De niños, la Navidad era una operación logística digna de la NASA. Había que portarse bien, escribir cartas, dejar galletas
De niños, la Navidad era una operación logística digna de la NASA. Había que portarse bien, escribir cartas, dejar galletas
Hay un momento específico en la vida de todos en el que algo se rompe un poquito. No es cuando te rompen el corazón por primera vez ni cuando te das cuenta de que el trabajo “soñado” incluye correos a las 11:47 p.m. Es cuando descubres que Santa Claus no existe. Perder la ilusión no ocurre de golpe. Nadie se despierta un día y dice: “listo, hoy dejo de creer”. Es un proceso lento, casi elegante, como cuando la magia se va evaporando sin hacer ruido.
De niños, la Navidad era una operación logística digna de la NASA. Había que portarse bien, escribir cartas, dejar galletas y confiar en que un señor con sobrepeso y risa escandalosa entraría por la chimenea de una casa que ni chimenea tenía. Y funcionaba. Creíamos con una fe que ya quisieran algunos. Nadie cuestionaba cómo cabían los regalos, cómo viajaba tan rápido o por qué siempre tenía la misma letra que mamá. Eso era magia, y la magia no se audita.
Pero un día algo se rompe. Tal vez fue descubrir los regalos escondidos en el clóset. O quizá fue simplemente crecer y entender que ningún adulto reparte regalos gratis sin esperar algo a cambio. Ese día no solo se cae Santa Claus: se cae todo un sistema de creencias. Es el primer gran duelo emocional de la vida, y nadie nos trae flores.
Después de Santa viene una cadena interminable de decepciones. Dejas de creer que el “cuando seas grande” trae consigo libertad y felicidad. Spoiler: trae cuentas, dolor de espalda y la capacidad de emocionarte genuinamente por una licuadora en oferta.
La adultez es ese momento incómodo en el que te das cuenta de que ahora tú eres Santa Claus. Tú compras los regalos. Tú haces el presupuesto. Tú envuelves mal los regalos. Tú finges sorpresa. Y encima, tienes que mantener viva la ilusión para otros cuando ya ni siquiera sabes qué quieres tú. Porque cuando te preguntan qué quieres para Navidad, la respuesta real sería: estabilidad emocional, suficiente dinero para no tener que volver a trabajar y un par de terrenos. Pero eso no se envuelve en papel brillante.
Antes, diciembre olía a chocolate caliente y promesas. Ahora huele a estrés, tráfico y mensajes pasivo-agresivos en los chats grupales. Antes contábamos los días para Navidad. Hoy contamos los días que tendremos vacaciones. Antes queríamos juguetes. Ahora queremos que nadie nos pregunte cuándo nos vamos a casar, si ya tenemos hijos o cómo nos está yendo con la nueva dieta.
La pérdida de la ilusión no se limita a las fiestas. Pasa cuando te das cuenta de que el trabajo de tus sueños es solo un trabajo. Cuando descubres que el amor no siempre es suficiente. Cuando entiendes que “echarle ganas” no paga la renta. Cuando confirmas que nadie te va a rescatar y que el plan B siempre has sido tú.
Y aun así, seguimos intentando. Compramos decoraciones. Fingimos entusiasmo. Nos aferramos a pequeñas tradiciones como si fueran salvavidas emocionales. Porque, aunque ya no creamos en Santa, seguimos creyendo —con una fe cansada pero persistente— en los momentos. En las risas breves. En la comida compartida. En ese instante raro en el que todo se siente un poco más ligero.
Tal vez crecer no es dejar de creer, sino aprender en qué vale la pena creer. Ya no creemos en magia que cae del cielo, pero sí en la magia que se construye con esfuerzo. No creemos en personajes imaginarios, pero creemos en la gente que se queda. No creemos en finales perfectos, pero sí en pausas necesarias.
La niñez nos enseñó a esperar milagros. La adultez nos enseña a sobrevivir sin ellos. Y aunque perdimos la ilusión, ganamos algo a cambio: la capacidad de reírnos de la decepción, de encontrar ironía en la rutina y de brindar, aunque sea con café frío, por haber llegado hasta aquí.
Quizá eso también sea una forma de magia. Menos brillante, menos ingenua, pero mucho más real. Y sí, ya no creemos en Santa. Pero seguimos creyendo que, con suerte, el próximo diciembre será un poco menos pesado. Y eso, a estas alturas, ya es creer.
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