Seamos ángeles que anuncian la Buena Nueva. Regocijémonos en que este día nace Jesús
Seamos ángeles que anuncian la Buena Nueva. Regocijémonos en que este día nace Jesús
Llegó la hora. El tiempo se detiene y nos preparamos para celebrar la fiesta más hermosa que pueda haber: las familias reunidas en torno a un pesebre. Dejemos por un momento las prisas y el bullicio para concentrarnos en vivir la Navidad como a Dios le agrada.
Seamos María, que en silencio y con profunda obediencia acepta la voluntad de Dios: llevar en su seno al Elegido, al Hijo de Dios. Ella no cuestiona, no se niega a recibir a su Hijo engendrado por el Espíritu Santo. Su papel es vital en la historia de la salvación. Seamos como María y aceptemos la voluntad de Dios, que no sea la nuestra. Dejemos a un lado el ego para ser humildes y sencillos, y aceptar la voluntad de nuestro Dios. María es símbolo de pureza; qué gran ejemplo tenemos para que nuestra vida siga sus pasos.
Tenemos también a José, un actor silente, no menos importante que su amadísima esposa María. A pesar de su confusión inicial, acepta a su esposa según el anuncio del ángel Gabriel. Me pregunto: ¿somos tan dóciles y humildes para aceptar lo que Dios destinó a María y a José? No es fácil, pero ahí tenemos la fe en su máxima expresión cuando José acepta a María, la cuida, la protege y la ama.
Seamos los pastores que se hacen presentes ante el pesebre, no llevando oro, incienso y mirra, sino regalos que en apariencia no tienen mayor valor. A Dios le agrada lo sencillo: la oración, el silencio y, sobre todo, que en nuestro pesebre personal haya amor al prójimo. Miremos y acerquémonos a los preferidos de Dios: los niños, los pobres y los enfermos. Que sean ellos los que nazcan en nuestra vida, para agradar a Dios y dejar a un lado los excesos que estas celebraciones conllevan.
Seamos ángeles que anuncian la Buena Nueva. Regocijémonos en que este día nace Jesús, motivo suficiente para que esa cena en familia sea la reunión más hermosa, teniendo como plato principal nuestro amor por Aquel que nace. Al menos intentemos nacer de nuevo, ser otros, dejar a un lado tantas cosas materiales que nos distraen del verdadero sentido de esta fecha. Pues si en el Cielo hay fiesta, así debe haber fiesta en nuestros corazones.
Dios, en su infinita misericordia, nos permite y nos espera con amor para que demos un golpe de timón a nuestras vidas. No dudo que el mundo sería un lugar diferente si viviéramos de acuerdo con lo que a Dios le agrada y no con lo que nosotros deseamos.
El mundo, y particularmente nuestro país El Salvador, debe cobrar vida en nosotros. Seamos salvadores del hermano que no tiene un plato caliente de comida, de las tantísimas personas que atraviesan graves situaciones económicas. Volteemos la mirada al Cielo y que cada acto de nuestra vida sea una oportunidad para ser mejores personas. Que nuestros propósitos para el 2026 sean obedecer a Dios y entender que Él nos espera con los brazos abiertos, dispuesto a moldearnos como a Él le agrada. Que cada noche, al acostarnos, pidamos perdón infinitas veces, porque nadie sabe hasta dónde llegará su vida, y nada mejor que estar en paz con el Creador.
Que esta fecha sea un llamado a que reine la paz en nuestros hogares; sepamos perdonar para que Dios perdone nuestros pecados, sepamos amar para que Dios nos ame y nos guíe de su mano. Que Dios nos arrulle como lo más preciado y que nuestros corazones sean el pesebre donde nace Jesús.
Este año me propuse que, durante los cuatro domingos de Adviento, pongamos ese pequeño pesebre, nacimiento o belén en un lugar especial de nuestra casa. Así como en días anteriores en redes sociales lucían los decorados navideños, que estos días sean para lucir nuestros nacimientos.
Como decía san Josemaría Escrivá:
«Desde la cuna de Belén, Cristo me dice —y te dice— que nos necesita; nos urge a una vida cristiana sin componendas, a una vida de entrega, de trabajo y de alegría. No alcanzaremos jamás el verdadero buen humor si no imitamos de verdad a Jesús; si no somos, como Él, humildes. Insistiré de nuevo: ¿habéis visto dónde se esconde la grandeza de Dios? En un pesebre, en unos pañales, en una gruta. La eficacia redentora de nuestras vidas solo puede actuarse con la humildad, dejando de pensar en nosotros mismos y sintiendo la responsabilidad de ayudar a los demás».
(San Josemaría, El triunfo de Cristo en la humildad, Es Cristo que pasa).
Este pasaje subraya que la Navidad no es solo un recuerdo emotivo, sino una llamada a la humildad, la entrega y la alegría, claves para crecer espiritualmente.
Feliz Navidad, y que el Niño Jesús nazca en nuestros corazones.
Médico
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