Cumbia, xuc y orgullo latino marcaron la edición número 66 del Carnaval de San Miguel en donde Los Hermanos Flores fueron la antesala de lujo para dar paso a los shows de Juan Luis Guerra, Elvis Crespo y Calibre 50.
Cumbia, xuc y orgullo latino marcaron la edición número 66 del Carnaval de San Miguel en donde Los Hermanos Flores fueron la antesala de lujo para dar paso a los shows de Juan Luis Guerra, Elvis Crespo y Calibre 50.

La edición número 66 del Carnaval de San Miguel fue nuevamente la meca del entretenimiento gracias a los shows artísticos de primer nivel que presentó. Y es que año con año la celebración parece superarse a sí misma con la selección de artistas que se presentan y que atraen hasta «la perla de oriente» a miles de salvadoreños y visitantes internacionales.
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Como si el destino supiera que el cierre de esta celebración merecía comenzar con toda la fuerza posible, el espectáculo musical se abrió con el pie derecho. La Orquesta de los Hermanos Flores irrumpió en el imponente escenario del estadio Félix Charlaix haciendo vibrar a todo el recinto con el contagioso xuc «El Carnaval de San Miguel».
El grupo salvadoreño, que el próximo año se presentará en el festival Coachella, en California, EE. UU., demostró su calidad artística. Al primer acorde, miles de asistentes bailaron al ritmo de la cumbia. Y sin dejar que el ánimo bajara, la orquesta continuó al grito de: «Con todo el sabor a cumbia, gocemos estas navidades».
Entre canción y canción, los músicos lanzaron saludos llenos de comunidad: «Un saludo a todos los que nos visitan de Honduras, Guatemala, Panamá y toda Centroamérica». Esa frase, más que un simple saludo, se sintió como un abrazo para quienes vinieron desde lejos, y como una promesa de que esta noche el calor de San Miguel llegaría a todos los rincones del continente.
Pero sin duda uno de los momentos más emotivos fue cuando preguntaron «¿cuántos hermanos lejanos nos visitan?». Para la respuesta no hizo falta micrófono: cientos de manos se alzaron, aplausos y gritos retumbaron. Fue un momento que pareció detener el tiempo: gente que extraña su terruño, migrantes que volvieron por unos días, turistas curiosos… todos unidos por la misma canción, el mismo latido.
La emoción se tornó un poco más nostálgica con «Emigrante Latino», una canción que activó el recuerdo en muchos, evocando historias de ida y de venida, de ausencias y regresos, de sueños forjados lejos del hogar.
Pero muy pronto el ritmo volvió a subir con «Soy Latino», y el euforia inundó el estadio: esa estrofa que dice «Báilalo como tú quieras porque este es un ritmo loco» pareció una declaración de libertad colectiva. Cada quien lo bailó a su manera.
Clásicos como «Enfermera», «La Bala» y «Arriba El Salvador», una composición de Arnoldo Flores que en cada acorde despierta orgullo local, continuaron alimentando esa comunión entre músicos y público. Y cuando sonó «El Comején» en la recta final, nadie pudo quedarse quieto.
Con el último grito: «¡Que viva San Miguel, que vivan los migueleños y que viva El Águila!», el estadio se convirtió en una sola voz, un solo corazón latiendo al compás del xuc y la cumbia.
Un show de lujo
Pero la noche apenas comenzaba: lo que vino después fue una verdadera alineación de lujo que mantuvo la fiesta hasta bien entrada la madrugada.
Primero, con la llegada de un artista cuya sola presencia mueve multitudes: Juan Luis Guerra. En casi dos horas y media de show, su estilo romántico y caribeño, con matices de bachata, merengue y bolero, volvió a demostrar por qué es parte del ADN musical latinoamericano.
Temas como «Muchachita linda», «La llave de mi corazón», «Las Avispas», «Bachata en Fukuoka», «Estrellitas y duendes» y muchos otros pasaron uno tras otro, sin pausas, casi sin respirar. El público, entregado, coreó cada estrofa, se abrazó, bailó, lloró a su manera. No había bacterias de tristeza: sólo alegría, nostalgia, celebración colectiva.
Después de tanto bolero y bachata, el ambiente demandaba cambiar de ritmo, y eso lo proveyó con creces Elvis Crespo, con su estilo tropical que hace saltar a cualquiera.
La pista se transformó en un hervidero de bailes, saltos, reggaetones y merengue: eran risas, sudor, mezclas de acentos, de generaciones. Papás bailando con sus hijos, jóvenes con bebidas y sombreros, señoras con abanicos celebrando como si tuvieran veinte años, todos moviéndose al ritmo de sus éxitos.
Y cuando parecía que había sabor suficiente, irrumpió la tonalidad norteña: Calibre 50 tomó el escenario y lo convirtió en un encuentro de culturas. A quienes esperaban cumbias o bachatas, les dieron corridos, canciones de banda, un ritmo más festivo en otro sentido. Los fans de norteamérica, de México, de Centroamérica, de San Miguel mismo, se mezclaron, bailaron, aplaudieron. Desde temprano los esperaban, y su presentación cumplió, y superó, las expectativas.
Más allá del estadio
Porque no todo sucedió dentro del estadio Félix Charlaix. Desde horas tempranas la ciudad ya latía con ritmo propio. Alrededor de las seis de la tarde comenzó el esperado desfile de carrozas: un despliegue colorido, festivo, arraigado a la tradición migueleña.
Las principales calles se convirtieron en pasarelas de fantasía, música y orgullo: reinas de diversos sectores y comunidades saludando, lanzando dulces, saludos y sonrisas.
Grandes carrozas con motivos variados: algunas representaban comercio local, otras homenajes al adulto mayor, a la infancia, a las reinas tradicionales.
También hubo espacio para la creatividad con carrozas temáticas que recreaban furgones decorados, congas de pan dulce, latas de soda, retratos de la cultura popular, de lo cotidiano convertido en arte, en celebración.
Y esa tradición también se sintió en cada rincón del corredor comercial improvisado. Emprendedores locales montaron puestos con sombreros, botines, accesorios de cuero, artesanías, productos típicos de la región oriental.
La gastronomía, por supuesto, se convirtió en protagonista: pupusas a un dólar como bandera, complementadas con una amplia oferta de comidas típicas que evocaban los sabores del oriente salvadoreño. Desde tamales, panes, dulces, refrescos tradicionales, hasta platillos más elaborados.
Muchos pagaron seis, ocho, diez dólares por probar sabores que para algunos evocaban recuerdos de infancia, para otros eran una nueva experiencia.
Historias de carnaval
Para quienes no lograron entrar al estadio, la noche no fue menos carnavalera. Frente a los portones, a los lados, en calles adyacentes, el sonido escapaba, vibraba, convocaba. Familias escuchaban, bailaban, se abrazaban, sintiendo que pertenecían, que formaban parte del mismo latido. Fue una comunión espontánea, cálida, colectiva.
Una familia que vino desde Honduras contó que salieron a las cinco de la mañana y llegaron a San Miguel alrededor del mediodía. Vinieron por su hija, que soñaba con ver a Juan Luis Guerra. Para ellos, este carnaval valía cada kilómetro recorrido. Esa misma emoción se repetía en rostros de otras familias, de jóvenes que crecieron viendo fotos antiguas y que este año quisieron revivir la tradición.
Entre ellos, un par de jóvenes migueleñas —que aseguran haber venido desde que tenían apenas tres años— compartieron entre risas que lo mejor del carnaval solía ser las carrozas, recoger dulces, algún bombonazo en la cabeza… y las historias que uno colecciona con el tiempo.
Este año, aunque llegaron temprano para apartar su lugar, no lograron ver todas las carrozas. Pero su invitación fue clara, sincera: «Que vengan, que es gratis, y hay que disfrutar». Porque eso era el carnaval: una fiesta sin precio, abierta a todos, una invitación colectiva a celebrar la vida, la identidad, la comunidad.
Y aunque la noche terminó, las memorias, las canciones, los sabores, los abrazos, la música, seguirán resonando en cada calle, en cada barrio, en cada historia de quienes vivieron ese carnaval 66. Porque en San Miguel, y en todo el oriente, y en cada corazón que se dejó llevar por la cumbia, por el xuc, por el orgullo, el carnaval nunca acaba.
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