Recordando a Salarrué con su nieta, la pintora Selva Prieto Salazar
La artista mexicana-salvadoreña Selva Prieto Salazar regresó a El Salvador más de una década después junto a su hija Tamara, en el marco del 50 aniversario luctuoso de su abuelo, el maestro Salarrué. Su visita develó recuerdos íntimos de su familia de artistas y un llamado a respetar el legado de esta.
Salarrué y su nieta Selva Prieto Salazar, hija de Aída Salarrué. Fotos EDH / archivo y Miguel Lemus
Hace 17 años, Selva Prieto Salazar, pintora de exvotos mexicana-salvadoreña y una de las nietas de Salarrué, protagonizó una fotografía junto al fallecido escritor salvadoreño Rafael Menjívar Ochoa, que posteó en octubre pasado.
«Me encontré esta foto de 2007, cuando Tamara (hija) y yo fuimos a El Salvador, es en la que fuera casa de mis abuelos, estamos con Rafael Menjívar, Krisma Mancía, Carlos Henríquez Consalvi y otros amigos. Ahora, 17 años después, vamos de nuevo de visita los primeros días de diciembre y esperamos ver a todos los amigos», posteó Selva. Y sí que los vieron.
El Salvador se encuentra en un momento de efervescencia cultural en torno a la figura de Salvador Salazar Arrué, «Salarrué», a medio siglo de su fallecimiento, el 27 de noviembre de 1975.
En este contexto, la hija de Aída Salarrué regresó al país que la vio nacer a inicios de este diciembre. Fue un viaje no solo personal, sino también un reencuentro con un pasado que vive en la memoria y el arte.
La foto de Selva y su hija Tamara en La casa del escritor, en 2007, compartida por la nieta de Salarrué en su cuenta de Instagram. Foto: imagen de carácter ilustrativa y no comercial / https://www.instagram.com/p/DQGGmz-Eb2K/
Para Selva, quien reside en México desde los 11 años, fue triste su paso por aquella residencia en Los Planes de Renderos que habitó su familia, en la que se tomó aquella foto. La antigua casa de su abuelo se encuentra bien cuidada, pero cerrada al público y sin el otrora espacio para las letras que funcionó ahí: «La casa del escritor».
A pesar de este cierre, el reencuentro con el legado artístico de su familia y aquellos amigos fue vívido. Selva y su hija fueron agasajadas antes de partir en casa de María Tenorio y Miguel Huezo Mixco, entre otros encuentros. Además, en el Museo de Arte de El Salvador (MARTE), un curador les ofreció un recorrido especial y sacó del acervo de su familia tres cuadros, un gesto que la hizo sentirse «muy importante».
El abuelo imponente
La relación de Selva con su abuelo, Salarrué, estuvo marcada por la distancia y una profunda timidez infantil. Como él vivía en Nueva York, ella lo veía muy poco. «Yo era muy apegada a mi abuela», confiesa, «a él no tanto… en esa época yo era muy tímida y pues como que se me imponía».
Aunque Salarrué siempre fue muy «lindo» con ella y su hermana Maya, Selva se recuerda a ella misma, «mordiéndose la trenza y el reboso» por la pena que él le generaba.
Selva Prieto Salazar con sus abuelos Zélie y Salarrué. Foto / archivo del Mupi
El recuerdo más íntimo y tierno que atesora es el de su abuelo como una figura a la que seguía a la distancia, como acechándolo, en la casa de la colonia América, donde vivieron un tiempo. «Me acuerdo que yo lo empezaba a seguir, o sea, pero de lejitos… Mi mamá decía que (ella) era como un perrito detrás de él», relata la pintora, quien para entonces tendría unos cinco o seis años.
En contraste con su propia timidez, la madre de Selva, adoraba a su padre: «Mi mamá lo adoraba. Ella era así, su ídolo». Pero la influencia familiar más cercana para Selva provino de su abuela y su tía Maya, a quien describe como una «segunda mamá» para ella y su hermana (ya fallecida).
En cuanto al legado de Salarrué 50 años después, Selva es cauta. Vive en México desde hace más de seis décadas y no puede juzgar la evolución de su figura en el medio siglo posterior a su muerte.
Confiesa que solo tiene «pedacitos» de información a través de Instagram y contacto con lugares como el Mupi. Sin embargo, su conexión con la obra es profunda.
Portada de libro «Cuentos de Barro» que se vende físico y digital. Foto / Amazon
En su adolescencia, el libro de su abuelo que la marcó fue «Íngrimo». No obstante, recientemente, el releer «Cuentos de Barro» la cautivó por completo: «Me encantó… se me hace tan visual todo. O sea, casi como pedacitos, como fotografías… es bien impactante», afirma, reconociendo que en este Salarrué retrata no solo la realidad rural salvadoreña, sino la de toda Latinoamérica.
Apasionada de la acuarela y los exvotos
La trayectoria artística de Selva Prieto Salazar se remonta a su primera infancia. En una carta que su madre escribió a su abuelo, se narraba que ella dibujaba desde su primer año de edad. «En vez de ponerme un chinchín, me pusieron un lápiz», relata, pues muchos de sus primeros recuerdos son de ella «acostada de panza en el piso dibujando».
La principal influencia artística e intelectual fue su tía Maya, quien «… todo lo que estaba leyendo nos lo contaba en la noche» fungiendo como la «televisión» de la familia. Antes de sus pinturas actuales, Selva pintaba cosas «más fantásticas… místicas», incluso ilustrando a Shakespeare. Sin embargo, ella y su hermana descubrieron el arte sacro popular conocido como exvoto que les cambió su rumbo.
Uno de los exvotos o ‘milagritos’ de Selva Prieto Salazar. Foto: imagen de carácter ilustrativo y no comercial / https://www.instagram.com/p/DPjrARADgyS/
El trabajo de Selva se centra en la creación de exvotos propios, obras originales que surgieron de su amor por estas piezas que veía en las iglesias.
Junto a su hermana, Maya, decidieron incursionar en la pintura de «santos y cosas de eso». La iniciativa fue un «éxito redondo», incluso atrayendo compradores de Nueva York que se llevaron casi toda su producción. Aunque ahora el mercado digital se ha complicado por la competencia, Selva se ha mantenido gracias a clientes antiguos y fieles que le compran constantemente.
El proceso de creación de un exvoto es riguroso y laborioso. No es solo el placer de pintar, sino un proceso que involucra la preparación de la lámina. Selva usa actualmente «lámina negra», un material que debe ser conseguido en hojas gigantescas y cortado, antes de usarlas.
Otro de los exvotos de la nieta del maestro Salarrué. Foto: imagen de carácter ilustrativo y no comercial / https://www.instagram.com/p/DL7p8x6O0TT/
El mayor desafío técnico es la preparación: «hay que estarlas preparando, porque le meten grasa… para que no se oxide. Pero entonces no agarra la pintura», explica. La limpieza del material es tan minuciosa que el proceso de un exvoto es tardado y no tan rápido.
Selva también cultiva la acuarela, una técnica que adoptó durante una estancia en Italia. A pesar de que la acuarela es una de las técnicas más difíciles, Selva la disfruta muchísimo, pero la pinta «para mí porque no se venden».
El legado y el desafío
La familia de Selva Prieto Salazar era una verdadera estirpe de artistas. Además de Salarrué, su abuela (Zélie Lardé Arthés) y su madre Aída también escribían y pintaban. De hecho, Zelié Lardé es considerada la «gran desconocida».
Una de las acuarelas de Selva. Foto: imagen de carácter ilustrativo y no comercial / https://www.instagram.com/p/DLaVDGzOE7p/
La compatriota asegura que su abuela era «muy creativa», escribía, pintaba y poseía una «voz preciosa» de soprano coloratura, tanto que una tía quiso llevarla a estudiar a París, pero sus hermanos mayores no lo permitieron. Su madre y sus tías también tenían esa vena artística.
En la actualidad, Selva, junto con sus dos primos (hijos de su tía Olga) que residen en Estados Unidos, son los herederos de los derechos de autor de la obra de Salarrué. Dado que el escritor falleció hace 50 años, sus derechos siguen vigentes en El Salvador.
Selva ha asumido la responsabilidad de velar por este patrimonio, cuyo principal desafío, es que el país reconozca y respete estos derechos, pues Selva siente que «todo el mundo publica», pero sin la autorización de la familia.
Un ejemplo de esta situación fue la reciente publicación de un libro por parte de una universidad local, que se realizó «sin siquiera avisarnos». Cuando Selva envió una consulta por escrito, la respuesta fue que el libro no tenía «fines de lucro». La nieta del gran Sagatara objeta este argumento, pues el libro está a la venta, y subraya que incluso si el uso fuera no lucrativo, la cortesía de informar a los herederos es fundamental.
Selva Prieto Salazar (d) con su hija Tamara.
Foto EDH / Miguel Lemus
El mensaje de Selva Prieto Salazar a las editoriales e instituciones es claro: si están interesadas en publicar obras de Salarrué, deben respetar los derechos de autor y contactarla para la debida autorización. «Yo no he visto resultados de nada», lamenta, en referencia a la falta de comunicación y cumplimiento legal.
Su visita, más allá del reencuentro con los afectos y los lienzos de la familia, sirve como un recordatorio urgente de que el legado del gran artista salvadoreño es una herencia cultural viva que debe ser protegida y gestionada con respeto por quienes lo poseen.