedar en libertad», expresó con soberbia Nicolás Maduro al salir de la sala de audiencias de la Corte de Nueva York, cuando uno de los asistentes le gritó «pagarás por todo lo que hiciste».
El pasado fin de semana, el exdictador venezolano fue derrocado y llevado a Estados Unidos, donde le esperaba su nueva «suite» y su respectiva pijama a la moda en una prisión de Brooklyn.
Trasladado desde una cárcel en Brooklyn, Maduro ingresó el lunes sonriente, sólo con esposas en los pies, a la sala de los tribunales federales, donde había un centenar de personas, entre ellos una treintena de periodistas, a los que primero vio con detenimiento y después les deseó «feliz año nuevo» en inglés tres veces. Él siguió la audiencia con traducción y parecía tomar notas, junto a su esposa Cilia.
«No soy culpable, soy un hombre decente, sigo siendo el presidente de mi país», dijo Maduro en español y alegó haber sido «secuestrado» y que se acogía a los tratados de Ginebra para los prisioneros de guerra.
El juez Alvin Hellerstein interrumpió su declaración. «Ya habrá ocasión de abordar todo esto», le dijo, al pedirle que simplemente confirmase su identidad.
La audiencia fue un intento más del déspota de mostrar un «show» de soberbia y prepotencia chavista y burlarse del sistema judicial estadounidense alegando que cada vez que podía «soy presidente constitucional de la República Bolivariana de Venezuela» y «soy prisionero de guerra», por lo cual el juez le aclaró que no tenía que identificarse ni hablar más que lo se le preguntaba.
Pero al abandonar la sala Maduro lanzó de nuevo: «Soy un prisionero de guerra».
Después de esa audiencia, el derrocamiento y extracción de Maduro pasó a segundo plano. Si estaba pensando que todos los días iba a estar lanzando diatribas y fanfarronerías, ante periodistas y camarógrafos, en las principales cadenas de TV y en las portadas de los periódicos, se equivocó.
Se vale soñar, pero Maduro, Diosdado y Padrino están invisibles; no están moviendo masas contra el «imperialismo», sino reducidos a la mínima expresión. Ya no hay baños de multitudes revolucionarias ni ejércitos de chavistas obesos para defender esa gusanera.
De ahí que no le sirva de nada a Maduro darse aires de grandeza alegando que fue «secuestrado en su casa en Caracas por fuerzas estadounidenses» ante un togado estadounidense en una solemne audiencia.
Ya el presidente Donald Trump aclaró que Estados Unidos está «a cargo» de Venezuela y que discute los pasos a seguir con las autoridades venezolanas.
El control de Cuba se acaba
Realmente, no es fácil manejarse y salirse de estas cofradías o pactos mortales, pues todos se vigilan entre sí y buscan advertir cualquier signo de desviación o traición.
Sólo así se explica que Maduro tuviera 32 agentes cubanos en su seguridad, aunque algunos analistas consideran que más bien aquéllos eran los vigías de La Habana para que «el dictador no se saliera del huacal». También sólo así se explica que estos cubanos hayan sido el principal blanco por neutralizar de las fuerzas especiales de Estados Unidos.
Lo cierto es que llegó la Venezuela posMaduro y nadie sabe qué ocurrirá al final.
La nueva presidenta de Venezuela, Delcy Rodríguez, se ha mostrado lista para cooperar y abogó por una relación equilibrada y respetuosa con Washington, aunque ella ha mantenido un discurso ambiguo y se cree que sólo está tratando de ganar tiempo.
La Casa Blanca ha dicho categóricamente que ella dará las órdenes de lo que se haga en Venezuela, sobre todo con la producción de petróleo y los ingresos que genere.
Ya Maduro es irrepetible historia, como Noriega, Ceacescu y otros de su especie…