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La memoria: lo que no recordamos 

Nuestro cerebro recibe miles de estímulos por segundo: colores, olores, sonidos, sensaciones, emociones, ideas. Sería imposible guardarlo todo. Por eso existe un filtro natural llamado atención. Solo lo que logra llamar nuestra atención pasa al siguiente nivel: la memoria de trabajo, que es como una mesa pequeña donde colocamos temporalmente la información mientras decidimos qué hacer con ella.

Martita, de sesenta años, no encuentra su celular. Camina por toda su casa buscándolo. A cada seis pasos, se siente más desesperada. Le ocurre con frecuencia. Su hija la observa desde la sala: «Mamá, deberías colgarte el celular en el cuello. ¿Qué no ves que tu edad avanzada es lo que hace que pierdas las cosas?». «¡Ya cállate,  niña, mejor ponete a buscarlo conmigo que el cumpleaños es a las seis y ya casi es hora!» responde Martita.

¿Por qué recordamos ciertas cosas con gran claridad, como un cumpleaños de infancia o una conversación importante, y otras cosas se desvanecen en segundos, como dónde dejamos el celular o qué desayunamos ayer? Para entender esto hay que saber que la memoria no es un «cuarto de archivo» donde guardamos cajas con información. No es un pendrive, no es un disco duro. La memoria es un proceso. Es algo vivo, que cambia y se reorganiza todo el tiempo.

Nuestro cerebro recibe miles de estímulos por segundo: colores, olores, sonidos, sensaciones, emociones, ideas. Sería imposible guardarlo todo. Por eso existe un filtro natural llamado atención. Solo lo que logra llamar nuestra atención pasa al siguiente nivel: la memoria de trabajo, que es como una mesa pequeña donde colocamos temporalmente la información mientras decidimos qué hacer con ella.

Aquí ocurre algo interesante. La memoria de trabajo es muy limitada: solo puede sostener entre tres y cinco ideas a la vez. A veces hasta siete con mucho entrenamiento, pero no más. Imagina una pizarra pequeña donde escribes un número, una frase o una lista breve. Si intentas escribir mucho, simplemente no cabe. Esa pequeña pizarra es la razón por la que a veces sentimos que «no nos cabe más en la cabeza». No es flojera: es biología.

Lo que logramos sostener en esa pizarra se guarda o no dependiendo de varios factores: si nos interesa, si tiene sentido para nosotros, si lo repetimos, si lo relacionamos con algo que ya sabemos, si hay emociones involucradas. Por eso recordamos tan bien lo que nos marcó emocionalmente. Las emociones actúan como un pegamento para la memoria: los eventos cargados de alegría, sorpresa, miedo o dolor se graban con más fuerza.

Otra cosa importante es que no toda la memoria es consciente. Existe una memoria profunda, llamada memoria implícita, que guarda patrones, habilidades, intuiciones. Es la memoria que nos permite andar en bicicleta sin pensar en dónde está cada pedal. Es la memoria que nos hace presentir cuando algo anda mal, aunque no sepamos explicar por qué. Esa intuición no es magia: es memoria trabajando en silencio.

A la memoria también le afecta el ambiente. El estrés constante, la falta de sueño, el ruido excesivo o vivir en un entorno ofensivo que nos afecta directamente la capacidad de recordar. Lo mismo ocurre con la alimentación: el cerebro es un órgano vivo y necesita buena nutrición para funcionar bien. No basta con «hacer ejercicios de memoria», hay que cuidar todo el cuerpo para que la memoria florezca.

Y si hablamos de envejecimiento, es importante decir algo claro: que la memoria cambie con los años es normal. No significa que estemos perdiendo capacidades. De hecho, los adultos mayores tienen algo que los jóvenes no: más redes de conocimiento, más experiencia, más contexto. Aprender puede tomar un poco más de tiempo, sí, pero se aprende con más profundidad y más significado.

Volviendo al caso de Martita: ¿Por qué no recuerda dónde dejó el celular y sí recuerda la hora del cumpleaños? Porque la memoria no responde solo al estímulo, sino al sentido que ese estímulo tiene para nosotros. Lo que nos importa, lo que nos afecta, lo que relacionamos con nuestra vida, se queda. Lo que no logra conectar, se va. A Martita le genera emoción agradable asistir a un cumpleaños porque este tipo de celebraciones las asocia con similares, de su pasado, donde experimentó alegría.

La razón principal por la Martita olvidó dónde dejó el celular es que no prestó atención cuando las puso en algún lugar. Así de simple… y así de profundo.

Cuando hacemos algo de manera automática (entrar a la casa, poner el celular en cualquier mesa, hablar mientras las dejamos, pensar en otra cosa) no activamos la atención consciente.

Sin atención, no hay codificación. Y sin codificación, no se forma memoria.

El cerebro funciona así: 1) Percepción (ver el celular). 2) Atención (fijarnos en lo que hacemos). 3) Memoria de trabajo (mantener ese dato unos segundos). 4) Memoria a largo plazo (almacenar la información).

Cuando Martita dejó, distraída, el celular en alguna mesa ¡se saltó el paso 2! Muchos hábitos de la vida diaria —colocar el celular, como dejar las llaves, guardar la cartera; son acciones procedimentales. El cerebro usa rutas automáticas para ahorrar energía. Pero esa eficiencia tiene un costo: lo que hacemos sin pensar, no se recuerda.

Si al llegar a casa, al igual que Martita, estamos pensando en: lo que pasó en el trabajo, el correo que se debe enviar, lo que se va a cocinar, o la factura que se debe pagar… nuestra memoria de trabajo está ocupada. Colocamos el celular sin «espacio mental» disponible.

Resultado: No queda huella de memoria.

Para que a Martita y a todos no se nos vuelva a perder el celular, hay que crear un lugar fijo, único, sagrado para el celular: una bandeja, un cajón, una repisa. Cada vez que lleguemos a casa, tenemos que decir, mentalmente: «Celular aquí». Ese mini-ritual de dos segundos enciende la atención.Y la atención enciende la memoria. ¡Hasta pronto!

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