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El arte sagrado de decir “no” (o cómo dejar de ser el salvavidas emocional de todo el mundo)

La verdad es simple: cuando no ponemos límites, los demás ponen los suyos sobre nosotros. Y ahí quedamos, aplastados bajo las expectativas ajenas. Decir “no” no es egoísmo: es un acto de higiene emocional. Una especie de “lavado de manos” de situaciones que no te pertenecen. Porque, sorpresa número dos: no todo te corresponde.


Aprender a decir “no” debería venir en el paquete básico de la vida, justo entre “aprender a caminar” y “no meter el dedo en los enchufes”. Pero no: nos sueltan al mundo sin ese manual, y luego ahí vamos, adultos funcionales por fuera y maracas emocionales por dentro, intentando complacer a medio planeta mientras fingimos que no nos está temblando el párpado izquierdo del estrés.


Decir “no” es un superpoder. Uno que a la mayoría nos llega tradísimo, como ese crush que te escribió justo cuando ya lo superaste. Mientras tanto, pasamos años viviendo en modo “sí, claro”, cargando favores, tareas, responsabilidades y angustias que ni nos tocan. Porque aceptar todo es cómodo… para los demás. Para uno, es como cargar una mochila llena de piedras mientras sonríes diciendo: “Ay, qué rico el ejercicio emocional”.


¿Por qué cuesta tanto? Fácil: porque nos programaron para creer que decir “no” es ser mala persona. Que si no ayudamos al primo del vecino del cuñado con su proyecto de marketing piramidal, somos egoístas. Que si no queremos ir al cumpleaños del gato de alguien, somos fríos. Que si no respondemos de inmediato un mensaje, somos ingratos. Nos enseñaron que nuestro valor está en lo disponibles que estamos, no en lo tranquilos que vivimos.
Pero un día —generalmente después del tercer burnout, dos gastritis nerviosas y una amistad tóxica con alguien que cree que somos su psicólogo gratis— uno despierta y dice: “Creo que necesito límites”. Y ahí empieza el verdadero viaje espiritual. No el yoga, no la ayahuasca, no las afirmaciones frente al espejo. No. Lí-mi-tes.


Y ponerlos, sorpresa, no es tan zen como suena. Se siente como intentar instalar una cerca eléctrica alrededor de tu paz mental mientras todo el mundo insiste en entrar sin permiso.


El primer “no” es terrorífico. Sientes que el universo completo se va a desestabilizar. Que la persona te va a odiar. Que vas a perder amistades, trabajos, oportunidades. Y cuando finalmente lo dices —con la voz temblando como si estuvieras leyendo tus votos matrimoniales al revés— el mundo no explota. Nadie muere. Puede que alguien se sorprenda, claro, porque estabas acostumbrando a la gente a darte por sentado. Pero después… nada. Y tú ahí, mirando el horizonte, sintiéndote libre.


El segundo “no” se siente más fácil. El tercero, liberador. El cuarto… adictivo. Llega un punto donde dices “no” con tal naturalidad que hasta te preocupa. ¿Esto es madurar? ¿Esto es autocuidado? ¿Esto es… paz mental? Qué cosa más exótica.


Porque la verdad es simple: cuando no ponemos límites, los demás ponen los suyos sobre nosotros. Y ahí quedamos, aplastados bajo las expectativas ajenas. Decir “no” no es egoísmo: es un acto de higiene emocional. Una especie de “lavado de manos” de situaciones que no te pertenecen. Porque, sorpresa número dos: no todo te corresponde.


Además, hay que aceptar una verdad incómoda: quien se molesta porque pongas límites no quería una relación contigo, quería un servicio. Y tú no eres un restaurante 24/7. No das puntos, no acumulas millas, no existes para satisfacer demandas emocionales ilimitadas.


Eso sí, poner límites no es decir “no” por deporte, como si fueras un guardia fronterizo malhumorado. Es aprender a reconocer qué te desgasta, qué te roba energía, qué te quita paz… y luego protegerte como si fueras la última dona de la caja. La más glaseada.


¿La mejor parte? Cuando empiezas a decir “no”, también empiezas a decirle “sí” a las cosas que sí importan: tu descanso, tu tiempo, tu salud mental, tus proyectos, tus relaciones sanas, tu dignidad. Es casi mágico: de pronto te queda tiempo para ti. Para existir sin culpa. Para respirar sin sentir que tienes un ejército de compromisos tocando la puerta.


Así que sí: poner límites es incómodo al inicio. Da miedo. Te hace sentir raro. Pero es necesario. Urgente. Fundamental. Y cuando lo dominas, te conviertes en alguien peligroso: una persona que no se deja exprimir, que no vive para complacer, que descansa, que se cuida… y que ya no acepta menos de lo que merece.


En resumen: decir “no” no te hace mala persona… te hace persona, punto. Y si alguien no lo entiende… pues ya sabes qué palabra usar.

Consultora política y Miss Universo El Salvador 2021

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