Es fundamental señalar que el globalismo no se refiere a un gobierno nacional, ni siquiera a un imperio o potencia dominante, sino más bien a una fuerza supranacional que pretende ejercer control por encima de toda concepción nacional.
Es fundamental señalar que el globalismo no se refiere a un gobierno nacional, ni siquiera a un imperio o potencia dominante, sino más bien a una fuerza supranacional que pretende ejercer control por encima de toda concepción nacional.
Para comprender el fenómeno contemporáneo del globalismo, es esencial comenzar por su análisis etimológico y semántico, ya que el lenguaje mismo revela las intenciones y marcos de sentido que lo constituyen. La palabra globalismo nace de la unión del sustantivo globo —que evoca una esfera total, compacta y administrable— y el sufijo «-ismo», que implica sistema, doctrina o ideología. Así, el globalismo no es simplemente una referencia lingüística a lo global o universal, sino una construcción ideológica que busca imponer una visión normativa y estructurante sobre el mundo considerado como un conjunto indivisible.
Desde el punto de vista semiótico, esta construcción ideológica se expresa y sostiene a través de un sistema de signos, discursos y narrativas que construyen la realidad social y política que el globalismo pretende institucionalizar. Este sistema normativo se manifiesta en proyectos políticos, económicos y culturales que articulan una voluntad de homogeneización, regulación y orden global, muchas veces en tensión con la diversidad cultural, los derechos de los Estados Nación y las identidades locales.
El globalismo, por tanto, representa deseo, pero no cualquier deseo, sino “El Deseo”: una aspiración poderosa y de posesión de un pequeño grupo, para definir la forma en que deben organizarse las relaciones humanas en una escala planetaria. Esta ideología implica decisiones sobre qué estructuras se deben privilegiar, qué valores guían la convivencia mundial y quiénes son los sujetos con autoridad para decidir. Lo cual no tiene ninguna relación ni con sistemas democráticos, ni gobiernos de Naciones Estado, ni siquiera de las potencias reconocidas.
Pero es importante destacar que no se trata de un fenómeno unitario o monolítico. El globalismo es un campo dinámico y conflictivo, donde se entrecruzan diversas corrientes, intereses y actores que disputan por legitimar sus visiones y proyectos. Esto genera tensiones con las soberanías nacionales, la autonomía cultural, y las múltiples formas de diversidad que aspiran a preservarse frente a la lógica globalizadora. No hay que caer en la tentadora trampa de pensar estos temas en función de izquierdas o derechas, ni liberales o conservadores, es un tema de poder a otro nivel.
Por lo tanto, el análisis del globalismo demanda un enfoque crítico y plural, que permita discernir sus dimensiones simbólicas, políticas y económicas, desenmascarar intereses ocultos y articular propuestas que reconozcan la complejidad plural del mundo contemporáneo. De este modo, el estudio del globalismo no solo es indispensable para entender las fuerzas normativas que configuran el mundo actual, sino también para imaginar los modos en que podemos intervenir éticamente en su configuración futura.
Al igual que en los conceptos de globalidad y globalización, cuyos términos son relativamente recientes, pero cuyas ideas y procesos subyacentes son ancestrales, sucede igual con el globalismo. Aunque el término se usa cada vez con mayor frecuencia, la realidad que designa —el deseo de controlar una esfera total, compacta y administrable— ha tenido manifestaciones significativas a lo largo de la historia y en momentos muy concretos llegó a ser efectiva.
Es fundamental señalar que el globalismo no se refiere a un gobierno nacional, ni siquiera a un imperio o potencia dominante, sino más bien a una fuerza supranacional que pretende ejercer control por encima de toda concepción nacional. No es un poder electo ni legitimado por consenso político tradicional, sino una instancia normativa cuyo objetivo es dictar no solo cómo se debe actuar, sino cómo se debe pensar, moldeando normas, valores y estructuras sociales a escala global.
Este control supranacional enfrenta y trasciende las fronteras políticas, culturales y sociales, proponiendo un modelo único e ineludible de organización y convivencia. A partir de este entendimiento, es pertinente explorar las bases históricas donde esta lógica globalista se manifestó exitosamente.
El primer gran caso histórico de una implantación globalista exitosa fue la fundación de la Iglesia Católica en Constantinopla en el siglo IV, impulsada por el Emperador Constantino. Esta institución combinó un poder político y religioso que trascendió las fronteras del Imperio Romano y después de sus sucesores, estableciendo una autoridad supranacional que dictó normas de conducta, creencias y prácticas a una población diversa y geográficamente dispersa, sentando un modelo de control normativo global.
En sus momentos de mayor auge, como expresión clara del globalismo, la Iglesia Católica ejerció un control absoluto sobre reyes y emperadores, dictando lo que se podía creer y lo que no. Determinó qué libros podían leerse y cuáles se consideraban heréticos, estableció límites al avance científico marcando áreas prohibidas y vetadas, y reguló las relaciones personales, imponiendo códigos morales y sociales estrictos.
Este control se extendió también a la economía: la Iglesia Católica supervisaba y legitimaba actividades comerciales, cobraba diezmos y rentas, y ejercía gran influencia sobre la distribución de la riqueza y el crédito. De esta forma, la Iglesia consolidó un modelo de control normativo global que articuló una fuerza simbólica y estructural capaz de administrar una vasta esfera social y cultural.
Esta unión de poder político y religioso, apoyada por el respaldo imperial y su rol como árbitro moral, convirtió a la Iglesia en un ejemplo precoz de globalismo, mostrando cómo una ideología normativizante puede imponer una visión totalizadora del mundo, controlando no solo acciones, sino la construcción misma del pensamiento y la cosmovisión de su época.
Estas características ponen de manifiesto el carácter de fuerza supranacional del globalismo, que se sitúa más allá del poder estatal o imperial, y cuyo objetivo es unificar bajo un sistema normativo global los diversos espacios culturales, sociales y políticos.
El elemento magnético y núcleo central sobre el cual se construyó esta primera expresión del globalismo bajo Constantino reside en la poderosa “idea” de construir una autoridad suprema basada en la creencia en Dios y su legado, organizada y custodiada por una élite sacerdotal, en particular la cúpula del Vaticano. Aunque Constantino fue el gran político que impulsó este proceso, luego la Iglesia Católica logró subyugar a los detentadores del poder político nacional al presentar que solo la estructura y la legitimidad de la “idea” divina – no los gobernantes– estaban por encima.
Si bien la Iglesia Católica puede considerarse la primera institución globalista, no ha sido la única. Pero ese tema lo dejaremos para la segunda parte,
Médico, Master en Nutrición Humana y Abogado de la República
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