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Una anona resentida y reformada (Parte 1)

Fue la desaparición de un sistema agrícola que antes proveía abundantemente estos frutos y que hoy los ha convertido en artículos de lujo.

La anona de veinte dólares

Hace unos días circulaba en redes sociales y en periódicos locales la noticia de que en algunos mercados de El Salvador se estaba vendiendo una anona por diez o hasta veinte dólares. Para muchos resultó una sorpresa, casi una extravagancia culinaria; para otros, una simple curiosidad del mercado. Para mí, fue una confirmación dolorosa de lo que llevo décadas observando: la desaparición de un sistema agrícola que antes proveía abundantemente estos frutos y que hoy los ha convertido en artículos de lujo.

Recuerdo que en mis años mozos, era frecuente beber refresco de guanaba y paladear un exquisito sorbete hecho con esta fruta. Hoy, ya no existen. En el caso de la anona, antes tan común, hoy se cotiza como si fuera importada de un jardín exótico. Me pregunto: ¿Qué nos pasó? La respuesta no se encuentra solo en la lógica del mercado o en el capricho de la oferta y la demanda, sino en la historia profunda de un país que destruyó su base productiva en nombre de la justicia social.

La reforma agraria como punto de quiebre

La anona cara no es un fenómeno aislado. Es el síntoma visible de un proceso que comenzó en 1980, cuando se implementó la reforma agraria bajo el impulso de la Junta Revolucionaria de Gobierno, el Partido Demócrata Cristiano (PDC) y con el aval del presidente Jimmy Carter de los Estados Unidos. La idea era sencilla en apariencia: quitar la tierra a los grandes terratenientes y dársela a los campesinos organizados en cooperativas. Se pensaba, aparentemente, que al eliminar la concentración de la propiedad, se reduciría la desigualdad y se frenaría el crecimiento de la insurgencia armada.

Una venganza por medio de una reforma

Sin embargo, lo que se presentó como una política de desarrollo fue, en realidad, una medida política e ideológica. Más que una modernización agrícola, fue, supuestamente, un castigo contra una clase social: el gran terrateniente. En palabras de Nietzsche, fue la expresión de un ressentiment: En lugar de superar al poderoso mediante innovación y progreso, se le destruyó para vengarse de él.

El problema es que con esa destrucción también se llevó de encuentro a los medianos y pequeños productores que, aunque no eran terratenientes, cultivaban sus tierras y contribuían de manera vital a la alimentación nacional. El país entero perdió.

El coloniaje y la expulsión del campesino

Antes de 1980, la vida rural giraba en torno a las haciendas, las fincas y al sistema de colonato. No era perfecto: los colonos trabajaban parte de la semana para el hacendado y a cambio recibían una parcela para su subsistencia, techo, cierta seguridad y una comunidad. Era un esquema paternalista, sí, pero también funcional: garantizaba comida y pertenencia a miles de familias campesinas.

La reforma agraria rompió ese pacto sin construir uno nuevo. Las familias fueron expulsadas de las fincas, las cooperativas absorbieron malamente las tierras y el campesinado se quedó sin techo, sin tierra y sin comunidad. La narrativa oficial dice que la migración masiva de salvadoreños en los 80 fue consecuencia del conflicto armado. Pero la memoria de quienes vivimos ese tiempo revela otra cara: muchos emigraron primero por hambre y desempleo, y solo después por la guerra. El colapso del sistema agrario fue una de las principales causas de la diáspora salvadoreña.

Cooperativas: corrupción y criminalidad

Uno de los grandes fracasos de la reforma fue el modelo de cooperativas. En el papel sonaban bien: comunidades de campesinos administrando la tierra colectivamente. En la práctica, se convirtieron en espacios de corrupción. Los directivos de muchas cooperativas se apropiaron de los créditos otorgados por el gobierno, vendieron tierras de manera fraudulenta, estafaron a sus miembros y convirtieron a la institución en un botín.

Lo más grave: en algunos casos, de esas cooperativas quebradas surgieron grupos armados que pasaron de administrar la tierra a dedicarse a la criminalidad: asaltos a pequeños comercios, contrabando, extorsiones. Lo que debió ser la base de un nuevo modelo productivo se convirtió en una incubadora de desconfianza y violencia.

El teorema de Cipolla y la estupidez estructural

Aquí viene bien recordar al historiador Carlo Cipolla y sus leyes fundamentales de la estupidez humana. Según Cipolla, el estúpido es aquel que perjudica a otros y también a sí mismo sin obtener beneficio alguno. La reforma agraria encaja con exactitud en ese cuadrante:

  • Perjudicó a los terratenientes (grandes, medianos y pequeños), privándolos de sus propiedades.
  • Perjudicó a los campesinos, que terminaron con cooperativas improductivas y sin medios de vida.
  • Perjudicó al país entero, que perdió su capacidad productiva, su seguridad alimentaria y su equilibrio ambiental.

¿Quién ganó? Nadie. La reforma fue una decisión estúpida en el sentido cipolliano: dañó a todos sin beneficio duradero.

El precio de la anona como metáfora

Cuando uno paga veinte dólares por una anona, no está comprando solo una fruta exótica: está pagando el precio acumulado de un siglo de malas decisiones políticas. Es el costo del resentimiento ideológico que prefirió castigar antes que construir. Es el resultado de la estupidez estructural que se negó a ver que destruir el sistema agrario sin alternativa viable era condenar al país a la escasez y a la dependencia de importaciones.

La anona de veinte dólares es, en sí misma, una metáfora nacional: un fruto que antes se encontraba en los cafetales como sombra natural, convertido en artículo de lujo porque el país dejó de producir para comer y se dedicó a importar para sobrevivir. Sigo en la Parte 2.

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