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Gaviotas de un amor (II)

Yo me sentía feliz junto a ella, viajando por las rutas azules del estero, contándonos aventuras e ilusiones. Llegando a las chozas de pescadores, se extrañaron de nuestro “romance».

Desmayada la gaviota en mis brazos la llevé conmigo a la cabaña y -luego de reanimarla y curar sus golpes con ternura- la dejé descansar en la sombra. Me disponía regresar a la ciudad, pero ella me necesitaba. Si me iba seguramente moriría y el sólo pensarlo me golpeó el corazón. Entonces decidí quedarme unos días con el ave migrante, cuidando de ella. Fue cuando empecé a entender el lenguaje de la viajera. Mientras sanaba, la llevaba al mar, a los acantilados, manglares y esteros para que ella viera siempre las estrellas, las nubes y el celaje sobre las olas. Empezó a recuperar el vuelo, pero al hacerlo caía. Entonces nos fuimos mar adentro en el velero de la cabaña. Ella conducía la travesía y me enseñaba rutas y sueños del mar que nunca imaginé. Mansa entre mis brazos- parecía decir frases de amor que nunca oí. Faltaba poco para terminar mis días de vacación, pero algo me detuvo. Nos habíamos enamorado. Ella alisó su blanco y terso plumaje, diciendo con su aleteo que estaba lista para volver a sus infinitas distancias. Yo me sentía feliz junto a ella, viajando por las rutas azules del estero, contándonos aventuras e ilusiones. Llegando a las chozas de pescadores, se extrañaron de nuestro “romance”. Di un dinero a un niño pescador para comprarse un barquito de juguete e ir a las distantes islas del celaje. Sin embargo, aquel viaje de amor habría de terminar y yo volver a la ciudad. Al fin todo había sido una tierna ilusión. No obstante, me sentí triste de dejar a la gaviota y los verdes esteros. (De “El Sueño y la Gaviota”) ©

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