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A mi querido amigo

Yo tuve la fortuna de conocerlo durante muchos años, pero no era necesario conocerlo durante mucho tiempo para que le abriera su corazón a alguien y se sellara una amistad. Pocas personas tienen ese don, y es una suerte encontrarlas en tu camino.

«Temprano levantó la muerte el vuelo/temprano madrugó la madrugada /temprano estás rodando por el suelo/…». Me encanta esta estrofa que el poeta español Miguel Hernández escribió en 1936 en su Elegía, tras la muerte inesperada de su compañero y gran amigo Ramón Sijé.

En el poema completo se advierte el inmenso dolor y la rabia que le produjo esta muerte, para él tan a destiempo, tan abrumadora. Y ese fue el verso que me vino a la mente cuando, hace pocos meses, me enteré por unos amigos de la muerte de José Roberto Rottman, del querido Pepe. No era un jovencito, pues ya estaba en los sesenta; ni su muerte fue del todo inesperada, pues luchaba contra una enfermedad terrible y agresiva. Pero nada me saca de la cabeza que no era aún el momento, que le faltaba mucho que dar. Y también porque aunque se sea médico y se conozcan las probabilidades en una enfermedad, uno siempre guarda la ilusión de que algo ocurrirá y que todo estará bien, o se agarra con fuerzas hasta del último destello de esperanza. Pasó lo que pasó, y por eso también siento dolor y rabia. Estos sentimientos surgen por una razón bien simple, por el tipo de ser humano que era.

¿Cómo describirle? Para quienes lo conocimos, no es necesario, pues todos lo experimentamos. Para los que no, sólo les diré que, como seguramente sabrán, hay personas que, con sólo verlas, se le alegra a uno el corazón. Puede ser en una calle, en un centro comercial, en cualquier parte.

Al verlas, caminas más rápido, vas a su encuentro, porque sabes que será un gusto estar con él o ella, y que ese gusto será mutuo. Con Pepe pasaba esto; más aún, al encontrarlo, lo abrazabas. Era irremediable esta reacción.

¿Cuántos abrazos habrás recibido en tu vida, Pepe?

Yo tuve la fortuna de conocerlo durante muchos años, pero no era necesario conocerlo durante mucho tiempo para que le abriera su corazón a alguien y se sellara una amistad. Pocas personas tienen ese don, y es una suerte encontrarlas en tu camino.

En mi vida he conocido a muchos médicos, y a muchos les tengo un gran respeto, admiración y estima. Pero puedo contar con los dedos los que se entregan al ciento por ciento, por pura nobleza de corazón. Pepe era cirujano de niños y trabajó por muchos años en el Hospital Benjamín Bloom. Trabajaba más horas, muchas más, de las que su horario le exigía.

Recuerdo que frecuentemente, en ocasiones de celebración en casa de amigos, llegaba solo Finella, su esposa. ¿Y Pepe? le preguntaba. «En el Bloom», me respondía. «Pero es sábado por la noche». Y ella sonreía y decía, «Ya sabés cómo es él». En efecto, así era, así fue. Los niños y sus familiares simplemente lo amaban. Tal vez con algún recelo al principio, pues era un gigantón que medía más de uno con noventa, pero bastaban minutos para que se sintieran completamente confiados.

¡Cuánta falta vas a hacer, tanto a tus amigos como a los niños que no tuviste tiempo de ayudar!

Bien, mi querido amigo, el amigo bueno, ya cruzaste el umbral por donde todos deberemos pasar. Tal vez ya viste el túnel y llegaste al lugar donde todo es luz y tranquilidad, donde todo dolor termina y encuentras a los seres queridos. Ojalá estés allí cuando sea nuestro turno y te demos un abrazo.

Médico Psiquiatra.

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